almeida – 24 de noviembre de 2014.

Mercedes ya no tenía ninguna ilusión en la vida, solo esperaba que llegara su final para poder descansar junto a su marido que se había marchado dieciocho años antes. Por él guardaba un luto riguroso como es la costumbre en los pequeños pueblos de Castilla.

A sus ochenta años, comenzaban a llegar los achaques, vivía sola en un pequeño pueblo de Zamora. Su única alegría se producía en los meses de verano cuando sus dos hijas pasaban quince días con ella. Sentía una gran devoción por sus nietos que también la visitaban al menos una vez al año. Era de costumbres fijas. Todos los días desayunaba un tazón de leche caliente en el que troceaba una rebanada de pan. Los días que el cura celebraba misa se iba a la iglesia por devoción y también un poco por pasar el rato, aunque todos los días a las ocho de la tarde, cerca de una docena de personas de su edad se reunía para rezar el rosario en la iglesia. Antes solía dar un paseo recorriendo el escaso kilómetro que había hasta el cementerio donde conversaba durante un rato junto a la tumba de su esposo, a veces pensaba que no le escuchaba, pero se había acostumbrado a contarle todas las cosas que hacía y siempre le recordaba lo mucho que le echaba en falta, con excepción de los crudos días de invierno o en los días de tormenta, esta era su vida y estaba satisfecha con ella ya que no conocía otra mejor.

El último verano, su nieta Sara le había traído una perrita, pensaba que si su abuela tenía la obligación de atender a alguien que dependiera de ella, seguramente le haría modificar algunas costumbres y se dedicaría a su cuidado, si no era así, al menos tendría alguien con quien conversar y no encontrarse sola.

Mercedes nunca había tenido animales en casa y le dijo a Sara que no la quería. Como la nieta esperaba esta reacción había previsto ya una respuesta. Le dijo a su abuela que se iban de vacaciones y a la perrita no la dejaban ir en el avión, por lo que debía quedarse con ella al menos un mes hasta que regresaran a buscarla un fin de semana.

Laika era una perra sin una raza definida. Era un cruce de progenitores que provenían también de otros cruces extraños. Tenía un pelo de color oro viejo y daba la impresión de que se había pasado mucho tiempo en la calle sin dueño. Era muy vivaracha y aprendía enseguida todo lo que le interesaba para poder sobrevivir.

Los primeros días que estuvieron solas, Mercedes y Laika no se entendían. Todo lo que la perrita hacía le molestaba a la anciana, aunque poco a poco supo ir ganándose su cariño. La llevaba a todos los sitios y cuando entraba en la iglesia la perrita se quedaba obediente esperándola en la puerta. Aunque si la llamaban los niños, jugaba con ellos y éstos también se fueron encariñando con el animal. Sara llamó por teléfono a su abuela para decirle que tardaría algo más de lo previsto en ir a buscar a Laika ya que ahora estaba con mucho trabajo y no podía desplazarse. Mercedes protestó y la apremió a que fuera cuanto antes, aunque no lo decía con el corazón ya que se había acostumbrado a su compañía y en el fondo deseaba que se retrasara lo más posible en venir a buscarla. Sara, que conocía bien a las dos, comprobaba como su plan estaba dando resultado.

Por las mañanas, cuando Mercedes se levantaba, tenía a Laika a sus pies moviendo su pequeño rabo. Juntas iban a la cocina donde preparaba el desayuno, a Laika le ponía un plato de leche que lamía con avidez y agradecimiento. El resto del día lo pasaban juntas, siempre caminaba ale­gre detrás de la anciana. En muchas ocasiones se iba con todos los que la llamaban pero enseguida volvía con Mer­cedes que la reñía por irse con todo el mundo, pero en­tendía el cariño que le tenían los vecinos.

Cuando llegó la primavera, junto a la puerta donde vi­vía Mercedes, colocaron una baldosa azul con una flecha amarilla. Le habían comentado que por allí pasaba el Ca­mino de Santiago y los peregrinos que venían de Andalucía y Extremadura tenían que pasar por allí para ir a San­tiago.

Un día pasó un joven con una gran mochila a la es­palda, ¡qué ganas de andar con el calor que hacía! pensó Mercedes. A la semana siguiente pasaron dos peregrinas de unos cincuenta años, que al verla en la puerta, le pi­dieron si podía darles un vaso de agua. Mientras Merce­des sacaba una jarra de agua fresca, las peregrinas se sen­taron en un tronco de madera colocado entre dos piedras que hacía las veces de banco. Las peregrinas le hicieron algunas caricias a Laika y tras conversar un rato con Mer­cedes continuaron el camino. Laika moviendo el rabo acompañó a las peregrinas hasta la salida del pueblo.

Mercedes no podía comprender cómo aquellas muje­res caminaban solas desde Sevilla. Eran muchos kilóme­tros y los que aún les quedaban para llegar a Santiago. Pensó, algo muy gordo tenían que haber hecho para una penitencia tan grande, pero prudentemente no les pre­guntó nada, además parecían tan majas y simpáticas…

Casi a diario, en los meses donde los días eran muy lar­gos, el paso de los peregrinos era constante, Mercedes se había acostumbrado a ello y siempre había en la nevera una jarra con agua fresca para quien la necesitara. Normalmen­te no esperaba a que se la pidieran, al verlos venir por la calle, ella salía a su encuentro y les ofrecía un vaso de agua, necesitaba tanto que le dijeran que sí… ya que de esa forma les ofrecía asiento y mientras descansaban intercambiaban algo de conversación. Laika también se había acostumbrado a los peregrinos y jugueteaba con ellos porque le gustaba que le hicieran caricias. Luego como agradecimiento les acompañaba hasta la salida del pueblo, algunas veces iba más allá del cementerio y llegaba hasta un pequeño bosque de pinos por donde los peregrinos se introducían por un sendero. En estas ocasiones tardaba una o dos horas en re­gresar y cuando lo hacía recibía la reprimenda de Mercedes, pero Laika inclinaba y ladeaba la cabeza y enseguida las dos se olvidaban del incidente.

Un día se paró a conversar con Mercedes un grupo de seis peregrinos, dos chicos y cuatro chicas, dos de las pere­grinas además de acariciar a Laika le dieron algunas golosi­nas que llevaban en la mochila. La perra, como era su cos­tumbre, siguió a los peregrinos que iban jugando con ella. Le ofrecían chocolatinas y frutos secos que la perra consu­mía con agrado, al llegar al bosque de pinos, la animaron a que siguiera con ellos, se olvidó de los límites del pueblo y continuó con los peregrinos hasta la siguiente población en la que se encontraba el albergue.

Mercedes, al ver que su perrita se retrasaba, fue en su busca. Mientras maldecía su actitud, iba pensando en todas las cosas que la iba a decir por su comportamiento, aunque también estaba preocupada por si le había ocurrido algo. Llegó hasta el cementerio, la llamó pero no obtuvo respues­ta, regresó a casa y esa noche no pudo dormir. Estuvo en la puerta esperando el regreso de su compañera, pero éste no se produjo.

Los peregrinos, al ver que la perra seguía acompañándoles, se imaginaron que no tenía dueño y la acogieron en su grupo como si fuera una peregrina más, compraron un plato para ponerle la comida y una pequeña esterilla para que durmiera sobre ella en la puerta de los albergues. Laika iba feliz con sus nuevos compañeros ya que estos la mimaban en exceso.

Los días siguientes fueron angustiosos para Mercedes. Se imaginaba a su perrita inerte en cualquier cuneta. Comunicó a todo el pueblo la angustia que estaba pasando y un día salieron todos a buscarla sin resultado positivo. También se lo comentaba a todos los peregrinos por si la habían visto antes de llegar al pueblo y les mostraba una foto de la perrita.

Cuando había pasado una semana desde la desaparición de la perra, casi había perdido la esperanza de volver a encontrarla pero seguía obstinada en intentarlo todo para encontrar a quien le había dado una ilusión para seguir en este mundo. Un día pasaron por la puerta de Mercedes tres peregrinos que hacían el camino en bicicleta, les contó la angustia que estaba pasando porque hacía ya una semana que no sabía nada de su perrita, se lo decía con gran tristeza. Uno de los peregrinos le prometió que cuando terminara el camino le traería un bonito cachorro de una camada que su perra acababa de tener, además era de pura raza setter, pero Mercedes solo deseaba a su Laika, les volvió a mostrar la foto que ya se estaba arrugando. Estos trataron en vano de consolarla y dejaron a la anciana en su soledad y con su angustia.

Mientras, Laika ya había llegado a Galicia. En algunas etapas terminaba muy fatigada y se le estaban agrietando las patas. Los peregrinos se turnaban cogiendo el menudo cuerpo y la llevaban en brazos unos cientos de metros que le permitían recuperarse, ahora ya no correteaba tanto entre los peregrinos que estaban caminando.

Cuando llegaron a Ribadiso, Laika metió sus patas en el agua helada del río y como un resorte saltaba a la hierba donde seguía correteando como si no hubiera hecho una etapa del camino. Fue a coincidir con uno de los ciclistas que había escuchado la historia que Mercedes les había contado, creyó ver los mismos rasgos de la foto que la anciana les había mostrado y se interesó por ella hablando con los peregrinos que la cuidaban. Estos le explicaron que se había unido a ellos en un pueblo de Zamora. Se acordaban de Mercedes pero no sabían que era su dueña. Pensaron que era una perra vagabunda. Al conocer la angustia que la anciana estaba pa­sando se sintieron culpables de ser los causantes y trataron de reponer el daño que inconscientemente habían hecho.

Al día siguiente llegaron a Santiago. Laika parecía ser consciente de lo que había hecho y se sentía muy feliz, en la plaza del Obradoiro retozaba dando vueltas sobre sí misma y los peregrinos le hacían caricias y se sacaban fotos con ella.

Los compañeros de Laika tenían previsto haber conti­nuado hasta Finisterre, pero pensando en la angustia por la que estaba pasando Mercedes, no se sentían con fuerzas de seguir adelante, dieron por finalizado su camino dirigiéndose a una agencia de alquiler de coches para una vez que hubie­ran descansado, al día siguiente regresar hasta el pueblo de Zamora.

En un amplio monovolumen, guardaron sus mochilas y habilitaron un espacio para Laika dispuestos a regresar por el camino que con gran esfuerzo habían recorrido unos días antes.

Al llegar al pueblo de Mercedes, aparcaron frente a su casa. Allí en la puerta se encontraba melancólica la ancia­na. Laika saltó de su asiento al verla y comenzó a ladrar, la anciana reconoció los ladridos de su perrita y se abalanzó hacia ella, sus ojos se humedecieron. Fue un reencuentro muy feliz, después de una separación que quizá había resul­tado necesaria, Laika había recorrido un camino que le había enseñado muchas cosas y la anciana se había dado cuenta de lo que necesitaba a aquella perrita para ser feliz.