almeida – 25 de octubre de 2014.

No teníamos nada en común. Carlitos, no solamente eras dieciséis años mayor que yo además pertenecías a otra generación: informal, impuntual y

no sé cuántos «in» más. Pero a pesar de todo solíamos quedar con frecuencia para diferentes cosas y el roce hizo que fuera surgiendo una amistad.

 

Un buen día esto cambió. Me hablaste del Camino de Santiago. Aquello me sonaba más o menos pero siempre lo había identificado con ciertas tendencias religiosas de las cuales me había ido apartando con el paso del tiempo. En esa primera ocasión no le di mayor importancia ya que era uno de los muchos temas intranscendentes que suelen surgir cuando a altas horas de la noche te encuentras en un bar tomando una copa y a veces asentimos a algunas cosas sin pensar en ellas.

En esta ocasión era algo diferente. Al llegar a casa, de todo lo que habíamos hablado, solo recordaba el Camino de Santiago. Pude ver a través de Internet que era algo que interesaba a mucha gente por el número de vínculos que aparecían en el buscador.

Los días siguientes, me trajiste abundante información: guías, planos… Eras un fenómeno consiguiendo cosas ya que siempre tenías conocidos que dominaban cualquier materia y te proporcionaban lo que necesitabas. Fui devorando todo lo que caía en mis manos sobre el camino y ahora era yo quien deseaba experimentar esas sensaciones que comenta­ban otros peregrinos que lo habían recorrido.

Decidimos que en la primavera saldríamos de Ron­cesvalles y juntos recorreríamos ese sendero mágico del que tan buenas referencias estábamos recibiendo.

Pero cuando poníamos los pies en el suelo volvíamos a la realidad. Era una empresa imposible para nosotros. Estábamos hablando de recorrer en menos de un mes cerca de ochocientos kilómetros. Nuestra situación física, las prominentes barrigas y no sé cuántos impedimentos más, nos hacían candidatos a fracasar antes de llevar una semana caminando.

Como contábamos con varios meses por delante deci­dimos prepararnos diariamente de forma individual y los sábados los dos recorríamos largas distancias. El domin­go, como el Creador, sería nuestro día de descanso.

Ahora ya teníamos una cosa que nos unía ¡y de qué forma! Siempre que estábamos juntos hablábamos del camino y soñábamos con las cosas que haríamos cuando estuviéramos recorriéndolo.

Llegó el día esperado. Por fin pusimos nuestros pies en Roncesvalles. Durante el camino seguíamos siendo tan diferentes como siempre, lo que provocaba que en oca­siones saltara alguna chispa. Pero al final el camino supe­raba todas las diferencias que fueron surgiendo.

Sin que casi nadie lo esperara logramos finalizar nuestra aventura lo que supuso un vínculo muy impor­tante entre los dos ya que juntos habíamos conseguido lo que para todos era imposible.

La experiencia había resultado muy positiva. Podíamos comenzar a soñar nuevas metas y así lo hicimos. Recorrimos el Camino de la Costa desde Irún y nos aventuramos por la Vía de la Plata desde Sevilla. Ahora ya teníamos to­do en común, porque aunque seguíamos siendo los mis­mos de antes, sólo sabíamos hablar del camino. Estaba llenando nuestras vidas y ocupaba nuestros pensamientos. Nuevos proyectos, nuevas rutas. Podíamos estar hablan­do durante horas y nuestro tema de conversación era siempre el mismo.

Ahora sí nos considerábamos dos buenos amigos, aun­que seguimos con nuestras diferencias, pero todos nos veían como dos gotas de agua. Éramos inseparables porque los demás no comprendían el entusiasmo que poníamos cada vez que hablábamos del camino.

Pero el destino es siempre caprichoso, la mayoría de las veces injusto y generalmente implacable y se interpuso en nuestros sueños. Todos los proyectos que estábamos haciendo se vieron truncados de raíz.

Tu cabeza, en la que solo tenía cabida el camino, fue haciendo espacio a un tumor que se fue apoderando poco a poco de ella. A pesar de conseguir extirparlo se había aco­modado durante mucho tiempo causando un daño que resultaría irreversible.

Este nuevo enemigo, te había dejado tan indefenso que tristemente fui viendo con pena como tu cuerpo menguaba e iba perdiendo todas las fuerzas que te habían permitido recorrer las más importantes rutas de peregrinación.

A pesar de la degeneración que te iba devorando, me ilusionaba viendo cómo te brillaban los ojos cuando, en los largos paseos por la Galea, soñábamos con volver un día al camino. Incluso llegamos a planificar algunas etapas que se ajustaran a tus menguadas posibilidades. Era lo bueno de los sueños que nos permite ponerlos en práctica en nuestras mentes aunque los dos éramos conscientes de que sería muy difícil que pudiéramos cumplirlos.

Egoístamente volví solo al camino, debía hacerlo por ti y por mí. En mi soledad siempre estabas conmigo y cuan­do hablábamos por teléfono trataba de darte envidia para elevar tu moral. Estoy seguro de que tú eras quien me daba la fuerza para seguir adelante y en tu imaginación también caminabas conmigo.

Un mal día de invierno, llegó la mala noticia. Fue un mazazo cuando me dijeron que ya no volverías más con­migo al camino. Aún recuerdo la euforia que tenías unas horas antes cuando te dejé en la cama del hospital. Suelen decir que es la mejoría que se experimenta antes de la muerte. Pero eran esas mariposas que siempre revolotean en el estómago antes de comenzar un nuevo camino.

¡Qué injusticia! Ahora que comenzabas a disfrutar con el camino y que podíamos recorrer tantos juntos, vas y me dejas solo.

Quise pasar desapercibido mientras te daban el último adiós. Me quedé en un rincón muy alejado de la iglesia recordando todos los momentos que habíamos compartido juntos, porque el camino nos había hecho inseparables y por eso quizás me consolaban ese día. Veían lo solo que me había quedado.

El cura recordaba a Carlitos, al peregrino más que a la persona. Recordó a su compañero que ahora no tenía quien le acompañara en el próximo camino. Se compade­cía de mí porque me había quedado un poco huérfano. Lo que no sabía el sacerdote es que tú, que siempre has hecho lo contrario de lo establecido, habías decidido que, en lu­gar de recorrer los caminos que juntos habíamos planifi­cado, te marchabas a un camino más grande, plagado de millones de estrellas que como tú, habían optado por ilu­minar a los que se dirigen hacia el fin de la tierra.

Desde entonces, siempre que camino, hay una estrella que brilla con luz propia y que sólo puedo ver yo. Mi amigo del alma sigue sin permitir que camine solo y continúa guiando mis pasos.