almeida – 24 de octubre de 2014.

A pesar de dormir en una cama individual con un col­chón bastante consistente pasé toda la noche en un estado de excitación continua que me impedía conciliar el sueño de forma seguida. Pero no le di más importancia ya que en otras ocasiones me había ocurrido lo mismo.

Siempre que peregrino a Compostela, la última noche en el camino, los sentimientos que suelen enfrentarse entre la ilusión por llegar al final de la meta y la pena que el ca­mino se acabe, hacen que no sea consciente del descanso diario que es obligado hacer.

No recuerdo haberme levantado ni salir del albergue, cuando me encuentro caminando rodeado de peregrinos que vamos buscando el mismo objetivo.

Aún no ha amanecido, falta una hora para que el sol comience a abrirse paso en el horizonte que voy dejando a mi espalda. La mañana es fresca y orvalla suavemente, se­gún voy acercándome a los parajes donde los eucaliptos van robando el espacio donde proliferan las plantas y árboles autóctonos. La humedad acumulada a lo largo de la noche ha ido formando una niebla baja y espesa, en algunos luga­res presenta algunos claros, similar a los grupos de nubes que se juntan conservando su perímetro.

Antes de comenzar el último repecho de esta larga ruta, hago una pequeña parada para ir recuperando fuerzas, aunque más bien es un hábito establecido en caminos ante­riores ya que no siento ningún cansancio.

El repecho que estoy dispuesto a afrontar no es muy largo pero lo recuerdo intenso con algunos desniveles fuer­tes y con varias curvas que van suavizando el ascenso. La vegetación es más abundante ya que, además de los grandes eucaliptos, algunos helechos van invadiendo el camino. La niebla permanece, incluso por momentos, según voy ascen­diendo, noto como se acentúa.

En una de las curvas, los peregrinos han desaparecido, observo al final de ella una visión que hace que me detenga llevando las manos a los ojos para frotármelos. En un claro de la niebla, entre dos nubes, va caminando una hermosa peregrina, pero no veo que lleve mochila, quizá no lo sea, parece que la niebla forma un halo contorneándola y tras la silueta brilla como si el sol estuviera resplandeciendo sólo en este lugar. La visión que tengo delante tiene un largo pelo como el azabache que se posa con delicadeza sobre sus hombros. Una prenda de vestido de una sola pieza hecha con lino blanco cubre todo su cuerpo hasta un palmo por encima de los tobillos. Un cordoncillo azul celeste rodea su cintura destacando su busto.

La niebla se encuentra a unos centímetros del suelo y no puedo verle los pies, tampoco observo que los vaya movien­do. pero de una forma armónica se va desplazando, parece que levita sin ninguna dificultad. Trato de hacerle una señal para que me espere pero mi timidez no me lo permite, en ese momento gira su cabeza y nuestras miradas se cruzan durante unos instantes. Sus ojos son grandes y parecen dos soles negros, sus labios carnosos y rosados son como una flor que acumula el rocío de la mañana y su cara es hermosa y perfecta.

Tras unos instantes en los que el pudor no me permite mantener su mirada, trato de clavar la vista en el suelo que voy pisando.

Cuando levanto la vista, los árboles me impiden volver a contemplar la hermosa visión que acabo de tener, por lo que agilizo mi paso con la intención de alcanzarla, hago un gran esfuerzo, pero no veo a nadie caminando delante de mí. Disimuladamente miro entre los helechos que hay junto al camino pero no veo a nadie. Me pellizco para comprobar que estoy despierto y que no he tenido un sueño pero tam­poco siento el contacto de mis dedos en mi piel.

Sobre una piedra de sillería me siento tratando de com­prender lo que acaba de ocurrir pero no encuentro ninguna explicación.

Reinicio mi camino. En poco más de una hora voy ca­minando por las calles de esta ciudad gallega. Después de más de dos millones de pasos recorridos por fin voy a cum­plir el sueño que me propuse hace tiempo y durante veinti­cinco días lo vengo cumpliendo cada día con gran intensi­dad.

Cuando llego a Santiago, en lugar de acceder a la Cate­dral por la gran puerta que hay en la Plaza das Praterias como suelo hacer siempre, lo hago por la puerta de la Aza­bachería. Los fieles deambulan por el templo atentos a lo que dicen los sacerdotes que concelebran la misa en honor de los peregrinos que han llegado a lo largo del día.

En las últimas filas hay algunos asientos libres, pero mi deseo de sentarme a descansar no es obedecido por mis pies que me van guiando hacia uno de los laterales del altar ma­yor. Según voy oyendo a lo lejos al párroco que va citando el lugar de procedencia de los peregrinos que se han registra­do en la Casa do Dean y el lugar desde donde vienen ha­ciendo la peregrinación, mi vista va recorriendo las imágenes que hay talladas en esta hermosa Catedral y me van conduciendo hasta una imagen en la que mi vista se detiene. — ¡Es ella! —exclamo con un grito ahogado.

La hermosa talla plasma como una fotografía la imagen que me viene atormentando desde hace unas horas. No dejo de contemplarla, no la había visto antes y es el fiel retrato de la peregrina de mi visión.

Sus ojos están también fijos en mí haciendo que de nue­vo vuelva a desviar la mirada. Según voy moviéndome su mirada me va siguiendo, me siento observado.

La inerte imagen parece contar con vida propia, pero permanece inamovible y se muestra desafiante como que­riendo transmitirme algún secreto que sólo los dos pode­mos comprender.

Después del balanceo del botafumeiro la misa llega a su fin y los peregrinos van desapareciendo del templo salvo algunos que van a ver los lugares de interés de la Catedral. Permanezco largo tiempo contemplándola y veo que todos los detalles que recuerdo de la peregrina misteriosa se en­cuentran en ella, su túnica, su pelo, sus…

Cierro los ojos pensando que he tenido un sueño, o que el sueño y la niebla me han jugado una mala pasada, pero no importa porque ha sido una experiencia muy hermosa y cada vez que camine por ese lugar siempre buscaré a mi peregrina misteriosa.