almeida – 21 de octubre de 2015.

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            Santi y Mari son dos hospitaleros veteranos, habían ofrecido la hospitalidad en algunos de los albergues más significativos del camino y cuando no estaban recorriéndolo como peregrinos,

 

eran felices cuando realizaban su trabajo en cualquier albergue del camino y los peregrinos a los que acogían, comenzaban siempre una nueva jornada cargados de ilusión, esa que sabían tan bien proporcionar esta pareja de hospitaleros cada mañana.

            Ese verano, sus planes se truncaron, tenían previsto acudir a un albergue que era uno de sus sueños, pero el otro Santi, el de los peregrinos, que siempre sabe lo que tiene que hacer, trastocó sus planes e hizo que se desplazaran a un pequeño albergue en tierras de Castilla.

            La contrariedad inicial pronto quedo en el olvido, este albergue estaba más próximo a su casa y tendrían la oportunidad de disfrutar un día con su nieto, el pequeño Julen que iría con sus padres para visitar a los abuelos.

            Cuando Santi vio a su nieto por primera vez, lo primero que hizo, aun estando en la cunita del hospital fue llevarle un pequeño bordón y una vieira, ya desde el primer día soñaba con recorrer en alguna ocasión el camino junto a él y ahora iba a disfrutar durante un día de un compañero hospitalero muy especial, su nieto.

            El albergue, una gran casa castellana, era el lugar idóneo para que un niño de poco más de un año correteara por él, el suelo y las escaleras de madera hacían que sus pasos sonaran como antes nunca los había escuchado, por lo que no paraba quieto corriendo de un lado a otro.

            Cuando se cansaba de que sus pequeños pies hicieran retumbar toda la estancia, entonces salía al amplio patio que había en la parte trasera del albergue, era un nuevo mundo para él donde podía disfrutar de esa naturaleza que en su piso no conocía. Los pequeños manzanos temblaban cada vez que Julen se acercaba a ellos ya que en cada embestida caía alguno de los frutos que estaban madurando y el pequeño se agachaba a recogerlos para lanzarlos a los pájaros que se atrevían a acercarse por aquel lugar.

            Los peregrinos que iban llegando al albergue, al ver a un hospitalero tan joven, no dejaban de hacerle carantoñas, enseguida se convirtió en el centro de la vida de aquel albergue.

            Cuando su abuelo se acomodó en la recepción para ir recibiendo a los peregrinos, Julen se sentó sobre sus rodillas y con su lengua de trapo iban comentando las cosas que había que hacer cuando un peregrino asomaba por la puerta. El niño miraba a su abuelo abriendo al máximo sus grandes ojos negros como si comprendiera todo lo que éste le decía.

            Al llegar el primer peregrino, el niño bajó del asiento en el que su abuelo le había puesto y fue hacia el peregrino para sujetar su bordón mientras Santi tomaba los datos en el registro. Luego los dos acompañaban al peregrino hasta el cuarto donde iba a pasar la noche y el niño observaba con atención lo que su abuelo le decía al peregrino.

            Santi se encontraba encantado, no había soñado que un año después de haberle regalado el bordón, Julen estuviera con él ofreciendo la hospitalidad en el albergue, ahora su imaginación se desplazaba a ese momento en el que pudieran caminar juntos, harían primero algunos tramos cortos de etapas fáciles que se irían incrementando cada año.

            En el cajón de la mesa había unas flechas amarillas hechas con papel que Santi regalaba a cada peregrino que llegaba, ahora era Julen quien se encargaba de coger una flecha nada más ver que había alguien traspasando la puerta del albergue.

            Santi comentaba en voz alta todo lo que había que hacer, de esa forma el pequeño iba escuchando las lecciones que el veterano daría a cualquier novel hospitalero que le hubiera correspondido como compañero.

            De esta forma, fue transcurriendo un día muy feliz para Santi, pensó en la fortuna que había tenido al estar ocupado el albergue inicial al que pensaba haber ido, no había soñado en ningún momento contar con una compañía tan placentera.

            Julen no paraba quieto, toda la energía que su pequeño cuerpo tenía acumulada, la estaba perdiendo de forma acelerada, o quizá también el resto de los días le ocurría lo mismo, pero Santi no encontraba la ocasión de pasar tanto tiempo con él por lo que se asombraba de la capacidad de aguante que tenía su nieto.

            Cuando ya las fuerzas comenzaron a flaquear, el pequeño comenzó a dar muestras de cansancio y el abuelo que quería mantenerlo a su lado, en el pequeño sofá que había en la sala le improviso una cama donde nada más acostarse cayo en los brazos de Morfeo.

            Mientras el niño dormía plácidamente, su abuelo vigilaba su sueño, daba la impresión que se le caía la baba observándole hasta que se encontró caminando con el pequeño Julen en el camino.

            Estaban realizando una etapa con una abundante vegetación, Santi no conocía este tramo del Camino y seguía a Julen que caminaba con su pequeña mochila a la espalda y el pequeño bordón que un día le dejaron en su cuna.

            Julen le iba explicando lo que el camino significaba y lo que iban a ver en la etapa, parecía tan conocedor de lo que hablaba que Santi no podía entenderlo, solo seguía sus pasos y dejaba que el pequeño le guiara.

            Al cabo de un rato, sintió como le zarandeaban agarrándole del hombro, era Mari que había estado observando como los dos hospitaleros dormían plácidamente.

            Santi se incorporó, no con la sensación de haber tenido un sueño, sino con la percepción de haber estado viviendo el futuro.