almeida – 6 de noviembre de 2014.

Según nos íbamos acercando, pude comprobar que estábamos llegando a un lugar diferente a los que habíamos estado antes. Los cuatro claustros del Monasterio de Oseira le conferían una majestuosidad y grandeza que solo el poder eclesiástico en su época de mayor esplendor pudo adquirir.

Nos dirigimos hacia la entrada del recinto y uno de los hermanos cistercienses con su hábito blanco y un escapulario negro nos pidió que esperáramos a que los turistas co-menzaran la visita programada. Una vez que estuviera libre nos acompañaría hasta los aposentos donde se acogía a los peregrinos.

Como en la mayoría de monasterios que nos habían dado acogida, estábamos ante un monje de edad muy avanzada, con el pelo que aún conservaba de color plateado y una prominente y generosa barriga, fruto del buen arte culinario que los monjes han sabido ir transmitiendo a lo largo de los siglos.

Seguimos a unos pasos de nuestro hospitalero. Caminaba con pasos muy lentos. Llevaba en su mano derecha una gran llave de hierro que abriría la robusta puerta de madera donde encontraríamos acogida. Caminamos bordeando la iglesia del monasterio y frente al cementerio donde reposa­ban los restos de los monjes que pasaron su vida entre estos muros se encontraba la antigua biblioteca que ya no hacía las veces de scriptorium ni contaba con copistas ni los año­rados códices que la desamortización de Mendizábal había hecho desaparecer y los que aún se conservaban se guarda­ban en una estancia más pequeña.

La sobriedad del edificio nos impactó. Estábamos en una construcción realizada con piedra de sillería susten­tada en unos muros de casi un metro de espesor. Las me­didas eran descomunales, unos diez metros de ancho, do­ce metros de alto y veinte metros de largo. En su interior daba la impresión de que la desamortización se había producido unos meses atrás ya que solo contaba con una docena de alfombras en el suelo que estaban absorbiendo toda la humedad del recinto y unos pocos bancos de los que se habían descartado de la iglesia en alguna reforma reciente.

La luz del día apenas podía penetrar por unas estrechas ventanas situadas a media altura que se parecían más a unas troneras de un castillo defensivo que a las de un lugar que albergó los pensamientos más sobresalientes de los eruditos que a lo largo de la historia nos han ido transmi­tiendo toda su sabiduría.

Una tenue luz artificial iluminaba de forma deficiente toda la estancia. Tampoco necesitábamos mucha ilumina­ción ya que únicamente íbamos a dormir en aquel lúgubre y húmedo recinto.

Durante un buen rato estuvimos analizando cuál sería la mejor forma de poder conciliar el sueño. Barajamos la posi­bilidad de extender el saco de dormir sobre las húmedas alfombras en el frío suelo de piedra o hacerlo sobre los ban­cos de medio metro de altura pero también a medio metro del frío suelo. Nos decidimos por esta última alternativa, juntamos dos bancos para poder contar con más superficie sobre la que extendernos.

Los bancos eran antiguos y como todo lo antiguo estaba realizado de forma artesanal. Se habían fabricado siguiendo un patrón, pero no había dos bancos iguales ya que tenían unas ligeras diferencias no solo en la anchura sino sobre todo en la altura. Esto hacía que al poner la espalda sobre ellos, una parte de nuestro cuerpo estuviera a diferente al­tura que el resto, e iba originando unas molestias que se acumulaban en la espalda. No conseguíamos encontrar una postura que nos permitiera descansar con normalidad.

Debido a las grandes dimensiones de la estancia, el eco que en ella se producía era impresionante. La caída de un bolígrafo al suelo hacía que lo oyéramos en sonido cuadra­fónico retumbando en todas las esquinas varias veces. Cada palabra que pronunciábamos también era repetida con gran profusión.

Como el lugar era un tanto lúgubre, decidimos intentar dormir con la luz encendida, más que nada para espantar a los cientos de espíritus que rondaban por la sala, que vieran que estaba ocupada y no se atrevieran a alterar nuestro descanso.

No sé qué resulta peor, si pasar una noche en vela o ha­cerlo intermitentemente con molestias constantes. Sé que hubo momentos en los que conseguí conciliar el sueño. Por la mañana recordaba con claridad como mi espíritu logró abandonar por algunos instantes mi cuerpo y estuvo nave­gando con Ulises en su regreso a Ítaca, tuve la oportunidad de escuchar las lecciones de Sócrates y ayudé a Aarón a por­tar el arca que contenía las tablas de la ley. También me entrevisté con Petrarca, el beato de Tábara me enseñó el arte de copiar los manuscritos y Carlomagno me invitó a compartir mesa con sus pares de Francia.

También vi a mi alrededor a cientos de espectros más difusos y oscuros a los que no conseguí verles bien la cara, supongo que serían los moradores del campo santo que había nada más traspasar la puerta que nos separaba del cementerio.

Fue una noche muy lúgubre en la que la emoción y el miedo acongojaron mi mente no dejándome disfrutar de todas las sensaciones que los miles de espíritus que estaban con nosotros podían habernos aportado.