almeida – 29 de noviembre de 2015.

dormirensacos

            Esa jornada había llegado al albergue algo tarde, por lo que quienes llegaron antes que yo, fueron ocupando las cuatro literas que disponía el pequeño recinto que se había transformado para acoger a los peregrinos que transitaban por este antiguo pero renovado camino que conducía a la ciudad de uno de los discípulos del Maestro.

            El local había sido creado para acoger a los malhechores y cuando dejo de ser necesario para el fin que fue creado ya que el pueblo se estaba quedando sin gente y casi siempre se encontraba vacío, fue acogiendo a los peregrinos que periódicamente pasaban por aquel lugar. Pero el interior de esas cuatro paredes había sido dejado y abandonado a la suerte y al mantenimiento que los peregrinos podían darle. Desde hacía mucho tiempo, que las paredes no sentían el contacto de la pintura y la humedad se percibía por todos los rincones del local, no solo en la parte en la que se había habilitado una pequeña ducha, sino que se apreciaba en las paredes, en el techo y sobre todo en el suelo.

            Al estar todo ocupado, dejé mis cosas entre dos literas, puse en la cabecera la mochila sobre la que durante la noche podía apoyar mi cabeza y al lado dejé el saco, no quise extenderlo hasta que no fuera necesario para que no fuera acumulando la humedad que había en el local.

            Los dos peregrinos que no habíamos conseguido una litera donde poder dormir, fuimos los últimos que accedimos al interior del cuarto y antes que se apagaran las luces extendimos el saco sobre el suelo y nos tendimos sobre él.

            La dureza del contacto de la espalda con el suelo no permitía que conciliara el sueño. Resulta difícil en muchas ocasiones entender cómo una persona que tiene todas las comodidades en su casa las deja para sufrir peregrinando. Pero así es el camino y ese es uno de los tributos o quizá de las sensaciones que luego recordaremos y que tenemos que pagar cuando nos decidimos a recorrerlo.

            En la oscuridad de la noche, el sentido del oído es el primero que comenzamos a desarrollar de una forma especial sobre los demás y percibimos con nitidez esa respiración que tienen algunos de los que se encuentran a nuestro alrededor hasta que son tapados por el ronquido de algún peregrino.

            Cuando el oído está muy agudizado, todo lo que en ocasiones es imposible percibir, llegamos a sentirlo, hasta los insectos que a veces salen de sus escondrijos y se dedican a recorrer la estancia con la intención de alimentarse de seres más pequeños que ellos que también deambulan a nuestro alrededor.

            En un momento de la noche llegué a escuchar el movimiento que hace algún insecto, según va caminando, me imagino que será alguna cucaracha, por lo que trato de pensar en otra cosa y desviar de esa forma mi pensamiento en los seres que tendré a mi lado. Cuando el insecto camina sobre la tela del saco de dormir, parece que el sonido se amplifica, pero lo escucho en estéreo, por lo que debe haber algún animal más que le está haciendo compañía, hasta que alguno de sus compañeros logra acceder al interior del saco y siento su contacto en mi cuerpo lo que hace que como un resorte me levante de un salto y sacuda con energía todo mi cuerpo hasta que percibo que he despertado a varios peregrinos que sin comprender lo que está pasando me miran con un gesto de desagrado por haberles despertado de su sueño.

            Pienso por un momento en salir a la calle y tratar de dormir sobre el césped, pero la noche es fresca y me imagino que en el exterior los insectos serán más abundantes y tendré más dificultades para poder dormir.

            Vuelvo a tenderme dentro del saco, procuro con las manos cerrarlo herméticamente para que no pueda colarse nada en su interior y acurrucado, con el calor que va desprendiendo mi cuerpo, consigo al cabo de un rato poder quedarme dormido.

            Casi sin que haya cogido el sueño, siento como el pie de la peregrina que se encuentra durmiendo en la litera que hay a mi lado, una bonita joven alemana, está rozando mi espalda, por lo que mi imaginación supongo que tiene mil y un pensamientos ante el contacto de aquella hermosura, hasta que el suave contacto se transforma en golpes fuertes y secos que consiguen despertarme. Me doy cuenta que debido al cansancio que tengo, cuando me he dormido, he comenzado a roncar por lo que no la dejaba dormir y la forma mejor que ha pensado es desvelarme para que ella pudiera seguir durmiendo.

            De nuevo me vuelvo a encontrar despierto, ahora la respiración del resto, incluso el de la joven alemana pasa del suspiro al ronquido y yo me encuentro desvelado. Sigo escuchando como los pequeños seres que habitan permanentemente en el albergue y deben estar acostumbrados a los conciertos que los peregrinos dan cada noche, vuelven a ocupar sus dominios y recorren esa pequeña estancia que deben conocer a la perfección. Ahora lo único que pienso es que no sientan el calor de mi cuerpo y traten de acercarse a él, por lo que me tapo completamente con el saco, incluso la cabeza la meto en su interior y así me paso el resto de esta noche en la que dormí con numerosos seres extraños y que no podré olvidar nunca.