La Opinión de Zamora 1 dic 2013.

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CHANY SEBASTIÁN Tábara, villa, morada y cuna de ilustres como el monje Emeterius, los santos Agustín y Atilano y el poeta León Felipe, ha sido a lo largo de los siglos manantial de vida y

fuente de aconteceres grabados en los anales de la historia con letras de oro, sudor y lágrimas.

 

La iglesia de Santa María lleva en pie al menos 881 años, lo cual le convierte en la más antigua de Aliste, Tábara y Alba. Mucho ha llovido desde que en 1132 fuera consagrada al culto por el obispo Roberto de Astorga. El 3 de junio de 1931 fue declarada Monumento Histórico Artístico y en la actualidad es Bien de Interés Cultural.

A lo largo de su historia ha tenido que ser restaurada varias veces, unas por abandono y otras por el efecto de la mano del hombre y de las cigüeñas. Vivió momentos difíciles. En 1761 hubieron de reforzarse los interiores y exteriores, gracias al marqués de Tábara. Durante la República, un Monumento Artístico como ella fue utilizado como almacén del Servicio Nacional del Trigo.

El templo estuvo cerrado al culto desde 1925 al 8 de diciembre de 1991. En 1962 y 1963 lo analizaron los expertos Pons Sorola y Menéndez Pidal, calificando de milagro que aún estuviera en pie. La iglesia parroquial de la Plaza Mayor tiene su origen en la concesión por parte del rey Carlos V del título de marqués de Tábara en 1541 a

 

p1050088Bernardino Pimentel y Enríquez. Él y su esposa Constanza Osorio se marcaron el objetivo de emular en la villa una corte aristocrática del Renacimiento y así construyeron su casa palacio, de portada plateresca, iglesia y tras ella un jardín con estanque y hacia el sureste el bosque para el recreo de caza de los nobles. Las dos iglesias son históricamente emblemas de Tábara y las cigüeñas fieles compañeras de viaje. La preservación de los templos, mal que nos pese, obliga a separar sus destinos por cruel que sea, nos duela y nos parezca

 

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