almeida – 23 de noviembre de 2014.

Cuando el camino se introduce en tierras castellanas va haciéndose más monótono que lo que hemos dejado atrás, pero pronto encontramos un tramo diferente: después de Vi-llafranca, cuando afrontamos los Montes de Oca hasta San Juan de Ortega, hay una docena de kilómetros que representa uno de los tramos más bonitos de todo el camino. Para mi siempre ha sido especial y diferente ya que los he recorrido con todo tipo de adversidades climatológicas.

La vegetación es exuberante. Estamos completamente rodeados de pinos y encinas, salvo el sendero ahora convertido en camino que comenzara a desbrozar hace casi mil años el santo caminero, para facilitar el tránsito de los peregrinos por estos parajes que entonces eran inhóspitos y muy peligrosos.

Según voy dejando a mi espalda el pueblo de Villafranca, afronto el primer repecho. Es quizá el tramo más duro ya que el desnivel es importante y se hace por un sendero muy estrecho e irregular. Pero voy pensando en un área de descanso que hay en lo más alto donde haré una prolongada parada sentado en uno de los bancos de madera.

Cuando llego, me encuentro tumbado sobre el banco a un peregrino que al notar mi presencia se reincorpora. No me lo puedo creer. En plena naturaleza donde la abundante vegetación oxigena y mantiene el aire puro, este peregrino se encuentra con una mascarilla que cubre sus vías respiratorias desde la nariz a la boca, sin quitarse la protección que lleva, me saluda e intercambiamos una breve conversación.

Me comenta que es mexicano, venía realizando el camino con dos hermanos que caminaban por una promesa pero lo estaban pasando muy mal ya que no estaban preparados, cuando no tenían ampollas era una tendinitis, le estaban amargando su camino por lo que les había dejado atrás y aho­ra sí que disfrutaba plenamente de su camino.

No quise ser indiscreto, pero me estaba resultando insóli­to que en plena naturaleza estuviera con la mascarilla, con el buen aire que allí se podía llevar a los pulmones. Amablemen­te me despedí de él reiniciando el camino.

Caminé varios kilómetros y en una zona con abundantes pinos me aparté del camino introduciéndome en el pinar para descansar un rato apoyando mi espalda en uno de los pinos.

Oculto entre la vegetación, vi como a lo lejos se iba acer­cando el peregrino de la mascarilla. Él no podía verme mien­tras que yo observaba todos sus movimientos. Me seguía lla­mando la atención su forma de caminar, con la mochila a su espalda y la mascarilla cubriendo la mayor parte de su rostro, creo que es una forma de perderse uno de los mayores atracti­vos de esta etapa, ya que aunque su vista esté percibiendo lo mismo que yo, otro de sus sentidos está perdiéndose todos los aromas y la pureza del aire que en este tramo es una de las riquezas más importantes que ofrece.