almeida –4 de mayo de 2014.

En lugares como Santuario, donde muchos días hay que hacer comida, cena y desayuno para veinte o treinta personas, el avituallamiento a veces es complicado ya que no resulta fácil prever la comida no sabiendo si ese día vas a tener que dar de comer a diez o treinta personas.

Procuramos establecer unos mínimos que siempre debe haber en la despensa, pero esto también suele ser solo un deseo, porque la improvisación es permanente pues cuando llega más gente de la prevista, se recurre a lo que hay más a mano.

Las compras se hacen casi a diario ya que hay productos perecederos y de primera necesidad que es conveniente hacerlo de esa forma, por eso resulta un espectáculo cuando hay que hacer la compra semanal, en ocasiones el maletero de un solo coche puede resultar pequeño para acoger tanta mercancía.

Pero en aquellos momentos que falta alguna cosa en la despensa, Santi de una u otra forma siempre provee.

En una ocasión, no controlamos la compra de lechugas para las ensaladas, hay que decir que el lugar donde se encuentra Santuario no dispone de ninguna tienda para hacer las compras, hay que desplazarse varios kilómetros y a veces ninguno de los hospitaleros cuenta con vehiculo para desplazarse por lo que hay que traer la compra a cuestas.

En esa ocasión nos llamó un vecino que se encontraba en la huerta y tenía docenas de lechugas que estaban saliendo todas a la vez y se iban a estropear, creo que solo con ver el gesto de alegría que le hicimos, fue suficiente para que cargara una carretilla con lechugas y las llevara a Santuario proveyéndonos de verdura para una semana.

En otra ocasión fueron tres cubos llenos de calabacines, que alimentaron durante cinco días a los peregrinos que llegaban a Santuario.

Pero la mayor satisfacción fue cuando mi compañero me decía que había que buscar una alternativa para el postre que dábamos a los peregrinos, solíamos comprar cajas de manzanas ya que era una fruta nutritiva y les gustaba a todos.

Yo pensaba que no importaba mucho que todos los días diéramos manzanas ya que los peregrinos todos los días eran diferentes, pero él seguía insistiendo que debíamos ofrecer variedad.

Sin saber como, ni tampoco ella se había enterado de nuestra conversación, apareció una vecina con un cubo repleto de fresas que había cogido en su huerto.

Sirvieron para poner de postre un día un buen cuenco de fresas para cada uno, al día siguiente otro cuenco de fresas con vino tinto y, cuando ya estaban perdiendo algo de su lustre, hicimos una exquisita macedonia, en la que predominaban las fresas con un sabor que todavía nos recordaba a su crecimiento de forma natural en la huerta de al lado, donde no se utilizaba ningún herbicida para su crecimiento.

Por eso, siempre que estoy en uno de esos lugares en los que también se alimenta el cuerpo de los peregrinos, nunca me preocupo por el avituallamiento ya que sé que Santi siempre acaba proveyendo cuando más necesidades se tienen.