almeida – 11 de abril de 2014.

No recuerdo bien como vino a mi mente aquella idea. El caso es que me encontraba por la noche en la cama, pensando en lo que la jornada me había proporcionado y comencé a tratar de hacer una valoración de cada momento del día; intentando establecer cuál era el que más me aportaba personalmente; y a la vez, ese en el que los peregrinos podían encontrarme más dispuesto en la labor que estaba realizando.

Comencé a analizar cronológicamente cada una de las diferentes situaciones por las que pasaba después de levantarme y busqué en ellas las partes positivas y negativas; haciendo luego una valoración global.

Sin duda, tener que levantarme todos los días antes de las seis de la mañana, para que el desayuno estuviera dispuesto para todos los peregrinos, era una de las mayores contrariedades con las que debía enfrentarme. Quitar todos los días dos horas de sueño a mi cuerpo no resultaba agradable, pero después del segundo día me di cuenta que apenas representaba ningún esfuerzo, ya que nada más escuchar el timbre de la alarma del móvil, estaba en pie vistiéndome, y deseaba ver como habían descansado los peregrinos, observar esa cara de satisfacción por haber recuperado las fuerzas que apenas tenían cuando llegaron.

El desayuno era también un momento muy especial, después de calentar varios litros de café que dejábamos preparados antes de ir a la cama y llenar varios termos con leche y agua caliente, me sentaba en un extremo de la larga mesa con un café caliente en la mano, mientras escuchaba como los peregrinos iban dándome los buenos días y hacían algunos gestos de admiración por el abundante desayuno que había en la mesa para que salieran de Santuario con la vitalidad que necesitaban para afrontar la nueva jornada.

Podía tomar dos o tres cafés cada mañana. Siempre me gustaba sentarme al lado de los grupos que se hacían mientras desayunaban, para participar en esas conversaciones tan interesantes que se tienen antes de abandonar el lugar en el que han descansado.

Cuando no había peregrinos en el comedor, salía a la puerta del albergue y con el café en una mano, me sentaba para ver como el sol trataba de abrirse paso en el horizonte que había a mi derecha. Eran unos minutos muy especiales, pues cada mañana los tapices que se iban formando en el cielo eran diferentes, en ocasiones las nubes realzaban esos espectaculares amaneceres, entonces cerraba los ojos y me dejaba embrujar por el canto de los pájaros que también le daban la bienvenida al nuevo día.

Uno de los momentos más emotivos era cuando los peregrinos se ponían la mochila sobre sus hombros y se disponían a marcharse, entonces nos fundíamos en un abrazo y a veces sin decir nada, dejábamos que el contacto de nuestros cuerpos fuera el que transmitiera todas las emociones, sentimientos y deseos que éramos incapaces de expresar con palabras, porque un nudo en la garganta impedía que los sonidos surgieran con claridad.

Cuando la mayoría se habían marchado, había otro momento que me agradaba vivir cada día. Los peregrinos que habían pernoctado en el pueblo anterior salían del albergue sin haber desayunado, como era muy pronto, tampoco encontraban ningún establecimiento abierto donde poder hacerlo; entonces, cuando llevaban una hora caminando, una señalización anunciando el bar del pueblo les conducía por la puerta del albergue. Algunos preguntaban por el local y a los que no lo hacían, era yo quien les preguntaba si buscaban el bar. Les señalaba donde estaba y veía como se iluminaba su cara, pero a continuación les decía que se encontraba cerrado, entonces el desanimo cambiaba su semblante hasta que les invitaba a que entraran en Santuario, donde podían desayunar todo lo que desearan. Algunos no se lo podían creer, invitarles y sin que por medio hubiera ningún interés pecuniario, eso solo podía ocurrir en lugares mágicos y especiales como en el que nos encontrábamos.

Siempre pensé que lo que peor llevaría sería hacer la limpieza de Santuario para que se encontrara en perfectas condiciones cuando llegaran los peregrinos que nos iba a deparar la nueva jornada, sobre todo la limpieza de los baños, pero enseguida me di cuenta que esos eran unos de los mejores momentos de cada jornada, especialmente cuando después de hacer la limpieza de los baños y las duchas llevaba mis manos a la nariz y aspiraba toda la limpieza que puede transmitir el olor a lejía, en ese momento cerraba los ojos y me dejaba embriagar por el olor a limpio que salía del baño.

Cuando abría la caja donde se recogían los donativos que dejaban los peregrinos para el mantenimiento del albergue, iba apartando los billetes que habían dejado y buscaba las notas con las intenciones que depositaban para que quienes caminaban detrás de ellos las leyeran en los momentos especiales que todas las noches hacíamos en la capilla. Fueron numerosos mensajes, algunos muy emotivos, lastima de no haber podido leer todos por no dominar más que una lengua.

Otro momento especial eran esos minutos que me tomaba cuando ya se había hecho la limpieza del albergue y me sentaba en la cocina preparando un bocadillo de panceta con morcilla que saboreaba casi con gula, ya que después de cinco horas levantado y trabajando sin parar, se agradecía llevar algo de alimento solidó al cuerpo para que recargara las energías que se habían ido perdiendo.

Cuando comenzaban a llegar los peregrinos, a partir de las doce, era un momento muy especial, pues se les veía cansados, sudorosos y con prisa por realizar el trámite del alojamiento. Lo primero que hacía era tratar de cambiar el ritmo que llevaban. En Santuario las prisas no se conocen, todo se hace con calma, con esa pausa que requiere disfrutar de cada momento del camino, y cuando al día siguiente los peregrinos salen sin prisas, nos enorgullecemos por haberlo conseguido.

Además de una sonrisa, les ofrecíamos un vaso de agua fresca, que en los días más calurosos se agradecía de una manera especial; y mientras bebían uno o dos vasos de agua, tratábamos de mantener ese primer contacto antes de hacer los trámites burocráticos del registro.

Aquellos que no se habían provisto de víveres para comer, cuando se daban cuenta del lugar en el que se encontraban, sin tienda o un restaurante donde poder comer, se venían un poco abajo, porque ya sus estómagos reclamaban esa energía consumida a lo largo del día. Entonces, les invitábamos a que compartieran con nosotros lo que había para comer; y no importaba cuanta gente se sentara en la mesa, siempre había un plato abundante para cada uno.

A veces, me quedaba sentado en el sofá que había en la recepción y el cansancio hacía que me sumiera en un profundo sueño del que únicamente me despertaba cuando sentía la presencia de algún recién llegado que requería mi atención.

Antes de la cena, se producía uno de los momentos más íntimos entre todos los peregrinos, ya que se invitaba a todos a que participaran en la elaboración de lo que íbamos a cenar. Unos se encargaban de pelar patatas, otros ponían la mesa, otros cortaba el pan. Todos tenían algo que hacer para compartir con los demás, y eran esos momentos en los que comienzan a intimar y a estrechar unas relaciones que no tenían cuando llegaron allí.

La cena resultaba en ocasiones hasta cómica, pues cuando había muchos peregrinos, teníamos que hacer verdaderas piruetas para que todos pudiéramos cenar a la vez. Desinhibidos por el contacto que habían mantenido durante la elaboración de la cena, los peregrinos se mostraban eufóricos, y en aquella pequeña babel en que cada noche el comedor se convertía, se podían escuchar conversaciones en tres, cuatro o cinco lenguas diferentes; y en contra de lo que pueda parecer, creo que eran comprendidas por todos los que allí nos encontrábamos.

Cuando los peregrinos subían a la pequeña capilla, se producía uno de los momentos más especiales de su camino. Algunos abrían sus corazones y dejaban que todos viéramos su interior, las motivaciones que les llevaban a hacer esta peregrinación, sus sueños, sus esperanzas sus deseos.

Siempre había pensado que este sería el momento más complicado para mí en este lugar, ¿que podía yo decir a aquellas personas con las que en ocasiones no podía ni entenderme? Enseguida comprendí que a pesar de la diferencia del idioma, el tono con que decía las palabras era como un bálsamo para algunos espíritus atormentados. Siempre había alguien que se ofrecía a traducir lo que yo decía, a veces las traducciones se hacían en varios idiomas y cuando mis palabras llegaban al corazón de algunos peregrinos, observaba como la emoción iba saliendo a sus caras y sus ojos se ponían vidriosos. En esos momentos me acercaba hasta él y le daba un abrazo, haciendo que la emoción contenida se desatara; entonces, algunos le imitaban y rompían a llorar, pero siempre había otros brazos que con un fuerte abrazo le daban consuelo hasta que todos nos fundíamos en un profundo y sentido abrazo.

Algunos peregrinos, después de esos emocionantes momentos, dirigían su mirada hacia mí y hacían un gesto, no hacía falta decir nada más, con eso estaba dicho todo, esa mirada me transmitía tantas cosas y, sobre todo, tantas sensaciones, que comprendía que para el peregrino ese momento iba a ser su recuerdo del Camino.

También resultaba muy especial ese momento en el que preparábamos grandes cazuelas de café. Dejábamos que cuando el agua estuviese hirviendo, absorbiera todos los aromas del café, y luego lo dejábamos reposar mientas fumábamos el último cigarrillo del día, acompañándolo con una copa de fuerte aguardiente; y lentamente, cuando ya se había asentado, lo colábamos pasándolo a grandes termos para que estuviera preparado para la mañana siguiente.

Y que decir de cuando cerca de las doce de la noche con mucho sueño y el cuerpo excesivamente cansado sentía el contacto de las suaves sabanas de la cama. Era ese instante en el que casi en un suspiro, por mi mente iban desfilando todos y cada uno de los momentos del día. Transcurrían en escasos segundos, aunque yo los apreciaba como si pasaran a cámara lenta.

No recuerdo, por fin, con cuales de estos momentos del día me quedé para que fuera mi momento especial. Creo que me quedé sumido en un profundo sueño, y seguramente, mientras dormía, fui reviviendo todos los momentos de ese día, y estoy seguro que no se pasó por alto ninguno de ellos, porque al final todos fueron muy especiales.