almeida – 1 de abril de 2015.

Había algo en aquella hospitalera que hacía que mi vista estuviera clavada permanentemente en su pecho lo que cuando sentía su mirada me turbaba levemente hasta que en una ocasión no pude por menos que comentarle:

                -Me llama la atención el medallón que llevas colgando.

                No se trataba de un objeto excesivamente llamativo, pero poseía algo que siempre captaba mi atención, ella lo sabía, no era la primera vez que le ocurría y comenzó a contarme la historia de aquel medallón, al menos desde que ella lo había visto por primera vez.

                En una ocasión se encontraba haciendo el camino en compañía de otra peregrina que portaba el medallón y a ella le ocurrió lo mismo, constantemente su mirada inevitablemente se posaba en aquel medallón que poseía alguna cosa que hacía que le atrajera sin poder evitarlo.

                Fue un camino muy agradable ya que la compañía de la peregrina fue especial para ella y forjaron una buena relación que se mantuvo con el paso de los años.

                Cuando llegaron a su destino, antes de despedirse, la peregrina se quitó el medallón y se lo ofreció a la hospitalera, ésta lo rechazo ya que era su amuleto y no debía desprenderse de él, pero la peregrina le respondió:

                -Cuando me lo entregaron a mí, era porque lo necesitaba, ahora ya ha cumplido la misión por la que me fue entregado y debo desprenderme de él y creo que tiene que ser para ti, seguro que te ayuda lo mismo que lo ha hecho conmigo.

                Aunque la hospitalera no le había dicho nada, estaba atravesando un mal momento personal y lo aceptó y con el paso del tiempo pudo darse cuenta que aquel medallón poseía un efecto placebo o quizá acumulara una energía especial desconocida, el caso es que le ayudó a superar los problemas por los que estaba pasando.

                Tuvo con ella el medallón algunos años hasta que en una ocasión, cuando se encontraba en un albergue, llego una peregrina que estaba atravesando unos problemas que la habían llevado al camino para ver si en el Camino podía ver con claridad lo que le estaba ocurriendo y podía solucionar los problemas que tanto la atosigaban.

                La peregrina dejó que se lo pusiera a su cuello y el efecto del medallón se fue produciendo ya que la peregrina, cuando finalizó su camino, tenía muy claro cuál era el rumbo que debía dar a su vida.

                Cuando por fin se liberó de lo que tanto la ataba a su pasado, llamó por teléfono a la hospitalera para decírselo y agradecerle que le hubiera cedido aquel medallón ya que gracias a él, pensaba que había visto esa luz que tanto necesitaba y periódicamente, mantenían contacto a través del teléfono o de Internet y se iban transmitiendo la situación en la que cada una de ellas se encontraba y sobre todo compartían largas conversaciones sobre el camino, tema que apasionaba a las dos.

                Quiso el destino que la hospitalera tuviera que pasar por uno de los trances peores de su vida al perder a una persona que era para ella muy importante y esto llegó al conocimiento de la peregrina que se desplazó hasta el hospital en donde la hospitalera se encontraba y dándole un abrazo, tomó su mano y depositó sobre ella el medallón.

                -Ahora lo necesitas tú más que yo – le dijo.

                -De nada me va a servir ya – respondió la hospitalera – se ha marchado lo que más quería en esta vida.

                -Por eso lo necesitas, seguro que te ayuda a sobreponerte, quédatelo que a mí ya me prestó la ayuda que necesitaba y ahora tiene que dártela de nuevo a ti.

                La hospitalera aceptó de nuevo el medallón y se lo puso sobre su pecho y raramente se lo quitaba, siempre estaba allí colgado.

                A pesar de los reveses de la vida que nada se puede hacer para volver atrás y cambiarlos, la hospitalera comenzó a mirar hacia delante, había un futuro que seguro le iba a aportar nuevas cosas desconocidas para ella y su vida estaba tomando un nuevo rumbo, en el camino, ayudando a los peregrinos que la necesitaban, se sentía feliz y sobre todo estaba plenamente satisfecha con lo que estaba haciendo.

                -O sea que es un medallón errante – le dije.

                -Desde que yo lo conozco sí – me respondió – aunque tengo la sensación que antes de que llegara a mis manos, la historia de este medallón ha sido muy intensa y ha ayudado a muchas más personas.

                -¿Y ahora?, a esperar que llegue alguien que de nuevo lo necesite y te volverás a desprender de el – le dije.

                -¡Sí!, me desprenderé de nuevo de él – dijo la hospitalera – pero en esta ocasión va a ir para que de su protección a ésta – comentó señalando a su nieta que correteaba por el albergue – si posee esa energía que yo creo que tiene, sé que mi nieta necesita sentirse protegida por él como yo me he sentido tanto tiempo.

                Aquella confianza en las virtudes de aquel medallón, ratificó que hubiera llamado mi atención y de vez en cuando pienso en él y sobre todo en la persona a la que estará protegiendo en cada momento ya que no me cabe duda que habrá seguido errando protegiendo a quien lo llevaba colgando.