almeida – 29 de marzo de 2015.

Siempre que he ido a alguno de los albergues del camino, cuando he tenido la ocasión de poder elegir el lugar, he procurado que primaran aquellos lugares en los que alguna vez he estado como peregrino y guardo un grato recuerdo de ellos o los que se encuentran en un camino que voy a hacer y quiero conocer previamente las sensaciones que tienen los peregrinos que llegan al albergue.

                En una ocasión tenía la oportunidad de ir a uno de los lugares en los que pernocté la primera vez que recorrí el camino. Tenía de este lugar referencias contradictorias, no es normal que leas los comentarios que hacen los peregrinos y unos lo alaben poniéndolo como referencia y otros lo lleguen casi a endemoniar, son esos lugares en los que no hay término medio ya que tienen algo especial que hacen que no pasen desapercibidos.

                Cuando recorrí este camino, era el único albergue que había en esta población, por lo que si te quedabas en ella no tenías otra opción que alojarte allí, a no ser que hicieras dos horas más o menos de camino y te quedaras en el pueblo anterior o continuaras hasta el siguiente.

                En estas situaciones, me gusta tener mi propio criterio por lo que decidí quedarme allí. El albergue era muy austero, pero por cada uno de los rincones de la vieja casa se respiraba ese espíritu que algunos vamos a buscar en el camino.

                Enseguida me di cuenta del motivo por el que se producían estas diferencias de opinión ya que el hospitalero era una de esas personas estrictas con los que no sentían el camino y en cambio era muy generoso, amable y entrañable para los que recorrían esta senda tratando de enriquecerse con todo lo que aportaba.

                Esa acogida tradicional se mantuvo mientras el hospitalero siguió ejerciendo su labor y cuando ya no pudo hacerlo más, algunos recogieron el testigo y siguieron ofreciendo hospitalidad a la vieja usanza, como lo había hecho aquel que un día creo este lugar tan entrañable.

                He de confesar que fue uno de esos albergues de los que mejor recuerdo guardo de mi primer camino ya que me enseñó muchas cosas, pero sobre todo aprendí que había varios tipos de peregrinos y no todos se comportan igual y por supuesto a no todos hay que tratarlos de la misma manera.

                Por eso tenía ganas de volver y cuando tuve la oportunidad de hacerlo, pasé unos días allí ofreciendo mi tiempo a los peregrinos, primero fue una semana y unos meses más tarde estuve una quincena.

                Habían transcurrido varios años desde la primera vez que pasé por allí y las cosas habían cambiado de una manera muy importante. Había cambiado el camino, bueno, mejor dicho las personas que recorrían el camino ya que ahora eran mucho más numerosos por la moda en la que se había convertido. También había cambiado el pueblo, antes solo había un albergue y ahora contaba con tres y en cada uno se entendía la hospitalidad de una manera diferente.

                El primero de los albergues se encontraba a la entrada del pueblo, era un albergue privado y muchos peregrinos lo elegían pensando que los siguientes podían estar completos. El segundo, estaba en el centro del pueblo y lo había instalado el ayuntamiento, por lo que los peregrinos que no se quedaban en el primero, solían elegir esta opción si habían pensado quedarse allí.

                Finalmente, estaba el albergue en el que yo me encontraba, era el último que había en el pueblo y como su único sentido era acoger a los peregrinos que lo necesitaran, era también el ultimo que abría sus puertas, generalmente cuando los otros dos estaban completos.

                Desde el primer día me di cuenta que los peregrinos que iban a llegar hasta allí, también serían muy diferentes unos de otros y enseguida se veía qué tipo de camino era el que estaban realizando.

                A pesar que el albergue se abría a los peregrinos a las tres de la tarde, algunos días, los que llegaban pronto, una o dos horas antes que se abriera, no les importaba esperar porque sabían a donde querían llegar. A pesar que en los anteriores albergues tuvieran sitio, ellos esperaban dos o tres horas a que abriéramos para alojarse en aquel lugar.

                Esos eran los peregrinos que sentían el camino de esa manera que yo lo percibí la primera vez que lo recorrí y los que repetían sabían que ese era el lugar en que deseaban pasar las horas que iban a estar en ese pueblo y quienes llegaban por vez primera habían recibido indicaciones muy concretas de los lugares en los que debían quedarse.

                Después de abrir a los que estaban esperando, algunos días no entraba nadie más y en otras ocasiones cuando los anteriores se encontraban llenos el exceso de peregrinos era el que venía a nuestro albergue, pero no porque era el que estaba en la elección que habían hecho antes de comenzar su etapa sino que por descarte, llegaban allí ya que los otros se encontraban completos.

                Cuando los veías desplazarse por el albergue, y pasar las horas en aquel lugar, no era necesario que supieras a que grupo pertenecían, enseguida te dabas cuenta de ello ya que la forma de hablar y sobre todo, la manera de comportarse les delataba enseguida.

                Entonces era cuando me daba cuenta de aquellas cosas que leía antes de hacer mi primer camino y de los comentarios tan dispares que puede haber sobre un mismo lugar, viendo a los peregrinos que acogía, sabía cómo iba a ser el recuerdo para cada uno de ese camino que estaban realizando y estoy convencido que aunque hubieran caminado las mismas jornadas, hubieran parado en los mismos lugares, si al llegar a Compostela sientas en una mesa a estas personas, te darás cuenta que cada uno ha hecho un camino muy diferente al otro y puede dar la sensación que están hablando de dos cosas muy distintas.