almeida – 31 de marzo de 2015.

Resulta curioso cuando analizamos, aplicando la lógica, aquellas situaciones que se han ido produciendo a lo largo de la historia, sobre todo en lo relativo a los milagros que se van transmitiendo por tradición oral o escrita y que se atribuyen a los santos del camino, como no podemos por menos de pensar en aquellas mentes que poseían una imaginación extraordinaria.

                Pero resulta aún más curioso que se vayan haciendo dogmas de fe y hasta la gente que parece tener una cultura superior a la media, termine por creerlas ya que de lo contrario se verían como esos seres marginados por no pensar y ser diferentes a la mayoría.

                Me gustan las historias que se cuentan del camino, sobre todo, aquellas que van describiendo las bondades y los hechos extraordinarios de quienes luego por estos motivos han alcanzado la santificación eclesiástica o cuando menos la beatificación por parte de los dirigentes de la iglesia.

                Creo que en cada uno de estos casos, cuando profundizas en la historia, puedes llegar a la conclusión de cómo en realidad ocurrieron los hechos que se describen que siempre tienen un trasfondo histórico porque se han cimentado en base a alguna situación en concreto.

                Si permites que tu mente vaya no solo comprendiendo la historia sino que te imaginas la forma en la que la compartirías con los demás para que la comprendan, es entonces cuando vas viendo cómo se va desvirtuando hasta que la consigues convertir primero en leyenda y si le aplicas el ingrediente esencial de la fe, acaba por convertirse en milagro.

                Pero siendo lógicos, ningún gallo recién salido del horno se escapó volando antes de que lo troncharan para llevárselo a la boca, como también resulta no creíble que una sencilla hoz sea capaz de talar las enormes encinas que han crecido lentamente durante siglos ni el mejor de los ingenieros es capaz de poner a flote una barca de piedra y ya llegando al fondo de la cuestión, resulta algo admirable conocer a una persona que ha vivido ocho siglos antes solo con ver su calavera.

                Pero esto y mucho más es posible en el camino y nadie estamos para cuestionar esas creencias que están tan arraigadas en muchas mentes y además son felices si nadie se las cambia y no voy a ser yo quien lo haga, porque si no soy capaz de juzgar alguno de mis actos, como voy a juzgar los de otras personas.

                Me viene esto a la mente ya que en alguna ocasión también a mí me ha resultado algo complicado poder explicar algunas situaciones a los demás que me miraban incrédulos y yo las creía únicamente porque me habían pasado, pero si me las hubieran contado también estoy convencido que habría dudado de esas mentes que en un momento lo estaban describiendo.

                Una de las cosas a las que más pánico he tenido siempre es a los toros bravos, he de reconocer que me gusta verlos en el campo, incluso también disfrutas en los encierros que se hacen en algunos pueblos, pero se de la fuerza y la fiereza de estos animales y siempre me ha dado pavor a encontrarme con ellos.

                Cuando estaba realizando la Vía de la plata, en varias ocasiones había leído que se pasaba cerca de estos animales, pero sé que en su hábitat son inofensivos, además, siempre habría entre ellos y yo una valla que me protegiera de la embestida de estas fieras.

                Pero en ocasiones hay situaciones imprevistas en las que nuestra reacción puede hasta llegar a sorprendernos a nosotros mismos.

                Me encontraba atravesando una de las enormes dehesas que hay en Extremadura, o quizá fuera Salamanca, cuando al superar un alto, casi me di de bruces con dos toros bravos que se encontraban pastando.

                Al sentir mi presencia, estiraron su cuello y me miraron de una manera desafiante, como el que siente que han invadido su territorio sin autorización alguna y eso era algo que no podían consentir.

                No sé si fue la sorpresa lo que hizo que me quedara petrificado o lo más lógico es que en esos momentos una descarga eléctrica hubiera helado completamente mi sangre y al no fluir por el organismo, era lo que me estaba impidiendo seguir avanzando.

                Hay ocasiones en las que el tiempo va avanzando a una velocidad de vértigo y otras en las que se detiene como si cada segundo durara una eternidad, creo que en esos momentos, me encontraba en esta última situación.

                Cuando por fin pude reaccionar, me dio la sensación que la tensión que había en esos momentos en el ambiente se había relajado ya que los animales volvieron a acercar su hocico al suelo para seguir rumiando y en esa tregua, aproveche para sin moverme, can la mirada únicamente ver las opciones que podía tener.

                La valla se encontraba al doble de distancia que los animales y los pocos árboles estaban todavía más lejos, solo me quedaban dos opciones, dar la media vuelta o seguir por un sendero que bordeaba unas docenas de metros a los animales y al fondo de este sendero ya veía alguna protección en la que podía resguardarme.

                Opté por esta última y procurando no hacer ningún gesto que pareciera brusco me fui encaminando al sendero sin que los animales volvieran a molestarse por la presencia de un extraño o al menos eso era lo que a mí me parecía o lo que en esos momentos yo más deseaba.

                Creo que fueron los doscientos metros del camino que más he tardado en recorrer, aunque si el animal se hubiera movido también podía haber sido al revés, a pesar de llevar a cuestas la mochila, pero ya estaba ideando como desprenderme rápidamente si era necesario.

                En esos interminables doscientos metros o la hora o dos horas que debí tardar en recorrerlos, vino a mi mente la historia de la reina Lupa y entonces me di cuenta que si en alguna ocasión contaba esta historia que me estaba ocurriendo, también podía caer en la debilidad de explicar esta historia no como realmente ocurrió, sino como yo la estaba viviendo en esos momentos y sobre todo en como la iba a recordar una vez que me encontrara fuera de allí ya que como aquellos fieros toros que trasladaron los restos del apóstol que se convierten en mansos bueyes, también en esta ocasión la fiereza de los animales se había visto amansada por alguna razón que siempre trataré de comprender antes que al hacerlo lo convierta en leyenda o lo que es peor en uno de esos milagros que tanto nos gusta presenciar en el camino.