almeida –6 de febrero de 2015.

Eran años muy difíciles en los que se salía de una depresión donde el racionamiento había sido algo habitual en todos los pueblos y la escasez de proteínas únicamente se veía compensada por lo que

proporcionaba el cerdo que a finales de año se sacrificaba y con lo que se sacaba de él, una familia pasaba todo el invierno, eso en los casos  en los que había algún cerdo en el corral, que no todas las familias tenían la suerte de poder contar con uno.

 

Pero el ingenio se agudizó de una manera especial y en aquellos lugares en los que escaseaba el alimento, se buscó la forma de tenerlo a mano y fueron creándose palomares en los que las aves encontraban un lugar protegido de las alimañas y las aves de presa para protegerse y proteger a su descendencia.

Quienes poseían un palomar, sabían que durante el año no les iban a faltar esas proteínas tan necesarias y cuidaban con mimo lo que tenían, dejando de cada camada siempre un ejemplar para que la producción siguiera aumentando y en cada nido, siempre había un pichón para el año siguiente.

Para unos depredadores como eran Emeterio y su cuadrilla, los palomares representaban lo mismo que un banco desprotegido para un ladrón, podían entrar y coger todo lo que desearan para luego obsequiarse con una buena merienda.

Generalmente, el menos espabilado de la cuadrilla era el que dejaban de vigilante mientras el resto disfrutaba cogiendo las presas que al ver la presencia de extraños en el interior de su confortable nido revoloteaban constantemente creando un ambiente un tanto dantesco y escandaloso mientras trataban de protegerse y resguardar a sus crías.

En esa ocasión, el vigilante se encontraba más pendiente del alboroto que se estaba produciendo dentro que de su cometido y cuando se quiso dar cuenta vio a unos pocos metros cómo el dueño del palomar se acercaba y sin pensarlo penetró en el interior mientras gritaba dando la voz de alarma, pero ya era demasiado tarde, habían caído en su propia trampa.

Echando juramentos irreproducibles, el dueño del palomar cerró la puerta y la trancó por fuera mientras pensaba como conseguía coger a todos los que se habían introducido en el interior de su propiedad.

Pero la banda ya se había visto envuelta en situaciones parecidas y alguna incluso más complicada y ante la adversidad, su instinto les decía que tenían que seguir hacia delante y sin pensarlo dos veces, comenzaron a trepar como gatos hasta el tejado del palomar.

Emeterio quiso hacer lo mismo, pero en el lugar en el que se encontraba había muchos excrementos de las palomas y no podía trepar por lo que se acurrucó como mejor pudo en un lugar que le parecía lo suficiente resguardado para no ser visto.

Mientras el infeliz palomero soltaba toda clase de exabruptos por la boca acordándose de todos y cada uno de los miembros de la familia de aquellos a los que iba a despellejar en el momento que se encontraran en sus manos, se fueron organizando para ir alejándose de allí y se fueron colocando en las esquinas del palomar y cuando uno de ellos hacía una señal indicando donde se encontraba el hombre por el otro lado uno saltaba y mientras éste al escuchar el ruido iba en su persecución los demás iban abandonando de la misma forma aquel lugar.

Eran lo suficientemente ágiles y veloces para que una vez en el suelo donde caían como felinos, comenzaban a correr y resultaba imposible que consiguieran darles alcance, por lo que en pocos minutos todos se encontraban lejos de allí, todos menos Emeterio que seguía acurrucado en el interior esperando a que aquel hombre se alejara del lugar y poder salir sin peligro.

Pero una vez que el hombre vio que todos se habían marchado, quitó el cerrojo de la puerta y accedió al interior para ver el estropicio que le habían hecho. Emeterio sintió como se le helaba la sangre al ver la cabeza cubierta con una boina de aquel hombre que se encontraba a escasos centímetros de sus pies y sin pensarlo dos veces, de un salto se puso a su espalda y con la agilidad propia de sus años y de la experiencia que tenía en estas situaciones, cerró la puerta del palomar, dejando al hombre en su interior encerrado.

Mientras se alejaba tranquilamente de aquel lugar, satisfecho por la forma en la que había resuelto una situación tan comprometida, fue escuchando algunas de las palabras que todavía no se encontraban en su menguado diccionario, porque no tenía edad para haberlas escuchado antes, pero por el tono y la agresividad con las que iban envueltas, le parecieron muy fuertes y tardaría aun mucho tiempo en comprender todo el significado que cada una de ellas encerraba, aunque la que más se repetía era una que nombraba constantemente a su pobre madre que ignorante de lo que estaba haciendo su hijo se esmeraba en casa para prepararle una rica cena, de las cosas que más le gustaban a Emeterio que para ella seguía siendo ese bendito que de vez en cuando hacia alguna trastada.