almeida – 22 de junio de 2016.

            Eran muy pocas las cosas que tenía en común con Felipe, pero cada vez que nos veíamos había una que a los dos nos apasionaba y nos hacía olvidarnos de las demás, los dos amábamos el camino y disfrutábamos comentando nuestras emociones con alguien que supiera comprendernos.

            Nos veíamos de vez en cuando y cada vez Felipe era siempre quien tomaba la palabra y comenzaba a detallarme su camino y las sensaciones que había tenido. En alguna ocasión llegué a pensar que afortunadamente solo lo había recorrido en una ocasión porque de lo contrario podía llegar a ser hasta insoportable por el énfasis que ponía en la descripción que hacía de cada etapa, de cada monumento y de las personas con las que se había encontrado.

            Las primeras veces que hable con él, siempre finalizaba diciendo que por fin había podido encontrar a sus Ángeles del camino. Cada vez que lo hacía yo me imaginaba esos momentos especiales en los que sientes presencias que no logras comprender y a veces llegas a imaginar que alguien camina a tu lado, pero él hablaba de sus Ángeles como si fueran tan reales que a veces incluso llegaba a describirlos.

            Cuando ya tenía la suficiente confianza con él, le pedí que me hablara de sus Ángeles, cómo los había sentido y qué era lo que le habían aportado.

            Felipe me dijo que la primera vez que puso sus pies en el camino, se consideraba el más novato de los peregrinos que había en Roncesvalles, él había ido al camino sin saber porqué, pero se encontraba allí y estaba muy perdido.

            En esos momentos en los que todo es nuevo y vas buscando esa compañía que te ayude a no caminar solo, cuando llevaba una hora visitando los diferentes lugares que había en Roncesvalles, se le acercó un peregrino que parecía un experto en la ruta de las estrellas.

            Enseguida entablaron amistad y cuando el peregrino se presentó, le dijo que se llamaba Ángel y era de Bilbao. Había recorrido en cuatro ocasiones el camino y ahora que había cerrado el bar que tenía en la parte vieja de la capital vizcaína para hacer unas reformas, los días que tenía libres los dedicaría a recorrer de nuevo el camino, aunque a su pesar no iba a poder llegar más allá de Burgos ya que no contaba con más días libres.

            Junto a Ángel, Felipe fue conociendo las interioridades de esta ruta milenaria que le estaba resultando también especial. Le enseñó cómo debía afrontar cada jornada y sobre todo cómo tenía que disfrutar de cada uno de los instantes que estaba en el camino.

            Fue tanto lo que aprendió con él, que cuando llegaron a la capital castellana y llegó el momento no deseado del adiós, Felipe creyó que a partir de ese momento se iba a encontrar huérfano ya que no sabía hacer nada sin Ángel. En algunos momentos hasta pensó también en abandonar el camino ya que no se sentía lo suficientemente preparado ni creía que tenía fuerzas para seguir adelante.

            A la jornada siguiente, caminó una hora en solitario y cuando llegó a Tardajos, a la entrada del pueblo, se encontró a un peregrino que estaba sentado sobre una piedra como si estuviera esperando a alguien.

            -Buen camino peregrino – le dijo según se acercaba a él.

            -Lo mismo te deseo – respondió Felipe.

            -Si vas solo y lo deseas, podemos caminar un rato juntos – le dijo el peregrino.

            -Me parece muy bien, me estaba encontrando un poco solo – respondió Felipe.

            Antes de llegar a Rabe de las Calzadas, Felipe de nuevo se encontraba más animado y sobre todo cuando el peregrino fue contándole que era también su primer día de camino ya que había comenzado a caminar en Burgos y temía también hacerlo solo.

            -Como si fuera un designo del destino, su nuevo compañero también se llamaba Ángel, era profesor de Historia en la Universidad y siempre había soñado con disfrutar del arte que se conservaba en las tierras castellanas y pensó que haciendo el camino podría contemplarlo con la tranquilidad que él estaba buscando.

            Por cada pueblo que pasaban, Ángel disfrutaba viendo todas las iglesias y monasterios que se encontraban y le iba explicando a Felipe las diferencias de los estilos de los templos que contemplaban y le enseñó a apreciar las principales características de cada construcción.

            De nuevo el camino adquirió para Felipe otra dimensión ya que estaba adquiriendo unos conocimientos en los que él solo no se habría percatado del mínimo detalle.

            Pero Ángel también contaba con los días muy justos y cuando llegaron a la capital leonesa debía dejar el camino y de nuevo Felipe volvía a quedarse solo, pero ahora ya no le importaba, él sabía cómo seguir disfrutando del camino aunque a partir de entonces lo hiciera solo.

            En el albergue de la capital leonesa, entabló amistad con el peregrino que había en la litera de al lado y al día siguiente salieron a la vez del albergue y fueron abandonando juntos la ciudad.

            Curiosamente el nuevo compañero de camino también se llamaba Ángel, era un hombre que cultivaba la tierra y estaba haciendo el camino por una promesa que hizo años atrás.

            Ángel era un experto en las faenas agrícolas, a ellas había dedicado toda su vida y según iban pasando por las abundantes tierras bercianas y las ricas tierras gallegas, le iba explicando a su compañero los diferentes tipos de cultivos que se iban encontrando y la forma en la que mejor se obtenían las cosechas así como las épocas de siembra y recolección de cada producto.

            Felipe nunca había pensado en las cosas que Ángel le estaba contando y desde entonces comenzó a ver la tierra como algo extraordinario de la que se puede extraer todo lo que cubre las necesidades básicas de cualquier persona.

            Durante cada etapa, en ocasiones iban caminando con más personas o se rodeaban de más peregrinos cuando llegaban a cada albergue, pero Ángel era su compañero inseparable con el que estaba en cada momento.

            La llegada a la capital gallega fue muy especial para los dos, Ángel había pagado esa deuda que contrajo años atrás y Felipe había podido conseguir un sueño del que dudaba poder hacerlo un mes atrás.

            También en esta ocasión la despedida resultó muy emotiva y el abrazo con el que se fundieron en el centro de la Plaza del Obradoiro a los dos les pareció eterno y unas lágrimas acompañaron los pasos del amigo que se iba alejando de su lado.

            Cuando regresó a su casa, comenzó para Felipe el camino, ahora lo estaba reviviendo de nuevo y se dio cuenta que algunos peregrinos a veces tienen la suerte de contar con un Ángel en su camino, pero él era el más afortunado de todos ya que había tenido la suerte de contar con tres y eso pocos lo podían decir.

            Por eso para Felipe, el camino que había realizado era tan especial y sobre todo lo recordaba con tanta emoción ya que se sentía el más afortunado al tener en todo momento una compañía tan especial.