almeida – 2 de abril de 2015.

                Me encontraba en un albergue cuando llegó uno de esos peregrinos que daba la sensación de ser un iluminado, no solo por la forma que tenía de comportarse, sino que también su aspecto era el de uno de esos iluminados que diariamente solemos encontrarnos en cualquier recodo del camino.

                Tras ver cómo se portaba en el albergue y cómo lo hacía con los demás peregrinos, no pude por menos que comentarle al hospitalero que aquel era uno de los tipos más colgados que me había encontrado en el camino después de mucho tiempo.

                Él me comento que podía ser, pero ninguno superaba ni superaría nunca a Jacinto, aquel sí era una persona que necesitaba de una ayuda especial y por las noticias que tenía parece ser que al final había encontrado el camino que le ayudaría a ir por el buen camino si se puede llamar el buen camino a lo que hace la mayoría de las personas que lo consideran como lo normal.

                Me interesé por conocer la historia de ese personaje que por lo que me estaba comentando, me daba la sensación de ser una persona muy especial y estaría encantado de conocerla.

                Según me fue comentando, Jacinto era un peregrino que venía haciendo el camino, pero estaba siendo un camino diferente a como lo hacían los demás peregrinos, venía acompañado de su burro platero, le llamaba así por el pelo dorado que tenía el animal.

                Cuando llegó al albergue lo primero que hizo fue buscar un sitio para que su compañero de camino estuviera cómodo, le ubicaron en una cuadra y en el pesebre pusieron abundante heno y grano para que se alimentara bien ya que Platero era quien soportaba la mayor carga de esta peregrinación portando no solo las pertenencias de Jacinto sino que en ocasiones también llevaba en sus lomos al mismo Jacinto que se encontraba cansado.

                El hospitalero enseguida se dio cuenta que ese era un peregrino especial ya que aunque físicamente no había nada que delatara la minusvalía que tenía, ésta se encontraba en su mente y se detectaba en el mismo momento que comenzaba a hablar.

                Le ofreció una taza de café y mientras descansaba del esfuerzo de esa jornada, Jacinto le fue contando cómo se estaba desarrollando su peregrinación a la que seguramente daría por finalizada en ese lugar.

                Un mes antes, había tenido una discusión con su esposa que cada vez le soportaba menos por las extravagancias que hacía en muchas ocasiones y abandonó su casa deambulando por el pueblo en el que vivían hasta que montó en su burro y se alejó de allí.

                Sin saber cómo, se metieron en esa arteria por la que pasan cientos de peregrinos y se dejó llevar. Con ellos no se sentía tan diferente ya que muchos le comprendían, no se extrañaban de cuantas cosas compartía con ellos y estaba muy a gusto caminando en compañía de su burro.

                Pero los últimos días, se había ido apartando de los peregrinos, solo estaba a gusto en la compañía de su asno ya que cada vez  caminaban a horas en las que los peregrinos ya habían dado por finalizada su jornada, eran esos momentos en los que experimentaba unas sensaciones que solo la soledad en la que se encontraba le permitían percibir en toda su plenitud.

                No solo consiguió escuchar al silencio, también podía oír claramente sus pensamientos y lo que su yo le estaba diciendo, también en los últimos días se estaba dejando guiar de los consejos que su burro le estaba dando constantemente.

                -¿Qué tu burro te habla? – le pregunto el hospitalero.

                -Sí – respondió Jacinto – cuando estoy junto a él, me susurra cosas.

                -¿Y qué es lo que te dice? – le pregunto incrédulo el hospitalero.

                -Me da consejos, me dice que no me he comportado bien con mi mujer y que debo regresar a su lado porque ella me sigue queriendo y mi cariño hacia ella tampoco se ha ido del todo.

                -¿Y qué vas a hacer? – volvió a preguntar el hospitalero.

                -Lo he estado pensando y no puedo desobedecerle, es mi compañero de camino y le voy a hacer caso, hoy he tomado la decisión de regresar y mañana mismo desando el camino andado y vuelvo junto a ella.

                .Me parece lo más sensato que puedes hacer, al fin y al cabo el camino no se va a mover de donde está y puedes retomarlo cuando desees. Pero tienes que decirme de alguna forma como ha sido tu regreso y sobre todo si a tu vuelta se ha cumplido lo que esperas.

                Unos meses más tarde, en el albergue sonó el teléfono, al coger el auricular, el interlocutor que había al otro lado de la línea era Jacinto, como había prometido le llamaba para informarle de cómo estaba yendo su vida desde que regreso a su casa.

                Al verle aparecer, su mujer se olvidó de todos los desagravios y las discusiones que habían tenido y le aceptó de nuevo a su lado y se había reencontrado nuevamente con la felicidad. Platero tenía razón en todo cuanto le había dicho ya que todo lo que le había susurrado se estaba cumpliendo al pie de la letra.

                El hospitalero pudo percibir que la mente de aquel peregrino que hacía unos meses estuvo en el albergue no se había recuperado completamente, pero ahora le veía más asentado y estaba viendo su vida de una forma diferente.

                No me quedó más remedio que admitir que a pesar de los extraños personajes que me había encontrado en alguna ocasión por el camino, nunca llegué a conocer a ningún peregrino al que un burro le susurrara cosas al oído y menos aún que hiciera caso de todo lo que el animal le estaba aconsejando.