almeida – 21 de enero de 2016.

Siempre que había puesto mis pies en el camino, solía hacerlo en los meses de la primavera o el verano, donde las temperaturas son más suaves y los días son muy largos. Resulta una ventaja caminar con muy poca ropa, dos o tres camisetas son suficientes para todo el camino y al contar con muchas horas de sol, puedes recrearte en los lugares donde te sientes a gusto sin el riesgo de tener que caminar desorientado cuando se hace de noche.

Un buen año, decidí cambiar mis costumbres, quizá las circunstancias también me empujaron a ello, pero por una u otra razón, en esa ocasión caminaría en el mes de diciembre. Lo haría por la meseta recorriendo el camino de Madrid en el que no podría hacer muchos kilómetros ya que antes de las seis de la tarde la luz solar comenzaba a dejarse de ver.

Mi mayor preocupación la constituía la ropa que debía llevar. Las prendas de abrigo son más pesadas y voluminosas que las ligeras camisetas del verano. Además, debía prever llevar al menos tres prendas de cada cosa ya que si llovía no podía secarse lo que hubiera utilizado, ya es un contratiempo tener que hacerlo con ropa sucia pero no se puede caminar con ropa mojada porque su humedad va pasando al cuerpo y puede producirnos una pulmonía.

También la ropa de lluvia y la de abrigo (una capa, un polar, un chubasquero, un…), la mochila ya no daba más de sí, pero en esta ocasión todo me parecía imprescindible y no podía dejar nada que dependiendo de la climatología que tuviera seguramente iba a necesitar.

El tiempo era gélido, todos los días caminaba con temperaturas bajo cero, pero bien abrigado y ayudado por el esfuerzo que suponía caminar, enseguida el cuerpo entraba en calor y hasta se llegaban a agradecer las bajas temperaturas porque siempre acababa sudando, bien por el esfuerzo que hacía o por el abrigo que llevaba.

Una de las jornadas en las que tenía por delante cerca de treinta kilómetros, ese día me parece que amaneció más frío que de costumbre, al menos la sensación térmica así lo delataba, pero lo peor era que estaba lloviendo, por lo que presentía una jornada muy complicada y difícil.

El camino discurría junto a un río. Lo que en otra época del año podía resultar un paraje precioso, se fue convirtiendo en una angustia, eso sí, no estaba exento de cierta belleza. La nieblilla matutina que se formaba junto al río configuraba un entorno con una sensación de misterio que le confería un encanto especial, esa bruma que iba rodeando los árboles y los arbustos confiriéndoles una fantasmal visión que solamente estaba plasmada para que yo pudiera contemplarla.

Como el agua que dejaban caer las nubes, estaba calando mi ropa, me puse la gran capa que llevaba la cual cubría no solo mi cuerpo sino que también tapaba la mochila y con la protección del plástico me vi resguardado del agua que caía a mí alrededor.

Siempre me ha gustado la lluvia y sobre todo caminar bajo ella, aunque me estuviera mojando, por eso a pesar de las adversidades estaba disfrutando como pocas veces en esta etapa del camino.

Cuando la humedad que salía del río se unía al calor que estaba produciendo mi cuerpo por el esfuerzo que realizaba y por la falta de transpiración de la ropa que llevaba, enseguida comencé a sudar, tanto casi como en los meses más calurosos del verano.

Pero a pesar del calor de mi cuerpo, a mi alrededor la temperatura estaba bajo cero y observaba como cada vez que expulsaba el aire de mis pulmones, este, que salía caliente al chocar con el aire gélido producía una nube que daba la sensación que iba fumando y expulsaba el humo por mi boca.

También al enfriarse el aire, se producía un vapor que dejaba en el bigote y en la barba esas gotas que con la humedad se estaban produciendo.

En varias ocasiones desabroché la ropa y la parte superior dejando que el aire refrescara mi cuerpo y entonces el sudor se quedaba frío. No sabía qué era lo mejor ya que en cualquiera de las posiciones en las que caminaba cada vez me iba encontrando más incómodo.

Por fin, superando todo tipo de inconvenientes, conseguí llegar al pueblo en el que finalizaría esa jornada que me había resultado tan diferente y sobre todo tan difícil.

Ahora todas las fatigas y el cansancio van a quedar olvidados – pensé – En el momento en el que me ponga bajo el chorro de agua caliente de la ducha, con el agua se irán por las cañerías del desagüe todo lo que se ha ido acumulando en mi cuerpo.

Me dirigí hasta el albergue, era una casa deshabitada de dos plantas que habían acondicionado como albergue. Se encontraba cerrado y vi un cartel en la puerta en el que ponía: “Las llaves las tienen que recoger en el bar X”.

Fui hasta el bar que me indicaban en la nota, la mujer que estaba a su cargo, al verme entrar con la pesada mochila, el bordón, todos los símbolos jacobeos y una cara de cansancio que reflejaba los casi treinta kilómetros que acababa de recorrer en aquellas deplorables condiciones, fue muy sagaz cuando preguntó:

-Eres peregrino ¿verdad?

-Eso parece – le dije – póngame un café con leche en un vaso grande para ver si me recupero, que estoy muerto de frío.

-La llave del albergue se la doy yo, la, tenemos aquí.

-Ya me lo imaginaba y por eso he venido, he visto la nota en la puerta del albergue, de paso aprovecho para ver si el café consigue entonarme un poco el cuerpo.

Tomé rápidamente la infusión y me despedí de aquella mujer. Mi mente solo soñaba con la calidez de esa agua caliente que saldría en unos momentos de la ducha y reanimaría todo mi cuerpo.

El albergue se encontraba un tanto descuidado, eran tan pocos los peregrinos que por allí pasaban que en ocasiones podía pasar una o dos semanas sin que nadie se alojara en él.

Me desprendí de la mochila y me despojé de la ropa húmeda y fui directo hasta el baño donde se encontraba la ducha.

El calentador de agua era una gran caldera eléctrica que se encontraba desconectada. Pensé que era normal ya que en la última semana no había pasado nadie por aquel lugar.

Conecté el enchufe a la corriente y vi con pesar que el piloto de la caldera no se encendía, abrí los grifos del agua caliente y el agua salía gélida. Aquello era algo que no me esperaba, era un contratiempo no solo inesperado sino muy desagradable.

Ante aquella contrariedad pensé en las tres opciones que tenía:

*Dejar pasar esa jornada sin ducharme.

*Hacer un lavado selectivo con las manos, pasándolas por las zonas de mi cuerpo en las que más se hubiera concentrado el sudor.

*Hacerme el valiente, cerrar los ojos, abrir la ducha y ponerme debajo de ella.

Opté por esta última alternativa, para eso soy de al lado de Bilbao, era consciente de que la impresión podía resultar catastrófica.

Así fue, cuando sentí el agua que estaba a punto de la congelación, al estar en contacto con mi cuerpo noté como éste se paralizaba. Músculos, venas, nervios y arterias se fueron congelando dejando mi cuerpo casi paralizado. Aparté el agua y me enjabone y de nuevo puse el agua sobre mi cabeza para que fuera limpiando toda la suciedad que el jabón había desprendido. Una vez que pasaron unos interminables minutos la sensación era más tolerable y pude quitar por completo la suciedad y el cansancio que llevaba, aunque no fue como yo había imaginado mientras soñaba con ese momento, no obstante sentí como mi cuerpo se encontraba muy aliviado.

Decidí dar un paseo por el pueblo, a pesar del frío que hacía en la calle. Me sobraba toda la ropa de abrigo e iba solo con la camisa ante la mirada atónita de las personas con las que me cruzaba que iban enfundados en sus abrigos y solo se le veían los ojos ya que la bufanda que llevaban daba varias vueltas a su cara. Debieron pensar que estaba loco caminando de aquella manera.

Mis pasos me condujeron de nuevo hasta el bar. La camarera que me había atendido cuando llegué, no se encontraba detrás de la barra. Ahora había otra persona que debió imaginarse quien era yo, ya que en el pueblo se conocían casi todos.

-¿Eres el peregrino que ha llegado hoy?

-El mismo

-Es que a mi hermana, que es la que te ha dado la llave, se le ha olvidado decirte que hay que enchufar el termo y aunque el piloto está fundido, tienes que esperar quince minutos y entonces sale el agua caliente.

-Pues ya no tiene remedio, su hermana no ha hecho bien su labor y dígale que me acordaré durante muchos días de ella. De todas formas eso se soluciona solo con una nota que lo advierta.

-Eso habíamos pensado hacer, pero lo hemos ido dejando y no la hemos puesto.

Esa noche, un simple papel que puse en el termo, sé que evitó que quienes llegaran al albergue en días sucesivos no podrían experimentar esas sensaciones tan especiales que solo la necesidad consigue que puedan aflorar en el cuerpo.