almeida – 3 de mayo de 2014.

Siempre he admirado el desparpajo de los peregrinos extranjeros hablando nuestra lengua, aunque en algunas ocasiones le dan alguna que otra pedrada al diccionario; pero hay que alabar su atrevimiento. En muchas ocasiones se atreven con palabras que para ellos suelen ser muy complicadas de pronunciar.

Nosotros somos diferentes, el agudizado sentido del ridículo en numerosas ocasiones, nos impide tener esa frescura en la conversación que muestran los que proceden de más allá de los Pirineos.

Cuando los hospitaleros comentamos las anécdotas del albergue, este suele ser uno de los temas más recurrentes y si por medio hay una botella de orujo, aunque sea de hierbas, hasta permite que el ingenio se agudice de una forma especial.

Nos encontrábamos en una de esas situaciones, hacía ya más de una hora que los peregrinos se encontraban durmiendo, alrededor de la mesa de la cocina, con los vasos a medio llenar, fuimos comentando algunas de estas anécdotas entrañables.

En una ocasión, una peregrina oriental le decía a uno de los hospitaleros que quería visitar a “San Milán de la Cogola” y preguntaba cuál era la forma más económica que tenía de llegar hasta allí.

Yo me encontraba a punto de terminar mi quincena como hospitalero y todavía no había ido a visitar el monasterio del monje eremita, por lo que me ofrecí a llevarla y de esa forma, además de cumplir los deseos de la peregrina, también yo visitaba ese lugar del que tanto había oído hablar y deseaba conocer.

Fueron tantas las veces que escuché de los labios de aquella peregrina aquel nombre tan sonoro y distorsionado de una forma tan especial, que casi yo también estuve a punto de cambiar su nombre al bueno de Millán.

Los orientales suelen ser los más ocurrentes y los que cuando pronuncian un nombre para ellos impronunciable lo hacen con una gracia especial, tanto que en algunas ocasiones se puede llegar a creer que tienen algún lejano cruce andaluz.

En otra ocasión, para celebrar un acontecimiento importante, compré dos ristras grandes de morcilla y los fui cocinando en una sartén en la cocina del albergue.

El aroma que la fritura iba desprendiendo, se fue adueñando de los rincones más escondidos del albergue y surgió el milagro. De todos los lugares fueron saliendo los peregrinos extranjeros para comprobar qué era lo que ocasionaba aquel olor tan penetrante; y supongo que tan agradable.

Fui colocando los pedazos de morcilla, según los sacaba de la sartén, sobre dos grandes platos que había encima de la mesa. El espectáculo era digno de un bodegón captado por los mejores artistas. Los peregrinos, al ver las dos fuentes, miraban con algo de asombro, no me cabía duda que el color les podía hacer rechazar aquella exquisitez, pero estaba seguro que enseguida se impondría el olfato; que les aseguraba que lo que bien huele, suele saber mejor.

Con gestos, fui invitando a todos para que se sentaran y comieran, creo que no tuve que ser muy insistente ya que la docena de asientos que había alrededor de la mesa se ocuparon inmediatamente.

Una de las peregrinas, también oriental, que se encontraba frente a mí, después de pinchar con un tenedor un pedazo de morcilla y colocarla sobre un plato, metió en su boca un pequeño pedazo y tras saborearlo me dijo:

—Very good, ¿Qué ser esto?

—Morcilla —le dije.

—¡Oh mocila! Muy buena mocila.

—¡No, morcilla, mor-ci-lla! —insistí.

—Bueno, muy bueno la mocila.

—¡Qué no!, así parece que dices nocilla y eso es otra cosa, se dice mor-ci-lla.

—A mi gustar mucho mocila —siguió insistiendo la peregrina.

Dejé que para ella, aquella exquisitez, siguiera siendo mocila; que más daba si los dos sabíamos de lo que estábamos hablando y porque se llamara de una u otra forma su sabor no iba a cambiar. Aunque imaginé que en algún otro momento del Camino ella pediría su mocila y la sacarán la crema que se elabora con cacao y avellanas, entonces descubriría un nuevo sabor, que seguro que también acabaría encantándola.

Otra anécdota curiosa ocurrió en la cocina de Santuario. El compañero que tenía de hospitalero había puesto en una cazuela, toda la mañana al fuego, unas verduras y unos huesos que nos habían regalado en la carnicería. Se estaba produciendo una fusión de sabores que daba como resultado un caldo con un aspecto envidiable. Mi compañero pensó que era el ingrediente idóneo para cocer unos garbanzos, solo el fuego lento se encargaría de que se fueran impregnando los sabores de lo que había en la cazuela con las legumbres, después de un bullir muy cadencioso.

Cogió un paquete de garbanzos de la despensa y los puso a remojar en agua para que se fueran ablandando.

Me encontraba sentado en un extremo de la mesa de la cocina, estaba tomando un café con leche y no pensaba en nada en concreto, mi mente debía estar en algún limbo perdido. En ese momento entraron dos peregrinas para prepararse una infusión.

Eran dos jóvenes italianas; y he de decir que serían las peregrinas más hermosas que jamás se pudieron contemplar en un albergue. No llegué a interesarme por su profesión, pero estoy convencido que tenían que ser modelos profesionales de las pasarelas de moda.

Las vestimentas que llevaban se ajustaban perfectamente a aquellos cuerpos que parecían cincelados por el gran Miguel Ángel. Con el rabillo del ojo oteaba cada una de aquellas curvas perfectas, estoy seguro que sabían que estaban siendo observadas, aunque me imagino que ya estarían acostumbradas a que todos los ojos del Camino se posaran en aquellos cuerpos y guardaran en sus retinas aquella hermosura que llegaba a ser insultante; sobre todo cuando sabías de antemano, que el único sentido que podía disfrutar de aquellos cuerpos era el que estaba en esos momentos tratando de captar cada centímetro que estaba ante nuestra vista.

Si alguien en ese momento hubiera tratado de buscarlas algún defecto, estoy seguro que me hubiera arrojado a su cuello por insensato y por mentiroso.

Solo pensaba en la perfección, por fin había sido afortunado de poder contemplarla, creo que eso era lo que en esos momentos estaba ocupando por completo mi mente.

Sin darme cuenta, porque yo estaba a lo que estaba, en ese momento entró en la cocina un peregrino italiano, era robusto y eufórico; supongo que estaba celebrando con el Camino haberse jubilado recientemente, no le oí entrar, pero si escuche el grito que dio:

—¡Oh chichi! —exclamó emocionado.

Pensé que se me había pasado por alto alguna cosa que las peregrinas estaban mostrando y que yo no podía ver, por lo que ya descaradamente volví a recorrer con la vista aquellos contornos que parecían escapados del Olimpo, pero debía encontrarme ciego de emoción porque seguía sin ver nada, qué sería lo que el peregrino que no cesaba de decir ¡chichi, chichi!, estaba viendo y a mí me era vetado.

Incapaz de adivinar aquel paraíso imaginario que el veía y a mí me estaba resultando imposible contemplar, haciendo un gran esfuerzo, aparte mi vista de aquellas diosas para observar al peregrino que seguía gritando ¡chichi, chichi!, mientras señalaba la cazuela en la que se estaban ablandando los garbanzos.

En ese momento me enteré que en italiano los garbanzos se llaman chichis y pensé en mi ignorancia, que un tanto interesada, había sido confundida.

Pero sin duda, una de las anécdotas más curiosas, fue la que protagonizó una peregrina coreana. Los peregrinos de este país cada vez son más habituales en el camino y resulta gratificante verlos ya que son educados, amables, silenciosos. Como dice un buen amigo del pueblo sevillano de Coria del Río, sus paisanos son buena gente. Él les llama paisanos porque ellos son koreanos y el es coriano, vamos, casi de la misma zona.

Pues, como digo, en una ocasión llegó hasta Santuario una peregrina coreana, era dulce y menuda, siempre con la sonrisa en sus labios y cada vez que asentía, lo hacía con una reverencia.

Cuando hablaba, su voz sonaba muy delicada y mezclaba sin querer el castellano con el inglés, eso era algo frecuente en el Camino, lo importante era hacerse comprender y ella lo estaba consiguiendo.

—Muy simpáticos peregrinos españoles —dijo —todos son good.

—Como todos los peregrinos —respondí —es lo bueno que tiene el Camino, la gente saca lo mejor que tiene y su comportamiento es excepcional.

—¡Oh, todos no! —dijo ella —solo españoles simpáticos.

Por la parte que me tocaba, me agradó esta distinción que hacía, aunque no estaba de acuerdo con ella ya que considero, que como en la vida hay gente más o menos simpática, en todos los sitios y el Camino no deja de ser fiel reflejo de la vida misma.

—Bueno —la dije —seguro que simpáticos, amables y generosos son todos, quizás todos te hayan parecido españoles, pero estoy seguro que serían de todos los lugares.

—No, yo saber de dónde son los peregrinos y cuando saludo a un grupo, solo españoles sonríen de forma mucho simpatiaza.

—¿Y qué es lo que les dices? —pregunté.

—Pues saludo a todos y les digo buen chomino.

—Entonces sí, si tú les saludas así, estoy seguro que los peregrinos españoles son los más simpáticos. ¿Y qué te dicen ellos?

—Nada. Siempre ríen y algunos me responden lo mismo que yo les digo.

Estuve a punto de explicarle el significado de las palabras que ella decía o lo que se podía interpretar de las mismas, pero aún hoy, después de darle muchas vueltas, estoy seguro que no hubiera encontrado las palabras precisas para hacérselo comprender.

Además, quién era yo para privar a aquella joven de la ilusión que estaba ofreciendo a los peregrinos españoles. Tampoco quise robarle todas las sonrisas picaronas que la esperaban, hasta que viera cumplida su peregrinación en Santiago.