almeida – 10 de septiembre de 2016.

bodenaya alejandro 1

            La invasión de los turistas que quieren experimentar todas las sensaciones que encuentran en los lugares en los que están, llega en ocasiones a provocar situaciones que pueden resultar cómicas.

            Para un turista, el peregrino es un ser extraño. Desde el momento que lo ve aparecer por una calle, su cámara de fotos no deja de captar ni uno solo de los gestos que incomoda al peregrino ante aquella invasión de su intimidad, pero no acaba ahí la osadía de algunos, también quieren ver cómo viven, cómo comen y hasta cómo duermen y no tienen ningún rubor si nadie se lo impide en introducirse hasta las habitaciones donde se encuentran las literas en las que los peregrinos descansan.

            Recuerdo mi estancia en el antiguo albergue de la casa del Santo, el edifico espectacular en el que nos encontrábamos y el atractivo que ofrecían los gallos y las gallinas que como los peregrinos descansaban en el interior, hacía que a cada momento, los turistas accedieran a cualquiera de las estancias del albergue como si se encontraran en su casa.

            Los hospitaleros teníamos que estar casi más pendientes del acceso de los intrusos que de la atención y recepción de los peregrinos, ya que cuando menos lo esperábamos, algunos con su pantalón corto, los pies forrados con unos calcetines blancos sobre los que calzaban unas zapatillas deportivas o de esparto y la cámara de fotos colgando de los hombros, se introducían en el interior del albergue tratando de captar esa imagen en la que sorprendían al peregrino comiendo, durmiendo o a veces en la ducha.

            Cuando les llamábamos la atención por no saber leer los carteles que en varios idiomas prohibían el acceso a todos los que no fueran peregrinos, algunos torcían el gesto mostrando la contrariedad por la rigidez de nuestra postura, en ocasiones hubo que decirles que si les parecía nos dieren su dirección y un día entrábamos en su casa como ellos lo estaban haciendo en el albergue, sin ninguna consideración para la privacidad de los que estaban en el interior.

            En otros albergues con menos afluencia de peregrinos, pero también con algún atractivo turístico, para acceder al interior había que pasar por el cuarto donde se recepciona a los peregrinos y resultaba más difícil pasar sin ser visto, entonces siempre había en el grupo la persona más decidida que decía:

            -¿Se puede ver el albergue?

            Lógicamente la respuesta siempre era la misma, unas veces con razonamiento y otras sin más, la respuesta era la negación a que se visitara el interior del albergue en donde se preserva la intimidad de los peregrinos que lo están ocupando.

            Últimamente, el camino se está convirtiendo, como vaticinó hace muchos años el Cura do Cebreiro en un amplio sendero turístico. A veces no somos capaces de distinguir cuando llegamos a un pueblo o estamos en el albergue a los turistas de los peregrinos ya que en ocasiones visten lo mismo; el mismo pantalón corto, los mismos calcetines, las mismas zapatillas, idéntica cámara de fotos incluso también van sin mochila, como pesa mucho y es incómoda la han enviado previamente con uno de los muchos servicios de transporte de mochilas que abundan en la mayoría de los caminos.

            También éstos, los peregrinos que van buscando en el camino esas comodidades que tienen en sus casas o en sus lugares de veraneo, van copando los primeros esos albergues que suelen denominar de cinco estrellas y cuando ven un albergue más humilde, antes de que sus descansados huesos reposen en él, desean ver las comodidades que aquel lugar puede ofrecerles antes de decidir quedarse.

            Me encontraba en uno de esos albergues humildes, pero confortables, según José Luís su hospitalero y nunca mejor dicho este calificativo ya que lo que él regenta es un hospital de peregrinos a la antigua usanza, el más humilde de todo el camino y allí también llegaban turistas que parecían peregrinos y peregrinos que eran turistas.

            José Luís que contaba con esa experiencia que solo se adquiere con los años, cuando veía entrar por la puerta a alguna persona, enseguida sabía en qué grupo tenía que clasificarlo y antes que el recién llegado dijera nada, él les decía:

            -Las visitas turísticas se hacen a las doce y media por la mañana y a las seis por la tarde.

            -Es que somos peregrinos – decían algunos justificando su atrevimiento.

            -Pues si sois peregrinos, os aconsejo que hagáis unos kilómetros más ya que este es el albergue más humilde de todo el camino y no os va a gustar, tres kilómetros más adelante tenéis uno que cuenta con todas las comodidades que vosotros estáis buscando, hasta tiene camas para poder dormir y en éste lo vais a hacer sobre el suelo.

            Los peregrinos, sin decir nada, se daban la media vuelta y se perdían por la puerta de la entrada, a veces murmuraban sobre las inconveniencias que el hospitalero les había dicho. A ellos que estaban haciendo el camino a pie y tenían todos los derechos del mundo, aunque fueran las once de la mañana. Otros cogían el teléfono para llamar a la empresa que les traía la mochila para darles la dirección nueva en la que debían dejarla.

            José Luis apenas se inmutaba, estaba convencido que con aquella postura haría que los peregrinos que realmente necesitaban alojarse en su albergue se iban a encontrar más a gusto ya que no iban a tener que soportar a quienes no merecían estar en aquel emblemático lugar.