(Serie: Tábara y los Beatos. I Beato de Silos)

El Beato de Silos es también conocido como el Apocalipsis de Silos y representó uno de los primeros comentarios al Apocalipsis que en su día nos legó el Beato de Liébana en su interpretación del evangelio de San Juan en las referencias que hace a la llegada del fin de los días.

El Monasterio de Silos desaparece durante la expansión de los árabes por la península y fue refundado en tiempos de Fernán González, aunque sufrió las frecuentes incursiones y razias del caudillo Almanzor. Quien se aventuró en incursiones por los incipientes reinos cristianos, arrasando todo lo que se encontraba a su paso, que le condujeron hasta Compostela, cuna de la peregrinación cristiana, arrasando su templo y llevando las campanas de la catedral.

Fernando I devolvió el impulso a la abadía que entonces estaba consagrada a San Sebastián y fue en esa época cuando acogió a Domingo, un monje riojano, que se convertiría en el abad que dio gran impulso al enclave monástico con su ímpetu restaurador hasta poco después de su muerte. Fue santificado y es en ese momento cuando su sucesor Fortunio cambió el nombre al monasterio en honor del santo con el que habían convivido.

Este beato cuenta con influencias de los códices confeccionados en Asturias, aunque siempre ha estado vinculado al monasterio de Silos y se tiene constancia de haber sido terminado de escribir el 18 de abril del 1091 bajo el abad Fortunio por los monjes Domingo y Munio.

La escritura representa un códice suntuoso, escrito en una magnífica caligrafía en letra visigoda en minúscula, en la que se deja percibir la influencia que tendría la letra carolingia, y dejó espacio para que posteriormente fuera iluminada por el monje Pedro, que terminó sus miniaturas el 1 de julio de 1109.

Se tiene constancia de que este códice permaneció en el monasterio hasta el siglo XIV y, posteriormente, fue propiedad del cardenal Antonio de Aragón (1618-1650), para posteriormente pasar a propiedad de su hermano, el cardenal Pascual de Aragón (1626-1677), que fue canónigo en Toledo y regente de Cataluña.

En el año 1677, este beato fue legado al colegio mayor de San Bartolomé en Salamanca y, tras la disolución de los colegios en esta población, se integró a las colecciones reales, donde es mencionado entre 1799 y 1801.

Durante la guerra de la Independencia con los franceses, fue expoliado por los invasores y formó parte de las colecciones del que fuera rey de España entre 1808 y 1813, José Bonaparte, hermano del emperador, y acabó finalmente en el Museo Británico en el año 1840.

Contiene un total de 106 miniaturas, realizadas por el monje Pedro, y cuenta con una fuerte influencia mozárabe, representando uno de los últimos ejemplos de este estilo con representaciones muy abstractas y muy coloridas.

Cuenta con cuatro partes muy diferenciadas en la confección de este beato.

Destacan cuatro hojas de un antiguo antifonario, al que se añaden posteriormente miniaturas durante la realización del nuevo manuscrito.

Como hemos indicado anteriormente, es uno de los primeros comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana.

Cuenta con extractos de las etimologías del que fuera obispo de Sevilla, San Isidoro.

Hay un comentario de San Jerónimo al libro de Daniel.

Cuenta con textos diversos atribuidos a San Jerónimo, a San Agustín y a San Gregorio.

Es uno de los beatos más interesantes y que se encuentran en mejor estado de conservación, con gran calidad en la caligrafía de sus textos, conservando la caligrafía visigótica con tendencia a lo que se impondría posteriormente, conocida como la carolina francesa.

Las miniaturas están elaboradas en estilo románico, aunque guardan respeto con los primeros beatos.

Es significativo que el arco de herradura siga estando presente a pesar de haber desaparecido 100 años antes y se conserve en este códice como en los elaborados en el siglo X.

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