almeida –  de abril de 2015.

credencial

Fernando, era uno de esos peregrinos que sabía cómo disfrutar del camino. Para él, lo importante no era llegar al final de cada etapa, disfrutaba mucho más cuando sus pies se encontraban recorriéndolo ya que era consciente que el camino siempre debe ser el fin por todo lo que está aportando a la persona que lo recorre.

                Pero, esa jornada estaba resultando especialmente complicada y más que ningún día deseaba llegar, el cansancio por la distancia que llevaba recorrida y sobre todo las irregularidades del terreno le hicieron esforzarse más que los días anteriores que estaba caminando.

                Estaba convencido que le quedaba ya poco tiempo para dar por concluida esa jornada y sobre todo poder descansar y recuperarse para afrontar el día siguiente. Caminaba por un precioso bosque y sus pensamientos se fueron diluyendo dejando que su mente se quedara limpia, sin nada que alterara todo lo que la naturaleza que se desparramaba a su alrededor le estaba proporcionando, el aroma de las flores, la fragancia de los árboles, los sonidos silenciosos que solo eran orquestados de vez en cuando por algún ave que se posaba en las ramas de un árbol. Todo estaba resultando especialmente hermoso y por momentos el cansancio se fue olvidando de su mente y hasta llego a pensar que no deseaba que aquellos momentos se terminaran.

                Cuando fue saliendo del bosque vio un claro amplio, por allí pasaba una de las carreteras que unían los pueblos por los que había pasado y cuando estuvo en medio de aquel claro, de frente, mirando hacia el horizonte que estaba ya dispuesto para acoger ese sol que parecía también cansado como se encontraba él, pudo divisar a menos de un kilómetro, la torre de la iglesia que destacaba sobre las demás edificaciones del pueblo al que se disponía a llegar. Un cuarto de hora más disfrutando de esta belleza que hoy me ha proporcionado el camino pensando mientras contemplaba el nido de cigüeña que mantenía el equilibrio en lo más alto de la torre.

                En esos momentos, el frenazo de un coche a su espalda hizo que Fernando se parara y se diera la media vuelta. Se trataba de una furgoneta de la que descendieron cinco personas que Fernando creía haber visto en alguna otra ocasión, le hicieron un gesto levantado la cabeza mientras se dirigían al maletero de aquel vehículo y sacaban unas grandes mochilas que cargaron a sus espaldas.

                Cuando pasaron por delante de Fernando dijeron algo que éste no llegó a comprender y solo salió de aquel estado extraño en el que se encontraba cuando el vehículo de nuevo volvió a romper el silencio de aquel lugar reanudando la marcha en dirección a poniente.

                Fernando siguió caminando detrás de los cinco pasajeros que se habían bajado del coche, no pudo, tampoco lo intentó seguir a su ritmo ya que el cansancio que tenían era bastante diferente.

                Por fin, las primeras casas del pueblo estuvieron al alcance de Fernando y éste fue siguiendo las indicaciones que le dirigían a donde se encontraba el albergue que se había habilitado en aquel pueblo para acoger a los peregrinos.

                Cuando llegó al albergue, accedió a la sala de recepción de los peregrinos, allí se encontraban los cinco que le habían adelantado unos minutos antes y frente a ellos se encontraba la hospitalera. Marta, que así se llamaba la hospitalera, era una mujer menuda de unos setenta años, una veterana hospitalera, pero su rostro era frío, más bien daba la sensación de encontrarse enfadada. Fernando se sentó en un banco que había a la derecha de la sala y espero a que la hospitalera terminara de atender a los recién llegados.

                -Ya les he dicho que el albergue se encuentra completo y no queda ni un sitio libre – comentó Marta.

                -Y en este pueblo, ¿hay algún otro lugar al que podamos ir? – preguntó uno de ellos.

-No – respondió Marta – este es el único albergue que hay en este pueblo.

                -Pues vaya putada – comento otro de los que se encontraba en el grupo.

                -Lo único, dijo Marta – a cinco kilómetros, en el siguiente pueblo, hay otro albergue y pueden ir hasta allí.

                -Y puede llamarles para ver si tienen sitio y que nos guarden las plazas – dijo el que parecía que llevaba la voz cantante.

                -Lo siento – dijo ella – pero ni yo dispongo de teléfono, ni sé el número que tienen allí.

                -No hay derecho, – protestó otro de los integrantes del grupo – a estas horas y tener que andar buscando donde podemos dormir.

                Refunfuñando, los cinco cogieron sus mochilas y las cargaron sobre sus hombros y se dieron la media vuelta saliendo nuevamente a la calle, en esta ocasión ni tan siquiera respondieron a la sonrisa que les mostro Fernando al verles nuevamente.

                Cuando la hospitalera se quedó nuevamente libre, Fernando buscó en uno de los bolsillos de su mochila y extrajo una bolsa de plástico en la que llevaba sus documentos y entre ellos la credencial y cuando la tuvo en su mano, se levantó y se dirigió hacia la mesa en la que se encontraba Marta.

                -Buenas tardes – le dijo el recién llegado.

-Buenas tardes y bienvenido – respondió la hospitalera mostrando una amplia y limpia sonrisa.

Aquel gesto desconcertó un poco a Fernando que había advertido un cambio muy importante en aquella persona que ya no le resultaba tan seca y tan arisca como se encontraba unos minutos antes.

-Quería sellar la credencial – dijo Fernando mientras la extendía ofreciéndosela a la hospitalera.

Esta la tomó en sus manos y con suavidad estampó el sello del albergue y puso a su lado la fecha en la que se encontraban ese día.

-¿Y no vas a quedarte? – pregunto en ese momento Marta.

-Bueno, -dijo el peregrino – he llegado mientras estaba atendiendo a esos peregrinos que se acaban de marchar y he escuchado cómo les decía que no había ningún sitio libre, por eso voy a descansar un poco y continuare hasta el siguiente pueblo.

-Éste – respondió la hospitalera – es un albergue de peregrinos y esos que se acaban de marchar, no son peregrinos, aquí siempre hay una cama para el peregrino que realmente lo necesita y por lo que veo, por lo que me está transmitiendo tu cara, parece que tú sí que lo necesitas.

-Pues si – respondió Fernando sonriendo – es una suerte encontrar a gente como usted, ya que se me iban a hacer muy largos esos cinco kilómetros que ya pensaba que tenía que recorrer.

La hospitalera después de ofrecer un vaso de té frío, acompañó a Fernando a donde se encontraba su cuarto y mientras éste se acomodaba, pensaba en ese refrán que había escuchado en alguna ocasión que decía “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. En esta ocasión adquiría todo el sentido con el que fue creada ya que la hospitalera era una de esas personas a las que la experiencia le había proporcionado ese conocimiento que solo se adquiere con el tiempo.