almeida – de junio de 2016.

Juan estaba caminando como a él más le gustaba, iba solo por el camino en uno de esos meses en los que muy pocas personas se atreven a salir, pero él disfrutaba teniendo el camino casi en exclusiva.

            Iba por el camino de la costa, este ya es en sí un sendero bastante solitario y en los meses de invierno muchas de las infraestructuras que están pensadas para los peregrinos se cierran porque van pasando los días sin que nadie busque cobijo en ellas. Pero él se iba arreglando ya que cuando no encontraba un albergue, siempre estaba el pórtico de una iglesia o una pensión donde podía pasar la noche a cubierto.

            Un día, caminando por tierras asturianas vio a lo lejos a otro peregrino. Pensó que tantos días de soledad ya estaban bien y ahora podría contar con unas jornadas en las que tendría alguien con quien hablar por lo que aceleró su paso hasta que consiguió darle alcance.

            Cuando estuvo a su lado se dio cuenta que sus ilusiones iban a caer en un saco roto, se trataba de un japonés que apenas hablaba media decena de palabras en nuestro idioma. A Juan no le importó, también de vez en cuando se agradecía la compañía y en estos momentos necesitaba caminar junto a alguien y si el japonés no conseguía entenderle, al menos iría hablando y no lo haría solo.

            El peregrino era un buen aprendiz y trataba en todo momento de conocer el significado de las palabras que Juan le decía y según iban pasando los días se iba ampliando su vocabulario de una forma muy importante, por lo que en una semana ya podían mantener conversaciones muy cortas.

            Cuando llegaban al final de cada etapa, buscaban juntos el albergue y si éste contaba con una cocina y algunos utensilios para cocinar, Juan se encargaba de hacer la cena. Era un buen gastrónomo y todo lo que preparaba era comido por su nuevo amigo con mucho placer. Cada vez que preparaba una cena, antes de servir la mesa, según servía y cuando recogía todo tenía que responder a las reverencias que le hacía el peregrino japonés.

            La amistad que fue surgiendo entre ellos solo puede comprenderse en el camino y el lazo que los estaba uniendo era cada vez más fuerte ya que estaban compartiéndolo todo y veían que se necesitaban el uno al otro, al menos para espantar la soledad con la que estuvieron caminando los primeros días.

            Hubo una jornada que amaneció un día estupendo, parecía primavera en lugar de invierno y fueron disfrutando todavía más del camino hasta que llegaron a una playa que estaba muy próxima al pueblo donde darían por finalizada su etapa y se quedaron un buen rato contemplando el maravilloso paisaje que se abría ante sus ojos.

            El peregrino japonés que era muy amante de la fotografía quiso inmortalizar cada uno de los rincones que había en la playa y también deseaba captar la puesta de sol que imaginaba que iba a ser espectacular.

            Como Juan ya iba conociendo la afición de su amigo por la fotografía, le dijo que él seguiría adelante para localizar el albergue e iría preparando la cena mientras llegaba.

            Con su cámara fue sacando infinidad de fotos, no solo de la playa sino también se adentró en un bosque cercano ya que quería ver el contraste de la vegetación abundante de esa zona teniendo como fondo el azul oscuro de la mar.

            No se percató que la noche se iba echando encima y en los meses de invierno cuando el sol se esconde, enseguida se oscurece todo y cuando ya no había suficiente luz para seguir sacando fotos decidió retomar el camino e ir hasta el pueblo donde le esperaba Juan.

            Pero la oscuridad no le permitía ver las flechas amarillas que le indicaban el camino que debía seguir, dio una y mil vueltas por el bosque hasta que acabó desorientado sin saber el rumbo que debía tomar.

            Como la noche estaba siendo bastante agradable, decidió irse hasta la playa y dormir contemplando las estrellas, bien abrigado. Con la ropa que llevaba y el saco de dormir apenas notaría la bajada de las temperaturas.

            Mientras tanto en el albergue, Juan le había preparado un caldo, había comprado verduras y algo de carne y estaba dejando cocer el contenido de la cazuela a fuego muy lento para que estuviera a punto cuando llegara su compañero.

            Cuando anocheció y vio que el japonés no llegaba al albergue, Juan comenzó a preocuparse, pero al transcurrir más de una hora sin que diera señales de vida, pensó que le había pasado algo, por lo que fue hasta el puesto de la guardia civil y les puso al corriente de lo que había sucedido.

            Enseguida se montó un operativo de búsqueda, comenzaron en el lugar en el que se había separado y se fueron dividiendo en cuadrillas, algunos vecinos del pueblo que se enteraron de lo que ocurría y que conocían mejor aquellos parajes se sumaron a la búsqueda.

            Mientras unos iban por el bosque, otros miraban en los acantilados y el tercer grupo iba recorriendo la playa. Estuvieron más de tres horas buscando al peregrino perdido hasta que uno de los grupos avisó que le habían localizado y que se encontraba bien.

            El japonés al ver aquel despliegue tan importante, no llegaba a comprender que se hubiera hecho por él, se consideraba una persona anónima y estaba abrumado por lo que su decisión había ocasionado.

            Juan se fue corriendo hacia donde le habían dicho que se encontraba y cuando estuvo junto a él trato de hacerle ver lo que había originado, pero el japonés no comprendía que alguien a quien conocía desde hacía solo unos días se hubiera tomado tanto interés por su desaparición.

            -Me he preocupado por ti porque tú eres mi amigo – le gritaba Juan – y a un amigo no se le deja abandonado.

            Al ver la exaltación de las palabras de Juan entonces comprendió lo que había hecho y comenzó a llorar como nunca se había visto a una persona. Juan trataba de calmarle pero todos sus intentos eran en vano, entonces le abrazo y cogió su mochila y regresaron en uno de los coches que se habían desplazado hasta allí al albergue.

            Cuando estuvieron de nuevo solos, el japonés seguía compungido y cada palabra que Juan le decía, él asentía haciendo profundas reverencias y se pasó casi toda la noche de esa forma buscando el perdón de Juan.

            Continuaron su camino y fueron dando por finalizado el incidente y juntos llegaron hasta Santiago y celebraron haber cumplido su objetivo en los días más adversos del año.

            En la capital gallega, el peregrino japonés se separó unas horas de Juan, tenía que hacer alguna cosa y cuando se volvieron a reunir, regresaron juntos al albergue.

            Cuando estaban sentados en la mesa, el peregrino japonés puso sobre ella tres regalos que le había traído a su amigo, era su forma de agradecerle los desvelos que había tenido con él.

            Cuando Juan cogió en sus manos el primero de los regalos y se dispuso a abrirlo, el peregrino se inclinó y no se incorporó hasta que Juan le agradeció el regalo y así fue haciendo con cada uno de ellos, el respeto con el que esperaba la aprobación de Juan le conmovió y se fundió en un abrazo con su amigo.

            La despedida fue muy emotiva, se intercambiaron direcciones, aunque Juan no pensaba que volvería a verlo más. Pero el japonés había dejado en el camino un amigo y ahora cada dos o tres años viene a visitarle y a seguir recorriendo el camino y cada vez que se encuentra con Juan, le trae tres regalos y sigue haciendo el mismo rito que cuando se los entregó la primera vez en Santiago.

            Ahora solo espera ese día que Juan vaya a su país para recorrer la ruta de los monasterios, será su anfitrión ya sabrá agradecerle todo lo que hizo con él, porque el día que se perdió en la playa ganó a uno de sus mejores amigos.