almeida – 11 de abril de 2014.

Lucas llegó a Santuario en muy malas condiciones, algunos de sus compañeros de camino le ayudaron a superar los últimos kilómetros portando sus pertenencias, pero había cosas que otros no podían llevar por él y las fue arrastrando hasta que llegó donde nos encontrábamos.

El Maestro recibió al grupo como hacía con todos los peregrinos que llegaban a la casa, tras ayudarles a desprenderse de sus mochilas, y darles un vaso de agua fresca, les hizo sentarse en el sofá y en las sillas que había en el pequeño cuarto; y con la dulzura que le caracterizaba, les fue hablando de la forma en la que él entendía que se debía hacer el camino.

No se trataba de ningún sermón, eran tales sus convicciones que no podía por menos que compartirlas, y lo hacía con tanta dulzura que casi siempre acababa convenciendo a sus interlocutores aunque estos pensaran de forma muy diferente.

También en esta ocasión habló de lo malas que eran las prisas y de las pausas que había que hacer aunque no se deseara. Cuando dijo esto miró a los ojos de Lucas, el cual se percató de que esas palabras estaban dirigidas exclusivamente a él.

Cuando todos se fueron a ocupar el sitio donde se disponían a descansar esa noche, el maestro le dijo a Lucas que luego bajara para mirarle la pierna, pues por la forma de caminar no presagiaba nada bueno.

Aunque el Maestro no había estudiado medicina, la experiencia que dan los años viendo lesiones a los caminantes, le permitían dar con una simple mirada un diagnostico que ningún traumatólogo se atrevería a revocar.

Lucas se sentó en uno de los extremos del sofá y extendiendo la pierna la apoyó sobre una silla. Las manos del Maestro fueron a una de sus rodillas y se apoyaron sobre ella. El joven percibió un calor especial que a través de la piel del maestro se iba introduciendo en sus articulaciones.

Permaneció unos minutos sin moverse, únicamente le transmitía el calor de su cuerpo y quizá algo más a la rodilla del joven, y este también permanecía inmóvil ya que se sentía aliviado con solo aquel contacto.

—No has sabido ver las señales que te ha lanzado el Camino y has forzado la pierna continuando cuando tenías que haberte detenido —dijo el maestro.

—Tiene razón —dijo Lucas —hace dos o tres días que tengo molestias, pensaba que se pasaría, pero ni tan siquiera los calmantes consiguen aliviar el dolor.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer, en el camino también hay pausas y quizá debas hacer una para poder seguir adelante.

—Seguramente es porque no me he preparado lo suficientemente bien —dijo el joven —si me hubiese entrenado más, esto no hubiera pasado.

—No es ese el motivo —dijo el Maestro —nadie sabe como tiene que afrontar el camino, es el camino el que nos dice y nos enseña como tenemos que hacerlo. Solo es una señal que te ha enviado y tienes que asumirla y aceptarla.

—Pero ahora no puedo —protestó el joven —desde que comencé el camino me he ido encontrando con unas personas maravillosas y hemos formado un grupo estupendo y no quiero separarme de ellos.

—Seguro que hay otro grupo que te esta esperando, como te he dicho antes, es el camino el que va marcando los ritmos, los lugares en los que debes estar y las personas con las que tienes que hacerlo.

—¿Cree, que la lesión que tengo ha sido una señal? —preguntó Lucas.

—Estoy seguro de ello —afirmó el Maestro.

Lucas estuvo toda la tarde meditando sobre lo que el Maestro le había dicho, no quería aceptarlo, aunque se iba dando cuenta que tenía razón, en aquellas condiciones no podría llegar muy lejos y seguramente tarde o temprano tendría que abandonar si no hacía un descanso que le permitiera recuperarse.

Esa noche, en el momento de la reflexión que hacen los peregrinos en la pequeña capilla, el maestro habló largamente de lo que le había dicho a Lucas, les hizo ver las cosas que se pasan por alto cuando se camina con rapidez e insistió en los altos que a veces nos vemos obligados a hacer, los cuales forman parte del camino, ya que nada ocurre por casualidad, todas las circunstancias e imprevistos suelen ocurrir por alguna razón, que aunque no la veamos, tarde o temprano acaba revelándosenos.

Lucas le dijo al Maestro que se quedaría en Santuario los días que fueran necesarios hasta que el dolor y la inflamación de su rodilla hubieran desaparecido.

Por la mañana desayunó con sus compañeros y cuando estos se marcharon les despidió con un fuerte abrazo. Pensó que algo suyo se marchaba con ellos, pero también algo en su interior le decía que había tomado la decisión correcta y que el camino le depararía nuevos amigos, quizá los que tenía asignados desde que salió.

Cuando todos hubieron abandonado Santuario, Lucas se puso a disposición del Maestro y fue ayudando en todo lo que éste le decía. Hicieron la limpieza del albergue y aquella nueva actividad que el joven pensaba que sería muy molesta, le agradó de una forma un tanto extraña.

Ese día recibió las atenciones del maestro y el reposo fue la mejor medicina para que su dolencia se fuera aliviando. Cada día que pasaba se encontraba mucho mejor, no solo por la mejoría que estaba experimentando, si no porque estaba haciendo algo con lo que no había contado; estaba recibiendo a los peregrinos y veía el camino de una forma muy diferente y a la vez muy gratificante.

Cuando llevaba tres días de reposo en Santuario, como todas las mañanas, una vez que se marcharon los peregrinos e hicieron la limpieza, se dispusieron a llevar la basura a los contenedores que se encontraban al otro lado de la carretera. Lucas cogió el saco más grande y el maestro tomó unas bolsas más pequeñas que depositaron en los contenedores correspondientes.

Cuando se disponían a cruzar de nuevo la carretera, tuvieron que pararse unos minutos porque el trafico en ese momento se intensificó de una forma inusual, cuando no venían coches de un lado venían del otro y tuvieron que esperar algo más que de costumbre para cruzar al otro lado.

Por la carretera de la izquierda vieron como se acercaba el autobús que tenía como destino la ciudad y en lugar de detenerse en la parada donde solía hacerlo habitualmente, avanzó unos metros más y se detuvo al lado de Lucas, de tal forma que al abrir la puerta, el joven se encontraba a escasos centímetros del escalón.

—Maestro, ¿será también esto una señal? —preguntó el joven.

—Quien sabe —dijo el Maestro sonriendo —ya lo averiguarás, tienes que ser tu quien sepa comprender las señales.

Ese día fueron llegando a Santuario algunos jóvenes con los cuales Lucas se pasó la mayor parte de la tarde hablando con ellos, sobre todo con Lucía, una joven peregrina que desde el mismo momento que llegó, había puesto sus ojos en el joven y los de este se cruzaron también varias veces con los de la peregrina.

Por la noche, antes de acostarse, Lucas le dijo al Maestro que había percibido su señal y que al día siguiente continuaría su camino, él asintió, algo me decía que estaba seguro de que algo así iba a ocurrir.