almeida – 11 de mayo de 2014.

Cuando le dijeron que padecía cáncer, como si fuera un castillo de naipes, todo su mundo se vino abajo. Desaparecieron los sueños que se había ido forjando y las ilusiones se fueron muriendo, dejaron de tener ese futuro que algún día se había imaginado para cada una de ellas.

También fue perdiendo lo que creía que iba a conservar siempre y la mujer en la que siempre había encontrado ese apoyo tan necesario comenzó a alejarse de su lado hasta que desapareció por completo de su vida.

Ahora, solo le quedaba afrontar esa dura realidad con la que debía convivir hasta que llegara el fatídico momento en el que todo se precipitara y sobre todo, que fuera lo menos traumático posible.

Las sucesivas revisiones que fue teniendo con diferentes especialistas, le dijeron que inexplicablemente el mal había desaparecido, pero para él, la enfermedad ya había causado todo el daño que podía hacer y apenas sintió alivio al recibir la noticia que había desaparecido de su cuerpo, no obstante se fue planteando su vida de otra manera.

Pasaron los años y en una nueva revisión que se hizo, le diagnosticaron de nuevo la misma enfermedad, pero en esta ocasión le comunicaron que se encontraba muy extendida, tenía metástasis y no quiso volver a pasar por lo mismo de antes por lo que dejó todo y desapareció de lo que había sido hasta entonces su mundo.

Siempre había soñado con recorrer el Camino de Santiago y creyó que era el momento de poder vivir ese sueño. Hizo los preparativos necesarios y se fue al Camino, no quería volver a estar entre médicos, estaba convencido que lo que tuviera que ocurrir, inevitablemente ocurriría y el no podía ni se encontraba con fuerzas para evitarlo.

Cuando puso sus pies en el Camino, comenzó a sentirse libre, únicamente pensaba en cada jornada que tenía por delante y si acaso un poco en la del día siguiente, ese era su horizonte y no deseaba por nada evitarlo ni modificarlo.

Ahora vivía con intensidad cada uno de los minutos del día porque estaba convencido que eran irrepetibles y sobre todo, cada instante era único, por lo que disfrutaba como nunca lo había hecho de cada instante que pasaba en el camino.

Un día que se encontraba sentado descansando en el remanso del río, vio surgir entre las nubes un aguilucho que planeaba dando círculos como si estuviera siguiendo a una presa y se quedó observándolo. El ave, fue estrechando cada vez más el perímetro de su vuelo y se posó en una rama que sobresalía del árbol en el que estaba apoyado el peregrino y los dos se observaron manteniendo las distancias. El peregrino con cuidado sacó de su mochila algo de comida que llevaba y la fue extendiendo y la rapaz planeó hasta unos metros de donde se encontraba el peregrino y fue comiendo las migajas que este había echado hasta que después de una hora tanteándose, el ave venció las reticencias iniciales y se posó en la mochila del peregrino y este fue dándole más comida que el animal engullía con avidez.

Pasaron varias horas y finalmente consiguió establecerse un contacto físico, el animal posó sus garras en la mano del peregrino y este fue palpando con suavidad el plumón de su pecho sin sentir rechazo alguno.

Para el peregrino aquello era una señal o al menos así lo interpretó y dejó de caminar, se quedó allí disfrutando de la nueva compañía que el Camino le había aportado hasta que cayó en un profundo sueño.

Cuando se despertó, creyó que todo había sido fruto de su imaginación hasta que se dio cuenta que el ave seguía en el mismo sitio, estaba en la parte alta de su mochila y le miraba con sus ojos grandes como si esperara ver lo que el peregrino decía que debía hacerse.

Pasaron el día juntos en el mismo lugar y por la tarde una hembra de la misma especie se acercó donde la pareja se encontraba y también fue haciendo el mismo proceso que su compañero hasta que se acercó donde los dos se encontraban.

El peregrino, imaginó que esa señal que acababa de recibir, era para que se quedara en aquel lugar y plantó allí una tienda de campaña que llevaba y comenzó a disfrutar de la compañía de aquella pareja de aves que parecían encontrarse muy a gusto con el peregrino.

Cuando pasé por aquel lugar, junto al sitio en el que el peregrino se había establecido, no solo se encontraba la pareja de aguiluchos, también se habían ido incorporando algún halcón y hasta un pequeño águila que pasaba más tiempo en las ramas altas del árbol.

El peregrino hizo de aquel lugar su hogar y hasta los lugareños se habían acostumbrado a su presencia en compañía de las rapaces y la terrible enfermedad que tres años antes le habían diagnosticado, no le había vuelto a producir ninguna molestia, era como si los males hubieran ido volando en compañía de aquellas aves que ahora representaban todo su mundo y con las que se encontraba tan a gusto