almeida – 5 de mayo de 2014.

La Picaresca, es una peculiaridad a la que desgraciadamente estamos acostumbrados porque siempre la hemos visto a nuestro alrededor y de pequeños nos hemos ido formando con algunas obras cumbre de nuestra literatura en las que el pícaro, era el protagonista de las historias que escuchábamos o leíamos.

Los picaros han sabido buscar ese estado en el que ofrecen un plus de lástima para que las bondadosas mentes ingenuas acaben por compadecerse y bajen la guardia de las precauciones que se suelen tomar ante los desconocidos.

En el Camino, también han sido frecuentes estos personajes que se situaban a la entrada de los pueblos para engatusar a los peregrinos y llevarles donde ellos deseaban mostrándole unas bondades que luego generalmente no se correspondían con la realidad, pero cuando trataban de reaccionar ya era demasiado tarde.

Hace unos días, llego hasta el albergue de Tábara un personaje que podíamos ubicarle en esta categoría porque seguro que fue un pícaro para finalmente convertirse en uno de esos sinvergüenzas que van dañando la imagen que muchos tienen y esperan ver de los peregrinos.

Venía vestido de peregrino y en él prodigaban si cabe un poco más los símbolos jacobeos, pero llamaba la atención por no llevar mochila. Según aseguraba la había dejado en uno de los bares del pueblo para no estar cargado con ella mientras se cercioraba que el albergue estaba abierto y en su mano izquierda portaba una muleta que le ayudaba a caminar.

Fue mostrando diferentes credenciales de los caminos que según aseguraba había recorrido y tenía vendado uno de los pies porque aseguraba que debido al problema que sufría de diabetes, le habían tenido que seccionar los dedos de uno de los pies.

A simple vista, era una de esas personas que nada mas verle, sientes compasión de él y te ofreces a ayudarle en todo lo que necesite, pero había algo en este personaje que no me llegó a gustar y en ningún momento bajé la guardia, le hice ver que el albergue estaba atendido por hospitaleros que se preocupaban del bienestar y el confort de los peregrinos que estaban alojados.

Aseguró que volvería, iría a por su mochila y regresaría para que le acogiéramos como a un peregrino más, aunque ese instinto que a veces nos sale, me hizo pensar que no volvería, sobre todo cuando le aseguré  en varias ocasiones, que su cara me resultaba muy familiar y mientras regresaba trataría de recordar donde le había visto antes.

Una hora después, viendo que no regresaba, llamé a algunos albergues de los alrededores para ponerles en alerta, quizá fuera una impresión equivocada, pero no estaba demás tomar las precauciones necesarias.

Como imaginaba, el “falso peregrino”, no regresó, lo que comenzaba a ratificar mis sospechas iniciales. Pero en alguno de los bares del pueblo me hablaron de él, de lo buen peregrino que era ya que por Tábara había pasado varios años y era de sobra conocido y también algunos peregrinos que se encontraban en el albergue, aseguraban haber coincidido jornadas anteriores con él y alababan que a pesar de la amputación de los dedos seguía adelante.

Estos comentarios me volvieron a hacer dudar de mi instinto, pero como se suele decir frecuentemente, la primera impresión es la que vale y en pocas ocasiones suele fallarnos.

Ayer domingo, a través de los foros me llegó una noticia de un amigo que ratificaba todo lo que había pensado. Él lo llamaba el peregrino gallofo, imagino que esta es la definición que se hacía antes de estos personajes y gallofo con el paso del tiempo ha derivado en golfo o sinvergüenza como yo le calificaría.

Aprovechando la bondad de las personas, este personaje llegó a Villalón de Campos en el Camino de Madrid y le propuso al alcalde hacerse cargo durante unos días del albergue de peregrinos de la localidad. De esa forma el se reponía de sus dolencias y los peregrinos se encontraban atendidos por un hospitalero. El alcalde se compadeció de esta persona y creyó cuanto le decía y le dejó las llaves para que se hiciera cargo mientras lo necesitara del albergue.

Una semana más tarde, el pícaro o sinvergüenza, había desaparecido y se había apropiado de pertenencias que no eran suyas y entre los recuerdos que se llevó del albergue desvalijó la caja de la recaudación de los peregrinos que por el número que habían pasado y el importe que se les cobraba, se calcula en unos 200 € lo sustraído por este personaje.

Ahora, lo tenemos localizado por el Camino Sanabrés y hasta que se le detenga, seguirá haciendo las mismas fechorías, por eso, todas las precauciones si vemos llegar a esta persona son pocas para evitar ser victimas de desaprensivos como el que describo.