almeida – 22 de julio de 2014.

Desde aquel lejano día, la visión que había tenido Saúl mientras recorría su camino, le iba a acompañar muchos días de su vida. Aunque la recordaba con una sensación extraña, en ningún momento aseguró haber sentido miedo, más bien fue la incertidumbre sobre lo que sus ojos habían visto lo que le inquietaba por si solo había sido un sueño o fruto de su imaginación.

Pero aseguraba que la imagen que estaba guardada en su mente, era tan real que cada vez que la recordaba, los detalles eran más nítidos que la anterior y siempre era la misma a pesar que trataba de ver algo más, pero apenas variaba de lo que presenció aquel día.

No había querido compartirla con nadie, ni tan siquiera con los más allegados porque no le comprenderían y seguramente le tomarían por un iluminado o quien sabe, algunos podían pensar otras cosas, que no tuvieran nada que ver con lo que sentía cada vez que el recuerdo acudía a su mente. Por eso, me sentí un tanto privilegiado cuando compartió esta historia conmigo, porque después de conversar parte de la tarde y contarle algunas vivencias que otros peregrinos habían compartido conmigo, estaba convencido que yo le comprendería, al menos no le tomaría por uno de esos iluminados, que en ocasiones encontramos en los caminos.

Estaba haciendo una de sus peregrinaciones que le gustaba disfrutar cada año, porque desde que había descubierto todo lo que el Camino le aportaba, esperaba ansioso esas vacaciones en las que dispusiera de días suficientes para que sus pies, de nuevo sintieran las sensaciones que el Camino le proporcionaba.

Se encontraba en uno de esos caminos solitarios, muchos días no se cruzaba con nadie, pero no le importaba, casi hasta lo agradecía, porque en soledad es como podía llegar a conocerse un poco más a si mismo y eso, también era lo que buscaba cada vez que se enfrentaba a un nuevo Camino.

Los días que estaba soportando, eran especialmente calurosos, la ausencia de nubes dejaba que los rayos del sol fueran implacables y comenzaban a secar todo lo que había a su alrededor.

Esa jornada, Saúl percibió que iba a ser diferente a las demás porque nada más salir del albergue vio que el cielo se había encapotado, unas espesas nubes impedían contemplar ese amanecer que presenciaba cada mañana. Sacó de su mochila el chubasquero que siempre llevaba por si surgía algún día como aquel y se cubrió con el, para guarecerse de la lluvia que presagiaba que de un momento iban a arrojar aquellas nubes.

La sensación de ir caminando bajo la lluvia, no le resultó molesta, todo lo contrario, después de unos días muy calurosos se agradecía el frescor que el agua le estaba proporcionando y se dispuso a percibir esas sensaciones de una jornada diferente.

Según iba pasando el tiempo, se fue dando cuenta que cada vez, el día se hacía más oscuro, era como si se encontrara caminando en medio de la noche, pero Saúl sabía orientarse muy bien y siguió caminando hacia el oeste casi sin fijarse en las flechas que en los cruces de caminos le indicaban cual era el que debía seguir.

Había pasado la noche él solo en el albergue y no esperaba a lo largo del día encontrarse con nadie, por lo que siguió caminando bajo aquella cada vez más intensa lluvia siendo consciente que con el día que hacia, no habría nadie en kilómetros a la redonda.

Tenía que ascender una suave colina en la que la vegetación era más abundante que la zona más desértica que había dejado atrás. Pequeños árboles y mucha retama, crecían a ambos lados del camino y poco a poco la humedad del ambiente, fue haciendo que se formara una suave niebla que según iba avanzando se hacía cada vez más densa hasta el punto, que apenas veía unos metros más adelante.

Cuando iba a llegar al alto de la colina, la niebla se fue diluyendo y ya podía ver con claridad el camino. En lo más alto, hacía una curva que le guiaba hacia el norte para comenzar a descender la colina por la otra cara.

Caminaba mirando el suelo, como si espera encontrar algún objeto que hubiera perdido alguien, hasta que en lo alto de la colina, tuvo la sensación que no se encontraba solo y alzó la vista y allí, en un lateral del camino, a la izquierda, vio algo que llamó su atención. La niebla no se había disipado del todo y al principio creyó que era un arbusto de extrañas formas pero según se iba acercando, pudo ver la silueta oscura de una persona.

Era una mujer completamente enlutada, tenía unas manos muy blancas y arrugadas y su cara también blanca le transmitía una sensación de paz, que olvido cualquier pregunta que pudiera acudir a su mente y solo pensó en lo que estaba viendo.

La mujer saludo al peregrino y este le devolvió el saludo, pero no se detuvo y siguió caminando. En más de una ocasión trato de girar la cabeza, pero había algo que se lo impedía, pensaba que si lo hacía, se habrías diluido lo que acababa de ver y siguió caminando con esa extraña sensación de sentirse observado.

Comenzó a preguntarse quien sería aquella persona que se encontraba en aquel desértico lugar, pero no encontraba respuestas, tampoco le preocupaba y sobre todo, cuando algunas respuestas podían ser un tanto inquietantes, él no se sentía inquieto, más bien se encontraba extrañamente sereno.

Cuando se repuso de este encuentro, trató de recordar la cara de aquella mujer, pero era como si la niebla se lo hubiera impedido y no recordaba ninguna facción de aquel rostro que había tenido tan cercano.

Fue una sensación muy extraña, porque se había sentido en todo momento muy tranquilo a pesar que por su cabeza habían pasado cientos de explicaciones, pero seguía sin encontrar una respuesta a lo que aquella mujer podía estar haciendo un día tan intempestivo en aquel lugar.

Nunca olvidaría ese Camino y sobre todo, ese encuentro, estaba convencido que sería lo que siempre acudiría a su mente cada vez que pensara en el Camino y aunque nunca se había atrevido a compartir con nadie aquel encuentro, generalmente con mucha frecuencia acudía a su mente no para inquietarla sino para darle tranquilidad en algunos momentos en los que se sentía estresado o inquieto por alguna cosa cotidiana que le preocupaba.

Escuché con mucha atención la historia que Saúl me estaba contando y no tuvo necesidad de asegurarme que cuanto me estaba diciendo no era fruto de su imaginación, yo estaba convencido que había ocurrido tal y como él me lo decía, porque no era la primera vez que escuchaba algo parecido y hay historias que es muy difícil que puedan ser elaboradas por la mente, se encuentran en el Camino y se hacen patentes únicamente para algunos elegidos.

Agradecí la confianza que Saúl tuvo en compartir su historia conmigo y solo pude decirle que estaba convencido que la respuesta que buscaba, al final acabaría encontrándola en el Camino, porque todas las respuestas suelen estar ahí.