almeida – 12 de junio de 2014.

Muchos peregrinos, encuentran en el Camino ese otro camino que en sus vidas les lleva a realizar algunas cosas que nunca antes pensaron que podrían hacer y cuando ven su proyecto realizado, se sienten felices porque tienen un nuevo aliciente que rompa su monotonía y por el que seguir luchando.

Arlette y Jean, eran un matrimonio francés que llegaron al albergue como dos peregrinos más, no había nada en ellos que los hiciera diferentes al resto de los que se encontraban en el albergue.

Hubo un detalle en el que me percaté, por el que veía alguna diferencia y fue cuando se dirigieron a la pequeña librería del albergue y se interesaron por los libros que allí se encontraban y fueron pidiendo información sobre el contenido de alguna de las obras que estaban a disposición de los peregrinos.

Jean me comento que él también había escrito un libro sobre su primer camino. Se trataba de un libro muy especial porque lo había puesto a la venta y los beneficios que se obtuvieran con su venta iban destinados a la investigación de una de esas raras enfermedades minoritarías pero mortales.

Me interesé un poco más por esta causa y sentados en la mesa, me fueron contando esa historia que a veces cada peregrino lleva consigo y es tan personal que en muy pocas ocasiones se comparte con los demás, pero ellos deseaban compartirla conmigo.

Este matrimonio, tenía un hijo al que con cuatro años le detectaron una de esas enfermedades raras que solo afectan a un reducido número de personas. Se trataba de “muscoviscidase”. Comenzaba con unos síntomas respiratorios que podían achacarse a muchas otras cosas, pero según se iba agravando afectaba de una manera directa a los pulmones hasta que los deterioraba y la persona que la padecía se moría.

Habían perdido a su hijo cuando todavía no había comenzado a disfrutar de la vida y para ellos fue un mazazo porque no encontraban consuelo en ninguna de las cosas que hacían, todo eran recuerdos de su hijo que no podían borrar de sus mentes y lo que era mas grave, eran incapaces de comprender como su hijo, con tan solo cuatro años, se había ido.

Alguien les habló del Camino, era como una gran enciclopedia en la que se encuentran todas las respuestas y después de haber buscado consuelo en todos los lugares que les habían recomendado, pensaron que no perdían nada por probar y decidieron recorrerlo.

No se si llegaron a encontrar esas respuestas que estaban buscando, ceo que no me lo dijeron, ni yo se lo pregunte, pero si fueron encontrando ese consuelo que tanto necesitaban cuando compartían con los demás peregrinos el motivo de su camino y eso les hacía sentirse bien. Cada día que pasaba, se encontraban mejor y cuando llegaron a Santiago, se dieron cuenta que lo que debían hacer, el objetivo de sus vidas, era compartir su dolor y sobre todo, compartir y dar a conocer esa terrible enfermedad para que fuera conocida por la sociedad y se impulsaran los medios necesarios para su estudio y erradicación.

Pero, ellos debían dar ejemplo y se les ocurrió relatar ese viaje que tanto les había ayudado. Harían un libro con sus experiencias, sus sentimientos y cada una de las vivencias que habían tenido mientras estaban caminando y los beneficios que les reportara ese libro irían destinados a investigar sobre esa lacra que ellos habían padecido.

Les felicité por aquella brillante idea y me recordaron al bueno de Bolitx, que cuando sabía que sus días estaban ya contados, con la cuenta atrás avanzando de una forma acelerada, escribió “El gran caminante” para que sus hijas conservaran ese maravilloso recuerdo de su padre y por que no, para dar a conocer esa terrible enfermedad, la ELA, que se estaba adueñando de su cuerpo.