almeida –23 de febrero de 2015.

Aunque todos los peregrinos nos parecen iguales, sin embargo, si nos fijamos bien nos damos cuenta de lo diferentes que pueden llegar a ser nada más ver la primera reacción cuando llegan al albergue.

                Algunos, apenas dicen nada, están todavía centrados en la soledad de su camino y da la sensación que parece que lo único que desean es seguir meditando y que nada altere la soledad en la que están encerrados. Otros en cambio nada más llegar se encuentran deseosos de mantener una conversación ya que durante varias horas igual no han podido hablar con nadie.

                También son muy distintos en la reacción que tienen cuando les vas explicando las normas que hay en el albergue ya que para unos les da lo mismo, solo desean descansar y en cambio hay otros que quieren participar en cada una de las cosas que se le proponen.

                Así podíamos seguir detallando cada uno de los comportamientos que en ocasiones resultan tan dispares para personas que están haciendo lo mismo y en teoría les está llevando hasta donde te encuentras una motivación muy similar, pero también muy diferente.

                Por eso, una de las funciones de un buen hospitalero, es saber enseguida como es esa persona que está entrando por la puerta del albergue ya que la primera impresión por ambas partes va a ser muy importante para determinar el comportamiento que van a tener durante el escaso tiempo que permanecerán en el albergue.

                Recuerdo una ocasión que entró por la puerta una joven peregrina que a primera vista parecía muy vivaracha, se llamaba Sandra y además de tener una cara muy bonita, resultaba excesivamente simpática. Sin entrar en el cuarto en el que yo me encontraba, asomando únicamente su cabeza, comento:

                -¡Buenas!, da usted su permiso.

                -Si me tratas de usted, haciéndome sentir más mayor de lo que ya soy, no – le dije.

                -Bueno – respondió ella – pues me das tu permiso para entrar.

                -No solamente te doy permiso – dije mientras cogía su mochila de la espalda para liberarla del peso que llevaba durante todo el día – además, te ofrezco un vaso de agua fresca, que con el día de calor que hace seguro que te vendrá muy bien y será lo que más estas deseando.

                -Me viene de maravilla – comento ella – aunque me venía mejor lo que acabas de hacer liberándome del peso de la espalda.

                La invité a que se sentara y dejé que fuera dando pequeños sorbos al vaso que le acababa de ofrecer hasta que terminó su contenido y le serví un nuevo vaso de la botella que se encontraba encima de la mesa.

                Cuando hubo cogido esas fuerzas que al llegar casi no tenia, respiró profundamente y mirando a todos los lados comentó:

                -Qué bonito es esto, da la sensación de ser un lugar muy acogedor.

                -Es una casa para peregrinos, que la han hecho los peregrinos y guarda en su interior la energía que vais dejando los que en ella os detenéis.

                -Pues me da la sensación que me voy a encontrar muy a gusto – comentó ella.

                -Eso pretendemos los que estamos aquí, que os sintáis como en vuestra propia casa.

                -¿Y tú vives habitualmente aquí? – me preguntó.

                -No, soy hospitalero voluntario y estoy unos días colaborando en el albergue haciendo más grata la estancia de los peregrinos.

                -¿Qué es eso de hospitalero voluntario, cómo funciona?

                Le expliqué que somos peregrinos, que sentimos la necesidad de compartir parte del tiempo libre que tenemos haciendo algo que nos gusta y mantener un albergue en condiciones para cuando lleguen los peregrinos después de una dura jornada, es algo que nos satisface plenamente y por eso lo hacemos, parte del tiempo de nuestras vacaciones los que estamos trabajando y los que ya no trabajan, parte de su tiempo libre lo empleamos de esa forma.

                -Me gusta – comentó Sandra, – seguramente algún día, yo también seré hospitalera, es muy interesante y sobre todo muy hermoso lo que hacéis y los peregrinos debemos estar agradecidos a que haya personas como vosotros que nos hacen mejor el camino.

                -Bueno, – la respondí – egoístamente, para nosotros también es muy gratificante ya que cada peregrino que llega nos aporta muchas cosas.

                -Pero eso no es siempre, ni en todos los lugares – comentó ella – solo debe ocurrir cuando se encuentran con buenas personas y no me cabe duda que tú, eres una buena persona.

                -En eso discrepo contigo – la interrumpí – cada uno tenemos nuestra forma de ser que a veces no tiene nada que ver con la actitud y el comportamiento que adoptamos durante unos días y solo me conoces de unos minutos y en ese tiempo no creo que puedas saber cómo realmente soy.

                -Claro – dijo Sandra muy segura y convencida de lo que estaba diciendo y dando la sensación que me había llevado al terreno donde ella deseaba – Creo que el camino, por los días que llevo recorriéndolo, lo que hace es quitarnos la máscara. Todos tenemos una máscara que nos ponemos en nuestra vida, en unas ocasiones esa mascara hace que nos comportemos a la defensiva porque no estamos seguros de nuestras acciones o somos demasiado tímidos para controlar nuestras emociones, aunque también puede ser que la máscara nos haga parecer más duros de lo que realmente somos, pero al fin y al cabo buscamos esa forma en la que deseamos que nos vean los demás.

                Pero por lo que he observado y creo haber comprobado, en el camino, todos hacemos que las máscaras que hemos ido fabricando desaparezcan y nos comportemos como realmente somos, resulta muy sencillo saber el comportamiento y la forma de ser de una persona solo con fijarte en esos pequeños detalles nada más conocerla.

                Continuamos hablando de otras cosas menos transcendentes, seguramente de cómo estaba siendo su camino o de las sensaciones que estaba teniendo hasta que llegaron nuevos peregrinos y tuve que atenderlos dejando que Sandra fuera a ocupar el espacio que le había asignado para que descansara ese día.

                Observé a aquella peregrina que a pesar de su envidiable juventud, daba la sensación que era una persona muy veterana ya que cuando se unía a algún grupo, ella era siempre la que llevaba el hilo de la conversación y todos la escuchaban con mucha atención.

                Pensé durante ese día en lo que me había comentado y creo que tenía toda la razón ya que siempre había pensado lo mismo al afirmar que en el camino, los peregrinos sacamos siempre de nuestro interior lo mejor de nosotros mismos, lo cual no deja de ser lo mismo que lo que ella me decía, nada más que lo había expuesto de una forma quizá más gráfica.

                Fue muy agradable contar con aquella peregrina en el albergue ya que se integró a la perfección con los demás peregrinos y participó y colaboró en todas las cosas que se hacían en el albergue procurando dar en todo momento ejemplo a los demás.

                Cuando a la mañana siguiente los peregrinos se disponían a comenzar una nueva jornada después de haber desayunado, como solía hacer habitualmente, me puse a la puerta del albergue para despedir a todos los que había acogido y cuando llegó el momento de despedir a Sandra, rodeó mi cuello con sus brazos y me susurro al oído:

                -Ahora ya puedo decir que te conozco, he compartido casi un día contigo y sigo pensando que eres una buena persona, cuando miras a alguien que no lleva puesta la mascara, es imposible equivocarte.