almeida – 10 de mayo 2014.

Reconozco que a pesar de los años que llevo en los diferentes caminos, hay situaciones que pueden ser de lo más corrientes, incluso alguna vez he llegado a pensar en ellas pero no he tenido nunca la ocasión de vivirlas o verlas personalmente.

Cuando Jaime se puso a contar esas anécdotas que había vivido en alguno de sus caminos, hubo una que me resultó especialmente simpática, porque imaginaba según lo iba narrando cada una de las escenas que me iba describiendo.

Para recorrer su primer Camino, se fue hasta una tienda de deportes en la que podía equiparse de casi todo lo que iba a necesitar y compró las prendas de marca que la mayoría de los peregrinos suelen utilizar. Eran las que había visto que llevaban la muchos peregrinos y no deseaba desentonar con aquellos que eran más veteranos que él.

Una de las cosas en las que tuvo especial cuidado a la hora de adquirirlas fueron sus botas. Había leído en varios sitios que constituyen el principal elemento que el peregrino debe tener y sobre todo se cercioró que fueran unas buenas botas que debían soportar sin contratiempo los casi dos millones de pasos que iba a dar en su camino.

Eran de una buena marca y comprobó que el numero 41 se ajustaba como un guante a sus pies. No obstante, después de comprarlas realizó largas caminatas para que se fueran domando y cuanto más caminaba, más satisfecho se encontraba de aquella adquisición.

Según iban pasando las jornadas, Jaime se encontraba cada día más satisfecho de la compra que había hecho porque mientras que los que iban caminado a su lado, sufrían las temibles ampollas, sus pies, se encontraban como el día que comenzó a caminar y lo achacaba a las buenas botas que se había comprado.

Cuando llevaba más de la mitad de su camino recorrido, un día llegó a un albergue grande que acogía a más de 100 peregrinos y dejó sus botas junto a las de los demás en un mueble de madera destinado a este fin.

Fue uno de esos días en los que disfrutas de los lugares por los que vas pasando y cada vez sientes más cercana la meta. Con calma fue recorriendo la ciudad, visitando algunos de los lugares emblemáticos del Camino y cuando se fue formando un grupo amplio de los peregrinos que iban coincidiendo cada jornada, decidieron irse a la parte vieja a celebrar haber superado el ecuador del camino y sentir tan cercana la meta.

Las cervezas y los vinos que fueron cayendo uno tras otro, alegraron esa jornada de una manera especial y esa noche, no fue necesario recorrer mentalmente todo lo que le había aportado la jornada porque en el momento que sintió su almohada en la cabeza, el sueño se apoderó de su mente, quizá como consecuencia del cansancio o de los efectos del alcohol ingerido.

Pero, el Camino no se detenía, al día siguiente había que continuar y a la misma hora de todos los días, la alarma del móvil despertó a Jaime, aunque en esta ocasión notó que le costaba un poco más levantarse de la litera.

Cuando tuvo todo preparado, se calzó las botas y se dispuso a afrontar una nueva jornada. La mañana, estaba resultando algo más fresca que los días anteriores y tenía la sensación que caminaba algo más suelto que otros días, quizá fuera que todavía no se habían pasado los efectos del excelente vino de la tierra, el caso era que tenía la sensación de caminar mucho más ligero y estaba avanzando más que otros días.

Cuando hizo la primera parada para descansar mientras se fumaba un cigarrillo, volvió a mirar sus botas y vio algo extraño en ellas. Observaba unas rozaduras que no estaban la jornada anterior y cuando las miró más detenidamente se dio cuenta que no eran sus botas, era el mismo modelo de la misma marca, pero estaba caminando con un número 42 en lugar del 41 que era el que había adquirido.

Lo primero que vino a su mente fue la imagen de un peregrino en el albergue que estaba tratando de ponerse unas botas de un número inferior y se había quedado allí porque su número se lo había apropiado otro.

Regresaría al albergue para disculparse y hacer el cambio para que el peregrino pudiera iniciar su jornada. Como tenía el teléfono del albergue les llamó para explicarles lo que había ocurrido y que le dijeran al peregrino que en poco más de una hora estaría de nuevo allí y este podría comenzar su jornada, pero en el albergue le dijeron que no quedaba ningún peregrino, todos se habían marchado ya.

Jaime pensó en el pobre peregrino con unas botas que no eran las suyas y le estarían mortificando y lamentó haber sido tan despistado y que alguien estuviera sufriendo por su culpa y se le ocurrió una idea para reparar cuanto antes su error.

Cogió la libreta que tenía para sus notas y fue escribiendo en cada hoja un mensaje para el peregrino con su número de teléfono para que cuando lo viera, se pusiera en contacto con él y deshicieran el entuerto lo antes posible para que el peregrino no sufriera con unas botas de un número inferior.

Cada kilómetro más o menos, iba dejando una de las notas. Unas veces en un árbol junto al camino, otras en una piedra o en cualquier lugar que fuera lo suficientemente visible para que no pasara inadvertido.

Ahora, Jaime iba caminando muy despacio, no quería alejarse mucho de donde se encontrara aquel desdichado y los peregrinos que iban por detrás de él, pronto le fueron pasando hasta que vio acercarse a un peregrino que venía caminando sólo y en lugar de mirarle como antes hacía, se fijó en sus botas y las reconoció ¡eran las suyas!

Sin pensarlo, se fue a su encuentro con los brazos abiertos y el peregrino al verle acercarse también abrió los brazos y se fundieron en un abrazo.

Era un francés que no hablaba ni una sola palabra en castellano y ante aquellas muestras de euforia y aprecio sonreía constantemente sin saber que era lo que motivaba a aquel desconocido a ser tan efusivo.

Jaime le mostró las botas señalando las que llevaba puestas el peregrino. Eran idénticas y el peregrino sonreía  sin saber muy bien porque lo hacía, quizá fuera por la casualidad de llevar el mismo modelo de calzado, pero al ver tan contento a aquel peregrino que le estaba esperando, él también se mostraba muy contento.

Jaime se sentó en una piedra y comenzó a desatarse las botas y cuando las soltó se las ofreció al peregrino francés para que el hiciera lo mismo, entonces este se negó a cambiarlas y cambió el gesto de su cara poniéndose un poco más serio. Jaime trataba de hacerle ver la confusión, pero el peregrino no estaba dispuesto a cambiar sus botas con las de un desconocido.

En ese momento llegaron dos peregrinos italianos que al ver a Jaime con las botas en la mano le preguntaron si era él quien había ido dejando los mensajes que todos estaban viendo por el Camino y este les explicó la situación que se había producido y como ahora que había encontrado sus botas, el peregrino no quería cambiarlas.

Uno de los italianos hablaba francés y fue traduciendo cuanto Jaime le iba diciendo y en ese momento comprendió lo que pasaba, cuando miró el número de las botas que llevaba puestas, vio que no eran las suyas.

Al ponerse de nuevo sus botas el peregrino sintió cierto alivio. Confesaba que había notado el cambio, pero lo achacaba a que se le habían hinchado los pies y por eso no le dio más importancia a que le estuvieran más prietas que otros días.

Cuando llegaron al albergue, casi todos le conocían por el chico de las botas y un buen numero de peregrinos fue guardando en sus móviles el teléfono que Jaime había dejado en las notas y desde ese día recibe con frecuencia alguna llamada de los que recorrieron con él esa jornada tan especial del Camino.