almeida – 17 de junio de 2014.

Cuando pisé este Camino diez años atrás, me quedé en uno de los albergues que acababan de inaugurar del que siempre he guardado muy buenos recuerdos, ya que allí me sentí como en mi casa. Todas las atenciones de aquella familia eran pocas para conseguir que los peregrinos nos sintiéramos a gusto.

Cuando pasé la siguiente vez recorriendo el mismo Camino, traté de buscar cada día un albergue diferente porque deseaba conocer todos los que me fuera posible para de esa forma, cuando alguien me pidiera información, poder dársela con el conocimiento suficiente, aunque hice una excepción y volví a quedarme en aquel lugar en el que me había sentido tan a gusto.

Ahora ya no estaban todos los que conocí en su día, ella se había ido, el mal se había introducido en su cuerpo y la fue consumiendo hasta que dio su último suspiro.

Ahora, diez años después, cuando me encontraba en Santuario, como estaba muy cerca de este entrañable lugar, decidí acercarme un día a saludar a aquella persona a la que ya consideraba un amigo y, de paso, recordar aquellos tiempos, los primeros de muchos sueños y los segundos de tristeza, pero que al fin y al cabo formaban parte de mis caminos.

Cuando el hospitalero y responsable de aquel lugar me vio, me reconoció en seguida y percibí que se alegraba de verme.

Nos sentamos junto a un vaso de vino y estuvimos recordando el tiempo que había pasado y como con el paso de los años, también habían cambiado muchas cosas en su casa y en el Camino.

Él, para satisfacer las crecientes necesidades de los peregrinos, había ido ampliando el albergue. Ahora contaba con más recursos pues a mayor afluencia de peregrinos, también la recaudación diaria estaba siendo cada vez mayor, pero echaba en falta aquel contacto directo que solía tener con todos los peregrinos que elegían su albergue para descansar. Actualmente la relación es más impersonal porque no conseguía quedarse con la cara de la mayoría de las personas que se alojaban en su albergue.

También el Camino estaba cambiando. Diez años atrás eran contados los peregrinos que lo recorrían. Cuando alguien se trasladaba en coche de un pueblo a otro, muy de vez en cuando, veía a peregrinos por el Camino y solo en una franja horaria era cuando se hacían más visibles. Ahora en todos los momentos del día da la impresión que los peregrinos van en una procesión y eso no es bueno ya que tanta masificación está haciendo irreconocible el Camino y este cambio puede afectarle y hasta puede llegar a minar las sólidas estructuras en las que parecía estar asentado.

Le dije que eso eran las consecuencias de la evolución y a veces puede hasta no ser malo pues como suele decir una persona muy allegada: “el Camino se acabará muriendo de éxito, pero como el Ave Fénix, nunca desaparecerá, volverá a resurgir con los peregrinos que sigan sintiéndolo, porque aunque desaparezcan todas las infraestructuras, solo con que haya un peregrino que siga recorriéndolo, siempre estará vivo”.

Eran esas cosas en las que a veces algunos divagamos, pero que no dejan de tener un fondo de razón.

Cuando hablamos de los diez años que habían pasado desde que abrió sus puertas el albergue, me dijo que a su hijo se le había ocurrido una idea para celebrar con los peregrinos ese décimo aniversario.

Todas las mañanas, entre las once y las doce, cuando más concurrido estaba el Camino, llenaba su furgoneta con botellines de agua y se iba a repartirlas a todos los peregrinos que se acercaban a su pueblo.

Le dije que me parecía una buena idea porque era a los peregrinos a quienes debía su estabilidad y lo justo era compartirla con ellos.

Comprobé que era una buena idea cuando un día pasé con el coche y vi su furgoneta rodeada por una docena de peregrinos que reclamaban su ración de agua.