almeida – 20 de febrero de 2016.

En la antigüedad, llegó a ser una de las rutas más transitadas por los peregrinos que se dedicaban a recorrerla para ir a mostrar sus respetos al hijo del Trueno.

Pero con el declive de las peregrinaciones llegó casi a desaparecer, eran muy pocas personas las que se decidían a caminar por ella.

En Mérida se agrupaban todos los peregrinos que salían desde cualquier punto de Andalucía y continuaban por los restos del empedrado pétreo que un día los constructores romanos realizaron. De esta forma sus legiones avanzaban por ellas con la rapidez que en ocasiones necesitaban para poder sofocar a tiempo una revuelta o para llevar las mercancías de una zona a otra de la península. Pero en la actualidad habían desaparecido incluso hasta las piedras que conformaban la calzada.

Para nosotros suponía un gran reto recorrerla, eran mil kilómetros de soledad y aridez en dónde podíamos disponer del tiempo suficiente que necesita cualquier peregrino para poder encontrarse consigo mismo. Eran tantos los momentos en los que nos encontrábamos solos que durante muchas horas al día no había nada que alterara nuestros pensamientos y podíamos manejarlos a nuestro antojo y sobre todo nos daba el suficiente tiempo para reflexionar sobre todas las cosas que nos preocupaban.

No pudimos elegir otra fecha, en los meses de verano donde el sol es implacable, en las regiones por las que pasábamos se acusaba con toda su crudeza, llegando a dejarnos tan extenuados como la vegetación que había a nuestro paso.

Pero en esta ruta, lo más importante no son los contrastes que presentan, ni los magníficos monumentos que podemos contemplar a nuestro paso ni esos excepcionales miliarios que aún se conservan junto al camino. El verdadero tesoro que encierra son sus gentes, muy diferentes dependiendo de la comarca o la región por la que pasemos, pero en todos, aún podemos ver esa bondad y la sencillez de quien todavía no ha sido maleado por la picaresca cada vez mayor de algunos que recorren el camino disfrazados de peregrinos.

Cuando en el campo nos encontrábamos con un labrador que trataba de mimar sus tierras para que produjeran los mejores frutos, con un pastor que buscaba los brotes más tiernos en esos campos yermos para que su rebaño se alimentara o con un hortelano que había realizado una verdadera obra maestra de ingeniería hidráulica para llevar las aguas del río cercano hasta su huerta. En todos los casos nos parábamos a hablar con ellos y percibíamos que nos recibían con sorpresa, no entendían que disfrutáramos caminando, que cada día recorriéramos largas distancias cuando había medios de comunicación muy rápidos, ni que lleváramos a cuestas una gran carga con todas las pertenencias que necesitábamos para pasar el mes que estábamos en el camino. Tampoco tratamos de convencerles de las bondades que tenía lo que estábamos haciendo, porque solo queríamos aprender y ellos constituían una importante fuente de sabiduría. Conocían el campo como nadie, me admiraba el conocimiento que tenían del medio que les rodeaba ya que las costumbres que se van adquiriendo con el tiempo les convierten en verdaderos maestros de esas necesidades básicas tan fundamentales para su supervivencia.

Sabían cuando tenían que sembrar para aprovechar mejor el estado de la tierra, percibían cuando iba a caer una fuerte tormenta que podía arruinarles la cosecha, conocían dónde se encontraban los acuíferos subterráneos donde los pastos eran más verdes para que sus animales consumieran los mejores brotes. Era tanto el conocimiento que tenían que cada día que me paraba a hablar con alguno de ellos, siempre aprendía cosas nuevas que me iban a servir mucho en el terreno inhóspito y desconocido por el que estaba transitando.

Los pequeños pueblos, antes bulliciosos por los numerosos vecinos que los habitaban, ahora se encontraban casi muertos. Solo eran mantenidos por las escasas personas que se resistían a marcharse y la mayoría eran muy mayores y cuando fueran desapareciendo se cerrarían definitivamente sus casas y también esos pueblos acabarían por cerrarse cuando ya no hubiera nadie que recorriera sus calles.

Pero también en los pueblos nuestra presencia despertaba curiosidad, algunos nos veían como seres extraños y otros como hippies. Pocos nos veían como peregrinos ya que según nos decían, el camino que llega a Santiago no pasaba por allí. Me agradaba ver esa inocencia que estas gentes aún mantenían y que desgraciadamente estaba desapareciendo de otros caminos que un día hicieron mucha gala de ella.

Cuando la tarde iba cayendo y el sol no hacía tan sofocante la estancia en la calle, la gente iba saliendo a las puertas de sus casas y se iban agrupando, según ellas para charlar, aunque la mayoría de las veces solo observaban. Miraban a quienes pasaban por la calle y luego hablaban sobre el infortunado que había sido objetivo de sus miradas y si no pasaba nadie más que les hiciera cambiar el tema de conversación, entonces no solo hablaban de lo que ya conocían de esa persona, también expresaban sus pensamientos que a fuerza de repetirlos los convertían en verdades.

Llamaba la atención su vestimenta, siempre negra que contrastaba con las blancas paredes de la mayoría de las casas. La costumbre de enlutarse cada vez que un ser querido se marchaba para siempre, hacían que no volviera a verse ningún color en sus vestimentas.

También ellas poseían esa sabiduría de las cosas sencillas, les había tocado vivir una época muy dura que había agudizado su ingenio, por eso siempre que tenía alguna oportunidad me paraba a hablar con ellas tratando como siempre de aprender algunas cosas.

-Se está bien al fresco – dije un día a un grupo de seis mujeres.

-¿No eres de aquí? – dijo una de ellas.

-No, solo estoy de paso – respondí he llegado hoy y me marcho mañana.

-¿Y en casa de quien estas? – preguntó otra.

-Estoy en el albergue.

-¿En la casa que han puesto para los peregrinos? – preguntó la primera.

-Sí, en esa, soy peregrino y esta noche me alojo en ella.

-¿Vas haciendo una promesa? – preguntó una que no había hablado hasta entonces.

-No, voy porque me gusta andar y disfruto viendo sitios nuevos y hablando con las personas con las que me encuentro.

-¿Y vienes desde muy lejos? – preguntó la primera que parecía tener la voz cantante en el grupo.

-Desde Sevilla – respondí.

-Y vas a llegar a Santiago, eso es mucha distancia – dijo.

-Pues sí, son mil kilómetros más o menos.

-Pues vaya una forma de disfrutar – dijo otra – con lo bien que se está sentado en casa o tumbado a la sombra de un árbol.

-Bueno, cada uno disfrutamos a nuestra manera y yo lo hago así.

-Pero, si no vas haciendo una penitencia o cumpliendo una promesa, entonces no eres un peregrino – insistió la primera.

-Peregrinos somos todos los que caminamos hasta la tumba de un santo y no les quepa duda que lo que estoy haciendo es una peregrinación.

-Pues nada hijo – respondió – que disfrutes con lo que estás haciendo y mientras no hagas daño a nadie, siempre serás bien recibido en los sitios por los que pases – dijo la que parecía la más sensata.

-Pues queden con Dios, que yo voy a ir a ver si ceno un poco antes de acostarme a descansar.

Según me iba alejando, escuché como la que llevaba la voz cantante, tomó de nuevo la palabra y les dijo a las demás.

-Éste, si viene desde Sevilla y va a hacer andando mil kilómetros es porque habrá hecho algo muy gordo y tiene que hacer una penitencia tan grande como la pifia que debe haber cometido.