almeida – 7 de noviembre de 2014.

A pesar de ser conscientes de que cada kilómetro en tie­rras astures tiene varios cientos de metros más que un ki­lómetro en cualquier otro camino, teníamos por delante dos etapas de veinte kilómetros que decidimos transformarlas en una. Era un reto que nos llevaría todo el día superar pero nos encontrábamos con ánimo y fuerzas para intentarlo.

Ese día nos levantamos una hora antes que de costum­bre. Al alba ya habíamos comenzado a caminar y pudimos contemplar un amanecer precioso con un cielo plomizo a través del que trataba de abrirse paso con dificultad el sol.

Los desniveles que teníamos por delante no eran muy importantes. Caminábamos junto a la mar, pero era una etapa de las llamadas «rompepiernas». Los pocos cientos de metros de desnivel eran reales ya que en varias ocasiones caminábamos por la playa o junto a los puertos de los pue­blos. El desnivel de los ascensos nos quitaba el resuello de­biendo hacer numerosas paradas para oxigenar bien los pulmones y todas las células que eran nuestro combustible para poder seguir avanzando.

La etapa estaba resultando muy agradable. Los paisajes por los que transitábamos eran de ensueño y la visión per­manente de la mar a nuestra derecha, la montaña a nuestra izquierda y de frente nuestro destino, no ofrecían ninguna posibilidad de pérdida y nos permitían extasiarnos con lo que nos ofrecía nuestro ángulo de visión.

Cuando llevábamos recorrida la mitad de la etapa, deci­dimos parar a comer. Nos serviría para reponer fuerzas y también descansaríamos un rato ya que la fatiga se iba acumulando haciéndose patente.

Reiniciamos el camino con un suave orvallo. No podía ser de otra forma, porque para que en tierras asturianas una etapa sea perfecta debe contar con niebla y lluvia.

El tercer cuarto de la etapa fue resultando más cansino. Los toboganes del terreno no daban tiempo a pensar y cuando superabas una cima, un descenso te volvía a deposi­tar en el valle o en la playa y comenzaba un nuevo ascenso. Ahora los kilómetros se iban haciendo más largos y los des­cansos para reponer fuerzas se sucedían con más frecuencia.

En los últimos diez kilómetros ya no quedaba ningún pueblo por atravesar, solo faltaba nuestro lugar de destino de esa jornada. Bordeando las faldas de los montes y atra­vesando pequeños bosques, el sendero se hacía más cómo­do a pesar de que el cansancio era ya muy grande y el avan­ce se hacía muy lento.

Cuando encontrábamos alguna persona por aquellos desérticos lugares le preguntábamos si nos faltaba mucho para llegar a nuestro destino. Siempre era lo mismo, que quedaba muy poco, siempre el pueblo estaba superando un nuevo monte o bordeándolo, pero los asturianos son así. Generalmente pienso que es para darnos ánimo, pero si supieran lo que fastidia que te digan que estás muy cerca, vayas convencido de que al final del horizonte verás tu lugar de descanso y cuando lo superas compruebas que debes seguir caminando…

Comenzamos a preocuparnos. El sol estaba muy próxi­mo al horizonte y en poco tiempo se ocultaría. Sin conocer el camino y atravesando terrenos de bosque y maleza, aque­llo suponía un grave problema ya que no nos permitiría ver las señales del camino y podíamos llegar a perdernos.

Sacamos fuerzas de donde ya no las teníamos y acele­ramos el paso. Nos íbamos animando el uno al otro y sin comentarlo comenzamos una especie de competición en la que ninguno queríamos quedarnos atrás, de esta forma ace­leramos el paso de nuestro compañero.

Cuando el horizonte consiguió ocultar completamente el sol, la oscuridad empezó a hacer acto de presencia pero ya no estábamos preocupados. Dos kilómetros después de cruzar un pequeño bosque comenzamos a divisar las luces del pue­blo, ya no importaba que no viéramos las señales ni las fle­chas amarillas. Las luces serían el faro que guiaría nuestros pasos y permitiría que llegáramos a buen puerto.

Carlitos siguió con su ritmo alto, pero yo me relajé. Me sentía protegido por las luces del pueblo y sabía que no me iba a perder, además me encontraba muy fatigado y no podía mantener el ritmo impuesto.

Oscureció muy pronto. La humedad de la vegetación y del bosque hizo que apareciera una niebla densa y muy ba­ja. Como no veía el camino, debía andar con mucho cuidado para evitar un inesperado resbalón o tropezar con alguna rama y caerme.

La niebla comenzó a rodearme. Ya no veía con claridad los árboles, eran grandes manchas fantasmagóricas que cada vez me rodeaban más. Las luces de las casas del pue­blo se fueron difuminando y con el efecto de la niebla ya no podía calcular el lugar exacto en el que se encontraban. A veces me parecía que estaban a más de un kilómetro y en otros momentos me parecía que se hallaban a solo unos cientos de metros.

Mi mente trabajaba a gran velocidad tratando de locali­zar el camino más directo, soñando con el merecido descanso que tendría al terminar y no sé con cuántas cosas más. De repente mis pensamientos se nublaron y solo pensaba que estaba en un marco muy propio para un cuadro de la Santa Compaña.

Los pinos semejaban a los espíritus que en pena vagaban por aquel bosque y las luces de las casas que se veían entre los árboles se parecían a los faroles que los espíritus llevan para guiarse en la oscuridad. Traté de apartar de inmediato esos pensamientos de mi mente, pero no se iban. Los veía tan reales y los sentía tan cerca que comenzaban a angustiarme. Según estaba ensimismado en estos pensamientos el sonido de varias campanillas con un tono un tanto grave hizo que un escalofrío recorriera de arriba abajo mi columna vertebral. Todo el vello de mi cuerpo se me erizó como si estuviera ante un campo magnético. Por unos instantes me sentí paralizado. No sé cuántos minutos pasé sin moverme. Creo que fue hasta que una manada de vacas pasó por delante de mí haciendo tañer sus cencerros.