almeida – 4 de abril de 2015.

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Las cuatro se habían ido conociendo a lo largo del camino y desde que formaron aquel grupo tan heterogéneo de peregrinas, todos los días realizaban las mismas etapas y trataban de caminar juntas, aunque eran muy diferentes se sentían muy a gusto y sobre todo cómodas haciéndolo de esa manera.

Cuando llevaban diez días caminando juntas, una noche que después de finalizar la etapa se encontraban recuperando fuerzas en un restaurante, María que era la más animada de todas y la que generalmente llevaba la voz cantante en el grupo, propuso a sus amigas que cada una de ellas tenía que hablar sobre lo que el camino estaba significando para cada una de ellas y, como ella lo había propuesto, seria la que comenzara con este juego que serviría para conocerse un poco mejor.

                Ella se definía como una ama de casa tradicional, rondaba los cuarenta años y su vida había sido la que desde muy pequeña se había imaginado, tenía una buena casa, su marido era un empresario de éxito contaba con todo lo que necesitaba para ser feliz.

                Pero siempre había echado de menos la aventura y después de hablar con algunos amigos que habían hecho el camino, fue su marido el que la animó a que lo recorriera.

                Estaba viendo que de lo que sus amigos le habían hablado se había encontrado pocas cosas en los días que llevaba en el camino, pero sí se había encontrado con numerosos peregrinos que la habían hecho sentirse nuevamente joven y sobre todo deseada.

                Confesó a sus amigas que esos momentos en los que se perdía durante alguna hora estaban plenamente justificados ya que era para satisfacer esa necesidad que algunos peregrinos le estaban proporcionando, había descubierto que el camino es un lugar donde se puede dar rienda suelta a todos los sentimientos que están durante mucho tiempo acumulados en el cuerpo.

                Además como estaba convencida que no vería más a las personas con las que estaba, no había ninguna atadura que tuviera que lamentar más adelante. Les confesó que de ahora en adelante, los días que no estuviera caminando a su lado y llegara más tarde que ellas al sitio que habían previsto llegar, no tenían que preocuparse por ella ni tampoco elucubrar sobre lo que podía estar haciendo ya que ella se lo estaba comentando en esos momentos.

                Todas se sorprendieron de aquella declaración, aunque la esperaban ya que no eran normales esas ausencias periódicas que justificaba con disculpas que en ocasiones eran poco creíbles, pero estaban comenzando a conocerla y no se escandalizaron de lo que estaban escuchando.

                Laura, era algo más joven, trabajaba en una boutique y le gustaba mucho el trabajo que hacía ya que la moda siempre le había encantado y como no podía permitirse llevar los modelos que tanto la gustaban de esa forma estaba permanentemente en contacto con ellos.

                Pero la monotonía de su trabajo la había animado a hacer algo diferente a sentir ese contacto con la naturaleza y se estaba dando cuenta que en el camino disfrutaba plenamente de su vocación frustrada.

                Siempre le había apasionado la biología, pero no pudo estudiar una carrera universitaria ya que en su casa no tenían medios suficientes y tuvo que ponerse muy joven a trabajar. Pero no le importaba, estaba contenta con el rumbo que había tomado su vida y se sentía feliz con lo que el destino la había deparado.

                Pero estos días que estaba en contacto con la naturaleza había aprendido a contemplar con detenimiento cada una de las maravillas que puede ofrecernos, desde el simple y monótono amanecer que para ella era completamente diferente cada día hasta ver cómo se ponía el sol por el horizonte, eran tantas las sensaciones nuevas que estaba recibiendo que se encontraba muy a gusto en el camino.

                Los altos montes, los profundos valles, los ríos, la vegetación, la fauna, la flora, todo estaba despertando de una forma muy intensa todos y cada uno de los sentidos ya que contemplaba los paisajes, escuchaba el canto de los pájaros, tocaba las cosas que se encontraba, olía las flores que crecían a su paso y a veces saboreaba algunas cosas que llamaban su atención.

                Se había dado cuenta que sus sentidos se encontraban en todo momento esperando recibir esas sensaciones que en cada instante había en todo lo que la rodeaba y por eso el camino estaba resultando maravilloso y se encontraba tan feliz recorriéndolo que estaba convencida que se convertiría en la válvula de escape que necesitaba para sucesivas vacaciones, ya no se plantearía nunca más donde pasaría los días que disponía libres ya que sabía que sería sobre este camino tan especial.

                Carmen era la mayor de todas, también era la más veterana ya que anteriormente había estado unos días recorriendo el camino pero no con tanta intensidad como lo estaba haciendo en esta ocasión.

                Tenía un pequeño negocio que le permitía llevar una vida bastante holgada aunque sin grandes lujos ya que ella tampoco era muy ambiciosa ni tenía grandes pretensiones.

                Lo que siempre había admirado en el camino era el arte que había en cada pueblo y a veces en pequeñas ermitas perdidas que se encontraban en las afueras.

                No pasaba por alto ninguna obra de arte, cuando llegaba a cualquier pueblo visitaba todas las que previamente había apuntado en un cuaderno que llevaba y disfrutaba contemplando cada una de las cosas que veía.

                Estaba convencida de la importancia que el camino tenía a lo largo de la historia y esto había sido posible gracias a la corriente cultural que fue recorriéndolo.

                En cada uno de los lugares que entraba iba tomando sus apuntes y a pesar que algunas cosas ya las había contemplado en su camino anterior, ahora veía cosas que en la anterior visita le pasaron desapercibidas y estaba convencida que a pesar de que no tenía prisa por marcharse de cada lugar que visitaba con bastante detalle, se quedarían muchas cosas sin poder ver que las dejaba para caminos sucesivos ya que se había propuesto los años siguientes seguir recorriendo el camino para enriquecerse con todo el arte que se derramaba por cualquier lugar por el que pasara.

                Helena, era la más joven de todas, no había cumplido todavía los veinte años y recorría el camino por primera vez, estaba atravesando una situación personal un tanto complicada y alguien le aconsejó que se fuera al camino para meditar y no se lo pensó dos veces, se proveyó de todo lo que podía necesitar y comenzó a caminar.

                Era la más retraída de todas ya que, a pesar del buen ambiente y la armonía que había en el grupo, ella pocas veces participaba activamente en las conversaciones, únicamente se limitaba a escuchar lo que estaban diciendo las demás.

                Confesó que desde que había puesto los pies en el camino, le gustaba observar las cosas que había a su alrededor y se fue dando cuenta que de cada una de ellas podía aprender mucho, de las personas, de los lugares, de los comportamientos, de…

                En fin, el camino le estaba aportando aprendizaje y cada mañana lo único que se proponía era que ese día le aportara alguna enseñanza más.