almeida –21 de febrero de 2015.

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Todos los que venían haciendo el camino, tenían sitio en el albergue, allí no se les preguntaba por sus creencias ni su ideología,

ni tan siquiera por las motivaciones que les impulsaban a hacer el camino.

Era la casa de los peregrinos y quienes a ella llegaban, eran bien acogidos.

     La acogida que ofrecíamos era la tradicional en el camino, se daba un lugar confortable para que los cuerpos de los peregrinos pudieran reponerse del cansancio que les había ocasionado aquella jornada y por la noche se les ofrecía una cena comunitaria para todos y a la mañana siguiente se les obsequiaba con un nutritivo desayuno para que cogieran fuerzas para hacer la etapa que tenían por delante.

     A cambio de todo esto, no se les pedía nada, solo se les aconsejaba dejar un donativo que permitiera mantener el albergue y proporcionar a los peregrinos que venían por detrás lo que a ellos se les había ofrecido, pero era algo voluntario que lo hacían de forma anónima, ya que la caja en la que se recogían los donativos se encontraba fuera de las miradas de cuantos se encontraban en el albergue.

     Generalmente, los peregrinos que llegaban hasta allí, eran siempre los que tenían que llegar y a los que nosotros debíamos acoger, pero como en cualquier orden de la vida siempre hay excepciones que confirman cualquier regla.

     Cierto día, llegó hasta el albergue Marcos, era un joven que parecía como los demás, pero había algo en él que lo hacía diferente, no sé si su forma de vestir o como llevaba sus pertenencias en una mochila que ya estaba pidiendo el relevo ya que debía llevar recorridos muchos caminos, pero era una observación en la que más tarde me percaté ya que al llegar, le vi o traté de verlo como un peregrino más de los que ese día habían llegado.

     -Buenos días – le dije nada más verlo – sé bienvenido al albergue.

     -Hola – respondió él – hay sitio libre.

     Le comenté que en aquel lugar siempre había sitio para los peregrinos que llegaban y cuando no lo hubiera, se hacía en cualquier lugar. Le expliqué las pocas normas que teníamos y como por los servicios que iba a recibir, no se le exigía nada a cambio, solo se le pedía que colaborara en el mantenimiento del albergue.

     -Ya lo sé – respondió – sé que es de donativo y por eso he venido hasta aquí ya que no tengo ni un solo duro, estoy haciendo el camino al estilo de los antiguos peregrinos, he comenzado sin un solo céntimo en el camino y así espero llegar, además, me gusta este estilo de vida y creo que todos deberíamos hacer lo mismo en alguna ocasión.

     La verdad es que su respuesta no era nueva, aunque si diferente, otros peregrinos que se encontraban en una situación precaria, lo decían nada más llegar, pero además se ofrecían a colaborar en lo que fuera necesario para compensar de alguna manera lo que se les estaba ofreciendo.

     Como éstas eran situaciones que no debían importarnos a los que nos encontrábamos allí, tampoco le dimos importancia, siempre he dicho que cuando me encuentro colaborando en estos lugares de una forma altruista, es porque yo quiero y el día que me lleguen a importar estas cosas, tendré que plantearme de nuevo si realmente sirvo para esto.

     Pero no por ello, aunque no trato de juzgar a nadie, sí me gusta observar las reacciones de las personas, al menos para saber siempre con quien estoy compartiendo lo que estoy haciendo.

     Observé que Marcos ya era conocido entre la mayoría de aquellas personas que se encontraban en el albergue y cuando se acercaba a algún grupo que estaba en el patio, éste se iba deshaciendo a los pocos minutos dejándole solo a él.

     A pesar de estar sin dinero, fumaba constantemente, sabía acercarse a aquellos fumadores que no se atrevían a negarle un cigarrillo, aunque a veces el descaro de marcos era ostensible ya que en ocasiones cogía dos.

     -Este para luego, así no tengo que pedírtelo – decía sin ningún rubor.

     Cuando los peregrinos con los que estaba decidían marchar a tomar una copa al bar, Marcos se iba con ellos y no tomaba una ni dos, participaba en todas las rondas que los demás pagaban excepto la que le hubiera correspondido pagar a él, que como no tenía dinero, no podía invitar.

     En una de las ocasiones que se encontraban en una de las mesas del patio, me acerqué a ver qué era lo que estaban hablando ya que era Marcos quien llevaba la voz cantante y todos parecía que les interesaba escuchar lo que el peregrino estaba contando.

     Les decía sin ruborizarse que la mayoría de los que se encontraban allí, eran unos pringados y que no sabían disfrutar de la vida, como unos esclavos todos los días a la misma hora a fichar en el trabajo y a soportar a un jefe que les estaba amargando la vida. Para él, el camino era la vida, vivía sin preocupaciones y disfrutaba de cada uno de los momentos que se encontraba en el camino y sin tener que aguantar a nadie ya que siempre hacia lo que quería, esa era su filosofía de la libertad y de lo que solo unos pocos elegidos como él habían sabido encontrar y una vez que habían conseguido despojarse de todo lo que les ataba a la asquerosa sociedad en la que les había tocado vivir, eran libres como los pájaros para hacer lo que les viniera en gana sin ninguna preocupación por nada más.

     Algunos seguían escuchando la oratoria de aquella persona, aunque los más, procuraban buscar otros peregrinos con los que tuvieran más afinidad, al menos que no les dieran lecciones de lo que sabían que no era una filosofía de vida, sino una forma descarada de vivir a cuenta de los demás.

     Cuando llegó la hora de la cena, enseguida se armó un pequeño revuelo en el patio, la mayoría de los que allí se encontraban fueron hasta la cocina y al comedor para ayudar en lo que fueran necesarios, uno de los que se quedó en el patio saboreando un cigarrillo fue por supuesto Marcos que únicamente se movió de allí cuando ya estaba todo puesto en la mesa.

     De igual forma, cuando se terminó la cena, mientras unos iban recogiendo lo que se había utilizado, otros en la cocina iban fregado los cubiertos y los platos y otros se encargaban de secarlos y volver a dejarlos en su sitio, alguno tuvo que apremiar a Marcos para terminar el vaso en el que no paraba de escanciar vino para fregarlo con los demás, pero éste que ya tenía mucha experiencia, tanta como poca educación, no se cortó y le respondió:

     -Tranqui, que el reposo de la comida hay que hacerlo en condiciones – y siguió sentado vaciando un vaso tras otro.

     Cuando todos salieron de nuevo al patio para las ultimas tertulias antes de irse a la cama, Marcos fue tras ellos y se unió a un grupo en el que había al menos tres fumadores y disfrutó con ellos de esos cigarrillos que según él eran los mejores del día, pero había dejado encima de la mesa la botella de vino y el vaso a medias que una de las peregrinas que había estado fregando recogió para dejarlo en condiciones de uso para quien más tarde lo necesitara.

     A la mañana siguiente, fue uno de los últimos en levantarse, más de la mitad de los peregrinos se habían marchado ya, pero como Marcos no tenía ninguna prisa, lo hizo cuando nos disponíamos a comenzar la limpieza del albergue y como ya estaba casi todo recogido, pidió que le pusiéramos el desayuno.

     Mientras se encontraba desayunando, en lugar de dejar el comedor para lo último lo hicimos al principio y primero con la escoba, luego con el trapo con el que limpiábamos las mesas y más tarde con la fregona, fuimos haciendo que se moviera constantemente y a continuación seguimos por el cuarto en el que aún tenía sus cosas esparcidas que con la escoba y en su presencia amontonamos en un lugar para que se diera cuenta que la hora de los peregrinos había pasado y ahora tocaba la hora de los hospitaleros, esa en la que debían hacer la limpieza del albergue y no admitía demora.

     Cuando dejó sus cosas en la puerta del albergue y fue fumando uno de esos cigarrillos que había conseguido coger a alguien con la disculpa que era para después, al verme, se dirigió hacia donde me encontraba y me dio.

     -Oye, de puta madre todo, como estoy mucho en el camino ya voy a recomendar este sitio para que vengan más peregrinos.

     -No hace falta – le respondí – los peregrinos saben al lugar que tienen que llegar y esos seguro que vienen sin que se les diga nada, es más, prefiero que no digas nada, ya que si vienen recomendados por ti, seguro que ni son peregrinos, ni tienen que venir a este lugar.

     -¡Que pasa! – Comentó Marcos – estás mosqueado por algo, creo que no me he metido en nada el tiempo que he estado aquí.

     -No, ni estoy mosqueado, ni te has metido en nada, eso es lo malo, que no te metes en nada, no te implicas en nada, ni colaboras ni te comprometes con nada, para mí eres como un parásito, has recurrido al camino como si éste te ofreciera inmunidad para cumplir ciertas obligaciones, pero como un parásito, te vas nutriendo de quienes con buena fe están en el camino y eso en sí no es malo, lo que me revienta es que encima trates de convencer a los demás como una filosofía que ellos, pobres tontos, no han sabido ver y sin embargo el pobre no dejas de ser tú.

     -Oye, no te mosquees conmigo, si tienes un mal día yo no tengo la culpa – se atrevió a decirme.

     -Pues precisamente no tengo un mal día, va a ser un día estupendo ya que por fin te vas a marchar y sí tienes la culpa ya que este lugar es para peregrinos y tú, eres cualquier cosa menos un peregrino.

     -Me vas a decir a mí que no soy un peregrino, a mí que he hecho más veces el camino que tú – me respondió.

     -Pues sí – le afirme con rotundidad – tú no eres un peregrino – un peregrino se comporta de otra manera, un peregrino agradece lo que se le da, no lo exige como has hecho tú y un peregrino sabe compartir que es muy diferente a exprimir, desde que has llegado ni has compartido nada y encima has tratado de dar lecciones a los demás.

     -Pues vaya modales – me dijo – así poca gente vas a tener.

     -Solo la justa y la necesaria, los demás, mejor dicho, los que son como tú sobran.

     -Ya te dije cuando llegue que no tenía dinero – insistió.

     -Eso es precisamente lo que menos me preocupa, he acogido a mucha gente sin recursos, para eso estoy aquí, pero eran peregrinos, compartían la nada que tenían y sobre todo colaboraban y lo más importante no trataban de adoctrinar a los demás haciéndoles ver lo tontos que eran como has hecho tu desde que llegaste.

     Ya no volvió a responder, cogió su mochila y haciendo aspavientos se fue alejando del albergue.

     Creo que personas como ésta, son las que hacen que el camino se esté degradando, les falta tanta humildad que es una pena que traten de contagiar a los demás con sus falsos paraísos y su filosofía equivocada.