almeida – 26 de noviembre de 2015.

            Desde muy joven, Daniel escuchaba con mucha atención las historias que su padre le contaba cada vez que volvía del camino. Todos los años reservaba al menos quince días de sus vacaciones para recorrer cualquiera de los caminos que conducían a Santiago.

            Además de lo que le contaba su padre, se fue aficionando a leer los escritos de los diarios que los peregrinos colgaban en internet donde describían y detallaban el camino que habían recorrido.

            Poco a poco fue entusiasmándose con la idea de encontrarse él también en el camino, ahora era él quien hablaba constantemente de algo que conocía perfectamente a pesar de no haber estado nunca por la ruta de las estrellas.

            Cada vez que le escuchaba, su madre protestaba diciéndole que le habían llenado la cabeza de pájaros. Lo había idealizado tanto que soñaba todos los días con el momento en el que pusiera sus pies en Roncesvalles.

            En sus sueños flotaba esa magia que le habían tratado de transmitir quienes él consideraba sus maestros y cuando creyó que se encontraba preparado y tuvo la oportunidad de hacerlo, se dirigió hacia Roncesvalles para poder, por fin, cumplir su sueño.

            La mañana había amanecido muy gris, las nubes no vaticinaban nada bueno, pero ese era también el encanto del camino, afrontar y superar todas las adversidades que se fueran produciendo. Para evitar el frío que suele hacer en la montaña, se abrigó bien, sabía que en unas horas, cuando comenzaran a calentarse sus músculos podría irse desprendiendo de la ropa. Las nubes se fueron haciendo cada vez más negras y antes de llegar al primer pueblo comenzaron a descargar toda la humedad que llevaban en su interior.

            Se puso un chubasquero pero no le cubría por completo por lo que llegó al albergue completamente empapado. Como le había pasado en varias ocasiones, debió resguardarse de la fuerte lluvia, llegó muy tarde al albergue, estaba chorreando y muerto de frío. Esa primera etapa no había resultado tan idílica como en tantas ocasiones se había imaginado.

            A la mañana siguiente solo deseaba tomar ese café con leche que a primeras horas del día parecía cargarle con la energía que necesitaba para que la jornada comenzara con el ánimo necesario. En el albergue no había ninguna posibilidad de hacerlo, ni tan siquiera había una máquina de café de esos que él tanto detestaba pero que al menos conseguiría disimular su ansiedad.

            Buscó algún bar en el pueblo, pero a esas horas todos se encontraban cerrados por lo que comenzó a caminar con la mente solo ocupada en que llevaba el estómago vacío y frío.

            Como la ropa no le había dado tiempo a que se secara a pesar de haberla dejado extendida alrededor de la litera, en lugar de guardarla húmeda en la mochila la colgó sujetándola como pudo para que los rayos del sol fueran secándola a lo largo del día.

            Por fin encontró un bar en el que también vendían alimentos, era uno de esos establecimientos que hay en los pueblos pequeños en los que se puede encontrar de todo. Se despojó de la mochila y vio que el pantalón que llevaba colgado en ella se le había caído sin que se diera cuenta, ahora solo disponía de uno para caminar. Hasta que encontrara una tienda donde adquirir esa prenda que necesitaría en algún momento, cuando tuviera que lavar el que llevaba puesto o cuando la climatología como le ocurrió la jornada anterior lo requiriera.

            Pidió ese café con leche con el que estaba soñando desde que se levantó, era un café de puchero y no le supo lo mismo que el que estaba acostumbrado a tomar cada día antes de salir de su casa. Compró para el camino una manzana y una naranja, había aprendido que las cosas que se necesitan o que le apetecen no siempre están a la mano. Cuando fue a pagar, le pidieron cuatro con veinticinco euros, le resultó muy caro, el doble de lo que él se imaginaba que le podría costar en cualquier otro sitio y aunque se sintió estafado, no protestó.

            A diferencia de la jornada de ayer, hoy estaba siendo un día radiante, quizá con exceso, el sol se sentía de forma muy intensa y lo único positivo que Daniel veía era que la ropa se le había secado muy pronto, aunque lamentaba la pérdida del pantalón, pero pronto empezó a sentir los efectos colaterales que el calor le estaba produciendo.

            La mochila que había preparado era excesivamente pesada y comenzaba a notar sus efectos en el cuerpo, se cansaba con mucha frecuencia y tuvo que hacer más paradas que las que deseaba para descansar y recuperar fuerzas.

            El fuerte calor hacía que sudara constantemente, pronto el agua que llevaba se acabó y ahora solo pensaba encontrar una fuente o un establecimiento donde poder rellenar la botella vacía.

            Fueron pasando las horas sin encontrar donde podía proveerse de agua, se sentía desfallecer ya que necesitaba imperiosamente ingerir algún líquido, pero no encontró ninguna fuente hasta que llegó al final de esa jornada donde lo hizo sin apenas fuerzas que lo mantuvieran en pie.

            Nada más desprenderse de la mochila se fue hasta un restaurante que había próximo al albergue, eran casi las tres de la tarde y estaba desfallecido ya que el cansancio se había llevado todas las energías que acumulaba en su cuerpo. Se apresuró porque no quería que cerraran el comedor al menos antes de que él llegara.

            El local era bastante antiguo, nada más entrar pensó lo bien que le vendría una mano de pintura, aunque cuando se fue fijando en los pequeños detalles también echó en falta una limpieza en profundidad, sobre todo en esas zonas en donde la suciedad se había acumulado sin que el jabón o la lejía hubieran dejado allí su huella.

            Ya era muy tarde para buscar otro lugar por lo que casi con los ojos cerrados pasó al comedor donde una robusta y desaliñada camarera le dijo lo que aún quedaba en el menú.

            Daniel pensó que de nuevo se arrepentiría de la elección que había hecho, aunque trató de justificarse pensando que era mejor eso que haberse quedado sin comer.

            La sopa que le sirvieron parecía hecha con agua y una pastilla concentrada de algún extraño sabor, casi hasta resultaba desagradable sobre todo pensando como la habrían hecho.

            De segundo plato, le sirvieron medio pollo con patatas, el pollo estaba casi crudo y las patatas se notaba que eran de la primera hornada y habían sido recalentadas en el microondas. Pidió que le hicieran un poco más el pollo ya que a él le gustaba muy hecho, pero la única respuesta que obtuvo era que la cocina se encontraba cerrada.

            Por lo menos el pan era del día y comió todo lo que le habían puesto mojándolo en la salsa que había en el pollo. Con el postre no quiso aventurarse con nada que llevara el apellido “de la casa”. Al menos el plátano que le sirvieron aportaría esas vitaminas y esa energía que tanto necesitaba.

            Salió decepcionado, estaba comprobando que las cosas que él había leído debían de ser de un camino diferente ya que el suyo no estaba teniendo nada de atractivo.

            Cuando volvió al albergue para asearse, comprobó cómo se le estaba formando una gran ampolla en el pie derecho. Se la curaría después de una buena ducha.

            Dejó que el agua comenzara a manar por la alcachofa de la ducha mientras él se iba desprendiendo de la ropa que aún seguía húmeda por el sudor acumulado pero no salía agua caliente, escuchó como en el exterior alguien comentaba en voz alta que se había terminado el butano y hasta el día siguiente no se repondría la bombona.

            Se introdujo bajo el chorro de agua fría y se le puso toda la piel de su cuerpo con “carne de gallina”, llegó incluso a pensar que el contraste de la temperatura le dejaría paralizado.

            Tumbado en la litera, pensó que quizá fuera él quien no estaba preparado para seguir el camino que estaba haciendo ya que a su alrededor percibía un buen ambiente entre los peregrinos que parecían disfrutar con el camino que estaban realizando.

            Los peregrinos que se encontraban en las literas contiguas, habían prolongado la cena algo más de lo normal porque celebraban el cumpleaños de uno de ellos y hasta que vieron que su cuerpo no admitía más alcohol, no se retiraron a dormir.

            Como el cuarto se encontraba muy oscuro, los tropiezos de la gente que iba a sus literas, seguido de juramentos y pequeñas risas acompañadas de comentarios molestos, estuvieron presentes hasta que el sopor, más que el sueño, fue haciendo que todos se quedaran dormidos.

            Daniel, pensó que por fin él también podría conciliar el sueño, cuando el peregrino que se encontraba en la litera superior comenzó a roncar, inmediatamente fue respondido por el de la litera de la derecha que le imitaba a la perfección y pronto comenzó un recital en cuadrafonía que le obligó a levantarse de la litera y pasó toda la noche en vela en el comedor del albergue.

            Como no tenía forma de conciliar el sueño, antes que el día comenzara a clarear ya había recogido sus cosas y se encontraba caminando. Físicamente se encontraba destrozado, sentía dolor en el pie que le había salido la ampolla e iba cojeando ligeramente, además estaba muy cansado por no haber podido dormir durante toda la noche.

            A media mañana, encontró junto a un río un prado con abundante hierba muy verde. A la sombra de un árbol, se tumbó para descansar y se quedó profundamente dormido hasta que sintió como su cuerpo era invadido por pequeños seres que lo estaban recorriendo. Se había quedado dormido junto a un hormiguero y sus moradores estaban atacando a este ser extraño y amenazador.

            Fue sacudiéndose con las manos todo el cuerpo tratando de quitarse de encima los pequeños insectos que le estaban atacando, pero como se aferraban a su piel dando dentelladas muy molestas, pensó lanzarse al río para ver si de esta forma desaparecían todos los extraños seres que estaban acribillando su cuerpo.

            Se acercó hasta donde se encontraba una joven que le vio haciendo ostensibles aspavientos, era una peregrina a la que había visto el día anterior en compañía de un joven pero ahora caminaba sola. Después de recorrer parte de la jornada con Daniel, éste también decidió apartarse de ella ya que le dio la impresión que la peregrina buscaba algo más que compañía y Daniel solo quería recorrer el camino con el menor número de contratiempos y problemas posibles.

            Deseaba finalizar cuanto antes esa etapa tan complicada, se encontraba muy cansado, la falta de descanso y no haber podido dormir en toda la noche hacía que soñara con una litera. Hoy llegaría pronto y podría descansar, recuperar ese sueño tan necesario en la vida habitual y, más aún, en el camino donde resultaba fundamental.

            Cuando se registró en el albergue, comprobó que en las habitaciones no había ni una sola litera, tenía que coger una esterilla y ponerla sobre el suelo del albergue, la esterilla le aislaría en parte del frío suelo, aunque no le aliviaría de la dureza del mismo.

            Pensó que pasaría otra noche sin dormir ya que no estaba acostumbrado a tantas incomodidades y la espalda se resentía por no poder descansar bien sobre un colchón.

            Mientras se estaba duchando, daba la sensación que el ánimo volvía de nuevo a su cuerpo aunque toda la energía se evaporó cuando se percató que la riñonera con todo su dinero y la documentación habían desaparecido de la colchoneta sobre la que lo había dejado.

            Ahora ya estaba completamente seguro de que el camino que estaba realizando no era nada parecido al que tantas veces había visto en sus sueños. Afrontaba una realidad que se escapa a la imaginación y solo se percibe en el momento que se sufre. Se había formado tantas ilusiones, había idealizado un camino y se daba cuenta que la realidad en ocasiones resulta mucho más dura.

            Pensó que su madre tenía razón, había muchos pájaros en su cabeza y trataba de alcanzar un sueño. Caminaba hacia él, sin haberse dado cuenta que las vivencias eran reales y no las estaba sabiendo asimilar.

            En ese momento, se dio cuenta que no estaba preparado para alcanzar ese sueño, ahora sabía que la adversidad le había vencido y decidió regresar a su casa. Volvería cuando estuviera preparado para afrontar la realidad que representa el camino.