almeida – 05 de julio de 2016.

Era un día cualquiera del verano. En esas fechas, el albergue siempre resultaba pequeño para acoger a todos los peregrinos que hasta allí llegaban y Nicolás, el hospitalero,

en ocasiones debía decir con pena a los peregrinos que tenían que continuar su camino porque ya no había sitio.

            Como todos los días, cuando el albergue se encontraba lleno, Nicolás se solía sentar en un banco de madera que había en la entrada, desde allí veía llegar a los peregrinos y conversaba con los que ya se encontraban en su casa.

            No le gustaba alterar la norma que se había impuesto de acoger más peregrinos que las camas que disponía el albergue, aunque las normas para que sean grandes, también tienen que ser flexibles y en contadas ocasiones los peregrinos que decían que no les importaba dormir en el suelo eran acogidos por el hospitalero cuando veía en ellos algo diferente que la experiencia solo le permitía ver a personas como él.

            Ese día cuando se encontraba sentado conversando con dos peregrinas, vio como llegaba Rubén, venía caminando desde Irún y quería alojarse en aquel albergue, aunque fuera en el suelo. Algo le había dicho que tenía que llegar hasta allí y pasó de largo el pueblo en el que inicialmente había previsto realizar su parada y Nicolás le ofreció un espacio en el suelo que había en la primera planta.

            Veinte minutos después llegó una peregrina alemana y sin saber porque, Nicolás le dijo que si deseaba quedarse, tenía únicamente sitio en el suelo donde podría extender su saco de dormir. La peregrina hizo una mueca ante esta adversidad, pero no podía seguir más y optó por quedarse en aquel lugar.

            Toda la tarde Nicolás estuvo muy ocupado, tenía muchos peregrinos a los que debía atender y además debía preparar la cena que todas las noches hacía para ellos.

            Los dos peregrinos rezagados también deambularon toda la tarde en el albergue, pero no hubo ningún momento en el que Nicolás les viera juntos, cada uno iba a su aire y fueron coincidiendo con grupos diferentes con los que habían estado en etapas anteriores.

            La cena fue algo tumultuosa, la larga mesa se quedó pequeña para acoger a todos los peregrinos, pero con buena voluntad supieron arreglarse a la perfección.

            A la mañana siguiente, después que los peregrinos hubieran desayunado y abandonaran el albergue, Nicolás se dispuso a hacer la limpieza y observó que el peregrino todavía seguía envuelto en su saco de dormir, por lo que fue haciendo la limpieza, dejando un pasillo sin fregar por el que el peregrino debía descender hasta la planta baja cuando se despertara.

            Cuando terminó la limpieza, salió a la puerta del albergue y se encontró con la peregrina alemana que todavía no había comenzado a caminar, quería preguntarle algunas dudas que tenía sobre el recorrido de la nueva etapa.

            Cuando Rubén se acercó hasta la puerta del albergue dispuesto ya a comenzar el camino, Nicolás seguía con un plano tratando de explicarle a la peregrina por dónde debía dirigirse.

            Cuando ya no quedaba nadie en el albergue, Nicolás con el ayudante que tenía para esos días tan intensos, solía ir en coche hasta el centro del pueblo donde en uno de los bares desayunaban algo caliente. Era su momento del día, cuando ya puedes pensar con mucha tranquilidad en todo lo que ha ocurrido en las últimas horas y esa costumbre no le gustaba alterarla si era posible.

            El bar se encontraba en el otro extremo del pueblo, era un punto complicado en el que los peregrinos a veces solían despistarse ya que cuando venían por el camino desde el albergue había una bifurcación de la carretera y si no estaban atentos seguían rectos sin percibir la señal que les indicaba que debían cambiar su dirección y desplazarse al nuevo camino que desde allí salía.

            En muchas ocasiones, Nicolás que se sentaba en un taburete que había junto a la ventana se fijaba cuando veía acercarse a un peregrino y si continuaba por el camino equivocado, salía para advertirle que debía tomar el otro.

            Como sabía que por detrás venían Rubén y la peregrina alemana, también ese día estuvo pendiente de su llegada mientras saboreaba el café con leche que estaba tomando, por si se despistaban como ocurría a muchos peregrinos.

            Vio que se acercaban a unas decenas de metros, cada uno venía por uno de los arcenes de la carretera y como él se imaginaba iban tan despistados que seguían de frente por el camino equivocado.

            -Mira Alberto – le dijo a su compañero – esos también se van a ir por el camino equivocado.

            -Salgo a avisarles – dijo Alberto.

-Espera que se acerquen un poco más y cuando estén a nuestra altura sales y les indicas cual es el camino que deben seguir.

Alberto se puso a la puerta del bar esperando que los peregrinos se acercaran y cuando llegaron a un paso de peatones, los dos levantaron la cabeza e incomprensiblemente en lugar de ser solo Rubén el que se dispuso a cruzar la carretera, fueron los dos los que pusieron sus pies en el paso de cebra y entonces se dieron cuenta que el otro estaba caminando a su lado.

Los dos fueron caminando hasta el centro de la carretera y cuando se encontraban el uno frente al otro sin saber por qué se fundieron en un abrazo y se dieron un apasionado beso.

-¡Quieto Alberto, no salgas, no les digas nada! – gritó Nicolás.

Aquella inesperada reacción de los peregrinos sorprendió a los dos hospitaleros que se miraron como queriendo comprender cómo dos personas que aparentemente y por lo que ellos habían visto eran dos perfectos desconocidos reaccionaban de esa manera.

Un nudo causado por la emoción se adueñó de la garganta de los peregrinos que no pudieron articular ninguna palabra y solo podían observar atónitos lo que estaba ante sus ojos, algo inesperado que jamás pensaron que podría ocurrir.

Después del abrazo y del prolongado beso, los peregrinos se fijaron dónde se encontraba la flecha amarilla y Rubén cogió la mano de la peregrina y se dirigieron donde estaba el nuevo camino que ahora recorrerían los dos juntos.

Ese día Nicolás trató de comprender lo que había pasado pero no encontraba ninguna respuesta que fuera lógica a las preguntas que constantemente se estaba haciendo.

Decidió no pensar más y guardar ese recuerdo entrañable, la imagen de los dos peregrinos se quedaría para siempre dentro de él.

Solo pudo pensar en los caprichos que en ocasiones tiene el destino ya que desde el primer momento que llegaron a su casa, se produjeron una serie de situaciones que nadie las puede planificar, solo es el destino el que se encarga que se puedan producir.