almeida – 08 de septiembre de 2016.

Txema, había dedicado toda su vida a la música. Amante de los grandes genios, su genio particular le había llevado a escribir cientos de historias que hábilmente conseguía enjaular entre las corcheas de un papel pautado y otros se encargaban de interpretarlas algunas veces con una aceptación considerable por parte del público al que iban dirigidas.

            El caudal en el que buscaba la inspiración parecía no tener fondo, ya que después de muchos años dedicado a esta labor, el trabajo permanente hacía que la producción no mermara a pesar de que en ocasiones le daba la impresión que ya lo había contado todo, pero siempre encontraba nuevas sensaciones que quien tiene la sensibilidad de saber reflejarlas las convierten en esa pequeña obra maestra que consigue perdurar con el paso del tiempo.

            Los años parecía que tampoco iban a enseñar a Txema cosas nuevas, ya había vivido una vida muy intensa en experiencias y se encontraba en ese momento en el que parece que ya se ha visto todo y ahora con el paso de los años únicamente se desea volver a ver de nuevo las cosas que un día pasaron por su vida pero ahora con esa tranquilidad y reposo que solo se saben saborear con la edad.

            Txema había estado anteriormente en tierras gallegas, siempre le había gustado esta zona del país, sus paisajes, sus gentes, el verdor de sus montes y sobre todo su gastronomía, le animaron una vez más a disfrutar con calma de ese lugar que le traía tan buenos recuerdos.

            Un día se encontraba en un pequeño pueblo del interior de Galicia, se había detenido un momento para descansar del viaje mientras desayunaba con calma. Se sentó en una terraza de un bar que había en el centro de la plaza del pueblo y observaba lo que pasaba a su alrededor. Como los genios a los que tanto admiraba era un buen observador y le gustaba empaparse de todo lo que resultaba nuevo para él, siempre de estas situaciones trataba de extraer aquellas cosas que le enseñaran todo lo que le resultaba desconocido.

            Mientras consumía el café con leche que le habían servido en un gran tazón con unas magdalenas caseras, observó cómo al menos una docena de personas iban llegando a intervalos irregulares de tiempo y se adentraban en la pequeña iglesia que se encontraba en uno de los laterales de la plaza en la que se encontraba. Eran modernos caminantes que portaban una mochila a sus espaldas y no daba la sensación de verles contrariados por tener que ir andando, al contrario en su rostro había un semblante que parecía muy feliz, era algo que él no recordaba haber visto anteriormente, al menos a tantas personas que no parecía que tuvieran en común ni su edad ni su procedencia.

            Txema se acercó hasta la pequeña iglesia, todavía había en el interior algunos de los jóvenes que él había visto entrar, unos estaban sentados en un banco, otros contemplaban la iglesia y algunos se encontraban hablando con el viejo sacerdote.

            El párroco, cuando vio que Txema se disponía a salir, se acercó hasta él y le preguntó si podía serle útil en alguna cosa, estaba acostumbrado a estas presencias de curiosos y su misión era satisfacer todas las dudas que pudieran plantearle.

            Txema le comentó que había sentido curiosidad al ver aquellos jóvenes que entraban en el templo, no comprendía por qué iban allí, ni lo que estaban haciendo caminando con sus mochilas.

            El cura le dijo que eran peregrinos, estaban caminando desde muy lejos, algunos lo hacían desde sus lugares de origen. Todos iban en dirección a Santiago para ofrecer sus respetos a los restos del Apóstol que se encontraban en la Catedral Compostelana.

            Txema había oído hablar del Camino de Santiago, pero pensaba que se trataba de una cosa diferente, la relacionaba más bien con personas devotas y piadosas y no con aquella gente tan variada, sobre todo esos grupos en los que predominaba la gente joven.

            El cura le habló con pasión del camino, no lo hacía como si estuviera dando un sermón, lo hacía con una vehemencia cuando hablaba de sentimientos, de conocerse a uno mismo, de convivencia, de compartir. Todas  las palabras que salían de los labios de aquel hombre de Dios eran de sobra conocidas por Txema, pero sonaban tan nuevas para él, que le interesó todo lo que el sacerdote le había contado.

            Ya de regreso en su casa, su imaginación parecía haberse bloqueado, ya no salían esas notas que antes fluían apenas sin esfuerzo de su imaginación, ahora estaba por todos los lados lo que había visto en aquel pequeño pueblo gallego, deseaba experimentar todas esas cosas de las que le había hablado el sacerdote y sobre todo, quería saber cómo el rostro de aquellas personas podía mostrar la expresión que el había observado en todos ellos.

            Un día cogió su mochila y se fue hasta uno de los pueblos del camino, comenzaría a caminar y esperaba que aquella nueva experiencia le reportara esas sensaciones que deseaba encontrar.

            Nada más poner sus pies en el camino, se dio cuenta que aquello era algo diferente a todo lo que había realizado hasta entonces, la gente con la que caminaba, los sitios por los que pasaba, las personas que encontraba en los pueblos o en los campos. Todo era una armonía de sensaciones que cada una de ellas por si sola constituía una sinfonía que se desarrollaba velozmente en su mente.

            Cada rincón del camino, cada pajarillo que escuchaba, cada templo que visitaba, todo le sugería poder contarlo a los demás y lo iba a hacer como él sabía, cantaría a esas cosas tan maravillosas que el camino proporciona a aquellos que lo recorren.

            Comenzó a componer canciones, fluían con una rapidez que en ocasiones debía controlar ya que no tenía la suficiente velocidad en sus manos para que la pluma fuera plasmando con nitidez en la partitura todo lo que salía de su cabeza.

            De nuevo surgió el genio y la inspiración era constante, a veces aparecía mientras caminaba, cuando se sentaba en un prado verde contemplando como el agua se afanaba por buscar los valles o el suave y dulce canto de los pajarillos que a primeras horas de la mañana le saludaban con sus trinos. Cuando estaba en su casa, solo tenía que cerrar los ojos y en su cabeza se iba formando esa melodía que esperaba ser plasmada en el pentagrama.

            La producción otra vez se iba multiplicando y crecía casi sin cesar, decenas, centenares de canciones estaban naciendo fruto de su inspiración y su desbordante imaginación.

            Comenzó a ir como hospitalero a algunos albergues en los que con su guitarra amenizaba a los peregrinos que acogía, en algunas ocasiones todos los que se encontraban en su albergue, escuchaban lo que él decía y cuando predominaban los extranjeros, generalmente no comprendían el mensaje que encerraba cada una de sus composiciones.

            Txema les iba explicando en ingles lo que había querido plasmar en cada una de las canciones que había compuesto y se dio cuenta que al conocer el mensaje volvían a pedirle que la cantara una vez más, eso le animó a traducir algunas de ellas a los idiomas en los que había más peregrinos que frecuentaban el camino o el albergue en el que se encontraba.

Cada vez que un peregrino extranjero que llegaba a su albergue, se expresaba bien en castellano, Txema le pedía que le tradujera alguna de sus canciones y la incorporaba a su repertorio, lo mismo se le escuchaba cantar en inglés, italiano, alemán, francés o euskera. En chino y en japonés nunca se había atrevido a hacerlo ya que decía que no quería ofender a los escasos peregrinos orientales que recorrían el camino.

En una ocasión, recuerdo haberle visto con un peregrino alemán que hablaba algunas palabras en castellano. Txema al verle, sacó su guitarra y cogió una de las partituras que estaba en castellano y en alemán, la puso sobre el trípode y haciendo un homenaje al peregrino se puso a cantarla en alemán.

El peregrino, viendo la partitura original en castellano, también la fue cantando en este idioma, cada uno lo hacía en el idioma del otro y todos los que nos encontrábamos allí fuimos haciendo un corro para contemplar esta extraña y estupenda interpretación.

En ese momento llegué a pensar que la torre de Babel seguía intentando alcanzar el cielo y a pesar de la dispersión que se había hecho de las lenguas, lo que los dos estaban cantando, era una cosa que los demás podíamos entender, porque en el fondo de todo ello estaba el mensaje que era el camino y aunque lo estábamos escuchando en dos idiomas con la pronunciación de la persona que no dominaba ese idioma, todos lo estábamos escuchando en el mismo idioma, ese que es universal para quienes lo oíamos.