almeida – 23 de octubre de 2014.

Las decenas de decibelios que rodean nuestra vida dia­ria llegan a hacer normal una presión en nuestro cerebro que permanece constantemente en él.

Cuando estamos en el camino uno de los cambios más importantes que experimenta nuestro cuerpo es la ausencia de los sonidos habituales. Ya no tenemos el martilleo cons­tante que taladraba nuestro cerebro.

Mientras se va produciendo la mutación, cuando esta­mos en los amplios espacios abiertos, percibimos el canto de los gorriones que nos saludan al pasar, sentimos como corre el agua por un pequeño riachuelo y hasta logramos apreciar el leve murmullo del viento cuando roza las ramas de los árboles.

El ruido desaparece. Ahora logramos captar los sonidos que nos transmiten las cosas que nos rodean y permiten que el sentido auditivo se agudice hasta límites que antes no podíamos imaginar.

En este estado vamos experimentando nuevas cualida­des llegando a oír el silencio del camino que todos, en un momento determinado, conseguimos sentir.

Sentimos como en las inmensidades del campo los lati­dos se agolpan en nuestras sienes y con una cadencia constante se manifiesta el latido que marca el ritmo de nuestro corazón.

Esos grandes silencios van permitiendo, a nuestro paso, que podamos conocernos un poco más. Sin llegar al trance dejamos que nuestra mente vaya flotando mientras monó-tonamente los pies van dando un paso tras otro.

Caminando concentrados, nuestra mente viaja libre. En libertad el silencio va penetrando en nuestro interior. Llegamos a conocernos como jamás habíamos soñado. En estos momentos tan especiales en los que llegamos a sentir el clímax, sólo podemos volver a pensar cuando nos despertamos de ese maravilloso sueño por el sonido de nuestros silencios.