almeida – 17 de junio de 2015.

Hay personajes en el camino, que no es preciso decir quiénes son o en qué lugar se encuentran, porque ellos ya forman parte del camino y como suele decir el refranero “por sus hechos los conoceréis”. Seguro que los peregrinos que han pasado por su albergue guardan tan grato recuerdo como el que yo conservo de este hombre.

                La primera vez que le conocí recorriendo el camino, disfruté de una jornada completa con él, desde que llegué al albergue hacia las dos de la tarde, hasta las dos de la mañana que estuvimos conversando, no me aparté ni un solo momento de su lado viendo las cosas que era capaz de hacer. Ese día me di cuenta lo que una jornada de trabajo bien aprovechada puede llegar a cundir, porque este hombre poseía una vitalidad que me dejó asombrado.

                Le veía especialmente satisfecho cuando daba de comer a sus burros, eran de raza zamorana y estaba tratando de recuperar a estos animales que por una u otra razón estaba mermando de forma considerable su población. También tenía una gran afición a los carros que antiguamente se utilizaban para las labores del campo, había conseguido recuperar dos docenas de ellos y cada vez que tenía conocimiento de alguno que estaba abandonado o se vendía iba enseguida a procurarlo y doy fe de lo buen negociante que llegaba a ser porque tuve la oportunidad de verle negociar con un gitano y hubo algún instante en el que llegué a dudar quién era realmente el gitano.

                En el tiempo que estuvimos juntos, me habló de sus proyectos con los burros y los carros, trataba de recuperar antiguas tradiciones en desuso para lo que estaba organizando varias marchas arrieras, hablaba con tal pasión de estos proyectos que me di cuenta que más pronto que tarde iban a ser una realidad.

                En un pequeño pueblo castellano de apenas cinco docenas de almas, había levantado un albergue de peregrinos en donde la actividad diaria era frenética, no solo los peregrinos que recorrían aquel camino, también grupos de jóvenes que llevaba al albergue y otros personajes desheredados de la sociedad tenían allí su sitio.

                Me hubiera encantado quedarme unos cuantos días más en aquel lugar aprendiendo de todas las cosas que este sencillo pero gran hombre había vivido y de todas aquellas que tenía en la cabeza, proyectos que estaba convencido que muy pronto llegarían a ver la luz.

                Las horas se fueron pasando con una velocidad asombrosa y a las dos de la mañana le dije que me iba a tratar de dormir un poco a parte de las cuatro horas que restaban hasta que mi compañero se levantara y reiniciáramos de nuevo el camino.

                Fui siguiendo la información que los peregrinos iban ofreciendo de este tipo especial y comprobé como su sueño se había convertido en realidad, había organizado con los carros marchas arrieras a todos los confines del mundo peregrino; Santiago, Santo Toribio de Liébana, Tierra Santa, Roma y la última genialidad había consistido en recorrer el camino de San Olaf y se había adentrado lo más posible hasta la parte norte de Noruega, a pesar de las inclemencias del tiempo.

                Como me había imaginado, regresé a aquel lugar, más tarde de lo que yo hubiera deseado ya que pasaron diez años desde la primera visita, pero al verme, me dio un abrazo y comentó algunos detalles de aquel primer encuentro que me hicieron ver que se acordaba de mí, a pesar de los miles de peregrinos que pasaban cada año por el albergue.

                Era el mes de febrero en el que apenas pasan peregrinos, por lo que, como imaginé, iba a disfrutar de nuevo como lo había hecho aquella lejana primera vez, únicamente había dos peregrinos en el albergue que se fueron pronto a la cama, por lo que nos quedamos en la cocina al fuego de la leña con una botella de vino y dispuesto a escuchar nuevas y sorprendentes historias, sobre todo, historias muy especiales como lo era quien me las estaba contando.

                Me interesé por los proyectos que tenía en marcha y además de las cosas cotidianas del albergue y de un centro de acogida para desfavorecidos que había levantado en un pueblo cercano, vi cómo le brillaban los ojos cuando me hablaba de las marchas arrieras que cada año o cuando los medios se lo permitieran solía organizar.

                Según me fue detallando la siguiente iba a ser haciendo el recorrido que Santa Teresa realizó desde su Ávila natal hasta el convento en el que encontró la muerte en Alba de Tormes y también estaba preparando una nueva excursión por algunos lugares de Tierra Santa, visitando aquellos sitios que no tuvieron ocasión de hacerlo la primera vez.

                Le vi tan entusiasmado que le comente que estaba convencido que lo conseguiría porque muchas veces el brillo de los ojos cuando se cuentan las cosas, es el mejor aval que dispone quien las cuenta y te das cuenta que pueden ser realizables.

                Me interesé por el Camino que había recorrido en Noruega y me fue dando detalles de las adversidades que se había encontrado ya que los burros no estaban acostumbraos a caminar sobre la nieve y tuvieron que utilizar renos para poder llegar a su meta, pero al final consiguieron que una talla de madera de Santiago se encontrara lo más al norte desde donde ningún peregrino ha comenzado su camino.

                -Ahora, -se quedó pensando- , solo queda el polo opuesto.

                -¿A qué te refieres con eso del polo opuesto? – le pregunté.

                -Pues eso, que hay otra talla preparada para ir lo más al sur habitado, estoy pensando organizar una marcha arriera con destino a Ushuaia y dejar allí la imagen de Santiago que ya está preparada.

                -Como te comenté la vez anterior que estuvimos juntos, no me cabe ninguna duda que lo vas a conseguir, se ve en tus ojos, ese brillo que emiten según lo vas contando es porque tú, ya lo estás viviendo y cuando los sueños se viven en la imaginación, solo es cosa de tiempo verlos realmente cumplidos.

                Conozco a algún peregrino argentino y me ofrecí para buscar información sobre los contactos necesarios para que se pudiera ir organizando esta nueva aventura de este tipo tan especial.

                Lo mismo que ocurrió la vez anterior, las horas fueron pasando con una excesiva rapidez, pero a diferencia de mi anterior estancia en aquel lugar, en esta ocasión no me encontraba recorriendo el camino, por lo que no era necesario recuperarme de ningún esfuerzo ni tener que madrugar al día siguiente para reiniciar el camino.

                Espero regresar pronto a aquella escuela, porque ese lugar se ha convertido en uno de esos sitios en los que siempre sales aprendiendo cosas nuevas.

                Desde que he conocido a este tipo tan especial, aquella frase hecha que dice “trabajas menos que un cura”, sé que siempre va a contar con honrosas excepciones porque hay curas en el camino para los que el día no cuenta con suficientes horas.