almeida – 23 de julio de 2014.

En la vida de Pedro, haba dos aficiones que se habían llegado a convertir en una verdadera pasión. Una eran los caballos, desde muy joven, sentía por estos animales tal admiración, que la primera adquisición que tuvo fue un ejemplar que había ido conformando una cuadra en la que siempre había al menos un animal para cada uno de los miembros de su familia que también disfrutaban dando largos paseos a lomos de estos animales.

También el Camino se había convertido en una pasión. Desde que lo descubrió por primera vez, no pasaba un año, sin sentir esa sensación de libertad que tenía mientras lo recorría.

Lo mejor de todo, era que sus dos pasiones se complementaban a la perfección, podía recorrer el Camino disfrutando de la compañía de uno de sus caballos y así lo había hecho desde el primer día que se propuso recorrer uno de los caminos.

Pero Pedro, quería ver nuevos horizontes y cuando decidió repetir, lo hizo por caminos diferentes y también cada año, llevaba a uno de sus caballos, quería que todos disfrutaran de ese Camino que tantas satisfacciones le estaban proporcionando y así lo fue haciendo. Cada año un nuevo camino con un caballo distinto.

Entre las adquisiciones que había hecho, tenía un esplendido caballo que según Pedro, era un animal diferente a los demás que había en su cuadra, tenía un nervio especial y una fortaleza diferente a los otros, era algo más pequeño pero su galope era más rápido y ágil que los demás. Pedro le había bautizado con el nombre de Peregrino y esperaba ese momento en el que su caballo, también tuviera su bautizo haciendo honor al nombre que le había puesto.

Fue comentando con su familia los planes que tenía para el siguiente Camino y cuando se encontraba en la cuadra o dando esos paseos diarios a lomos de Peregrino, también lo compartía con él, le iba hablando de esos horizontes nuevos que los dos irían descubriendo juntos.

Curiosamente, una semana antes de comenzar su camino, Pedro vio como Peregrino se quejaba de una de sus patas, cada vez que la apoyaba en el suelo, mostraba unas molestias que preocuparon a Pedro, pero no podía alterar sus planes porque ya había pedido en su trabajo las vacaciones y no podía cambiar las fechas.

Decidió que ese nuevo camino lo haría con otro de sus caballos y cuando Pedro llamó a casa para decir que había llegado al lugar donde iba a comenzar esa nueva peregrinación y para interesarse por el estado de su caballo, su mujer le comentó que desde el mismo instante que había salido de casa, Peregrino no se había vuelto a quejar de su pata.

Al año siguiente, le volvió a ocurrir lo mismo, el animal al percibir que iba a ser sacado de su ambiente, fingía una lesión para evitar que su rutina de nuevo se viera alterada.

Pedro comprendió que el caballo, consciente de lo que le esperaba, estaba jugando con él, por eso el siguiente año, no comentaría nada del Camino que iba a realizar, al menos cuando se encontrara cerca de Peregrino para evitar que le volviera a hacer lo mismo.

Cuando Peregrino se vio dentro de la caja con la que a veces era transportado, no se imaginó lo que le esperaba, pensaba que era una de esas salidas habituales que una vez al mes hacía para recorrer uno de esos senderos más alejados de su casa, pero cuando llevaba varias horas encerrado, quizá fue consciente de que en esta ocasión no iba a poder librarse de lo que había evitado los dos años anteriores y a la tercera fue la vencida.

Pedro, se mostraba contento por lo bien que Peregrino se había portado ese primer día de Camino y fue generoso con la ración de grano que le ofreció nada más llegar al albergue y estuvo especialmente cuidadoso con el animal caminando a su lado la mitad de la jornada para que el cansancio ese día no le hiciera fingir cualquier supuesta lesión.

A partir de ese primer día, los dos podrían disfrutar de esos nuevos horizontes que Pedro deseaba compartir con el animal.