SAF – 3 de noviembre de 2014.

Aquel lejano día de junio, cuando mis pies pisaron por primera vez la capital gallega, una emoción contenida nos embargaba a mi compañero Carlitos y a mí, contemplando la maravillosa fachada de la catedral románica desde la plaza del Obradoiro.

Fueron veinticinco días acumulando un sueño que por fin podíamos dar por cumplido. Cada día soñábamos con ese día que terminaría nuestra aventura y teníamos perfectamente calculados todos los movimientos que haríamos en Compostela cumpliendo con todos los ritos que muchas veces habíamos leído que hacían los peregrinos desde muchos siglos atrás.

Cuando descendimos a la gruta que alberga la urna que contiene los restos de Santiago, un nudo en la garganta ahogaba la emoción del momento. No me lo podía creer, allí delante de las reliquias de un mártir que acompañó a Jesús mientras difundía su evangelio por las tierras de Galilea, luego cuando el Maestro murió, tomó su testigo para dar testimonio de su verdad en los confines del mundo conocido. Fue una sensación muy emotiva que es muy difícil comprender por quienes no han sufrido caminando por la ruta de las estrellas con la única meta de llegar ante los restos del Apóstol y en silencio agradecer todo lo bueno que la vi­da nos ha proporcionado.

No llegamos a asimilar todas las sensaciones que vamos teniendo mientras estamos en el camino, aunque éste real­mente comienza una vez que hemos llegado a Santiago. Ya de regreso en nuestra casa con la tranquilidad que nos da el tiempo, vamos digiriendo todo lo que hemos vivido los días que hemos estado en el camino y es entonces cuando valo­ramos lo que hemos realizado.

Absorbemos todo lo que encontramos que nos recuerda al camino. Las nuevas tecnologías permiten que encontre­mos abundante información en ocasiones excesiva y la va­mos asimilando, hasta llegamos a asumir aquellos estudios y análisis que valoran y demuestran de quién son esos res­tos que se conservan en la urna de plata. Entonces se nos vienen abajo todos los sueños que hemos tenido al compro­bar que existen dudas muy razonables de que no sea la per­sona soñada la que descansa en el interior de la urna.

Los sentimientos se van encontrando en nuestro interior, como a un niño cuando no quiere asimilar que los Magos de Oriente que vienen a primeros de año son diferentes a los que él ve en su pequeña cabeza y nos rebelamos contra quienes profesan semejantes herejías.

Pero cuando se vuelven a enfriar los sentimientos, pen­samos; y qué me importa a mí quién se encuentra en el in­terior de la urna. Porque yo he realizado un camino de fe y esta no ha variado un ápice en los muchos días que, con viento, frío, lluvia, calor y hasta nieve, caminaba siguiendo las estrellas que han guiado a millones antes que a mí. Pue­do yo estar equivocado, pero creo que la multitud que me ha precedido no lo está.

El verdadero milagro de Santiago no son los veintitan­tos que habitualmente se le atribuyen, sino haber creado un río vivo, alimentado por miles de almas que a lo largo de los siglos han ido creando un sendero mágico que como un imán atrae a las personas hacia el poniente, hasta que lle­gan al fin del mundo y la tierra se termina, entonces saben que han llegado a su destino.

El sendero en sí es un milagro jalonado por los hechos relevantes de personas buenas que han dedicado su vida para que los peregrinos puedan lograr su objetivo, dejaron su vida en el camino y sus restos podamos venerarlos en numerosos lugares de la ruta.

Por eso qué nos importa que sea uno de los doce elegi­dos, el eremita Prisciliano o cualquier otro discípulo a quien jamás veremos. Seguimos un milagro tangible que es el ca­mino y cuando estamos sobre él se produce el verdadero milagro que es captar la magia y la esencia que nos transmi­ten los miles de espíritus que antes nos precedieron y ahora guían nuestros pasos.