almeida – 6 de junio de 2015.

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                Las visitas en el albergue eran siempre bien recibidas, sobre todo las que nos hacían aquellos dos curas jóvenes que se encargaban de varias parroquias de los alrededores, aunque he de confesar que me sentía más a gusto cuando era yo quien iba a visitarles, sobre todo si lo hacía por las mañanas a sabiendas que me esperaba un desayuno digno de un rey.

                Los dos sacerdotes eran muy queridos por toda la comunidad y los feligreses para cumplir con ellos y tenerlos contentos les llevaban con frecuencia las mejores viandas que elaboraban en sus casas, sobre todo productos de la matanza y algunos quesos artesanos que resultaban una delicia.

                En esas ocasiones solía hacer siempre un segundo desayuno que se prolongaba mientras tomábamos unos vasos de vino y manteníamos una distendida tertulia sobre cualquier cosa sin la mayor importancia, aunque la mayoría de las ocasiones, la conversación giraba, como no podía ser de otra forma, en torno al camino.

                Uno de los curas, el que resultaba siempre más ameno porque era imposible que se le agotaran las anécdotas, era muy observador y se quedaba con todo lo que ocurría a su alrededor y luego lo contaba a su estilo y aunque desvirtuaba un poco la historia, siempre había ese hilo conductor que llevaba al fondo de la misma el cual relataba con mucha fidelidad.

                Cuando me contó esta historia, como ya le conocía, antes de comenzar a narrarla me aseguró que la iba a relatar tal y como había ocurrido, sin meter nada de su cosecha, porque a él, le había extrañado tanto como seguro que nos iba a resultar algo increíble para los que nos encontrábamos escuchándola.

                En cierta ocasión, asistió a la misa que celebraba en una de las parroquias del camino una peregrina que llamó su atención, había algo en ella que la hacía diferente, pero no sabría explicar lo que era. El caso es que cuando termino la misa y entró a la sacristía para cambiarse los hábitos de celebrar la misa, al salir, esperaba verla en el exterior, pero la peregrina se había marchado ya.

                Aquella imagen, le tuvo varios días pensativo, eran muchos los peregrinos que diariamente pasaban por el pueblo y estaba convencido de conocerla de alguna cosa, aunque no recordaba de que podía ser.

                Con el paso del tiempo dejó de pensar en ella con tanta frecuencia, aunque de vez en cuando su imagen aparecía en su mente, era una cara que ya no olvidaría la siguiente vez que la viera si había ocasión para ello.

                Paso un año y por las mismas fechas, de nuevo en el mismo lugar, se encontraba aquella mujer que tanto le había intrigado, pero en esta ocasión no se iba a quedar con la duda y antes de entrar a la sacristía, le hizo un gesto indicándole que le esperara, que en unos minutos estaba con ella.

                Cuando salió de la sacristía, allí se encontraba la peregrina, el cura le propuso ir a uno de los bares del pueblo donde podrían tomar un café y de paso conversar durante un rato.

                El cura le comentó la intriga que durante ese año había tenido desde que la vio en la iglesia, creía recordarla de alguna cosa, pero no sabía de qué era y aquella duda le había estado obsesionando durante todo ese tiempo.

                Ella le confirmo que esta era la tercera vez que se veían, la primera había sido dos años antes, cuando realizó su primer camino que pasó por la iglesia y le gustó la forma de celebrar la misa y por eso desde entonces cada año que volvía al camino, paraba en aquel pueblo y asistía a la celebración de la misa.

                Aquello tranquilizó al sacerdote y justificó, en parte, su despiste, se excusó con ella diciéndole que eran tantas caras las que veía cada año que en ocasiones le ocurría lo mismo, recordaba alguna cara, aunque no sabía de qué la conocía y eso le mantenía durante varios días pensando hasta que al final lo recordaba, pero en su caso, había sido todo un año con una duda que le costaba quitarse de la cabeza, pero ahora que la escuchaba lo veía todo claro.

                Enseguida entablaron una amena conversación en la que el cura se interesó por el camino que estaba realizando y los caminos anteriores que había realizado y la motivación por la que había decidido la primera vez recorrer este sendero.

                Ella le confeso que no había ninguna motivación especial, al menos que ella recordara. Todo debió surgir cuando una compañera de trabajo, era catedrática en la universidad de Málaga, le hablo del camino, le contó cada una de las sensaciones nuevas que tenía cada jornada y cómo el camino la había transformado, desde que lo recorrió, veía las cosas de una forma diferente. Por eso ella se animó también a realizar este camino y todo lo que su amiga le había contado era lo que ella estaba experimentando.

                La conversación estaba resultando muy amena, tanto, que fueron pasando las horas sin que ninguno de los dos se diera cuenta que llevaban más de dos horas de conversación, pero se encontraban muy a gusto y ninguno de los dos quiso que aquel momento se terminara.

                Cuando ya habían intimado lo suficiente, en un momento de la conversación ella le pregunto si podía hacerle una pregunta que se había estado formulando los últimos días y ahora le intrigaba saber la respuesta.

                -Pues si puedo y sé contestarla, estaré encantado de hacerlo – dijo el sacerdote.

                -Verá, llevo tres años haciendo el Camino de Santiago y nunca me había planteado porque se llama así, me imagino que está dedicado a algún santo porque así lo dice el nombre que lleva, pero no sé a qué santo se refiere.

                -¿Me estas tomando el pelo? – dijo el sacerdote un tanto incrédulo.

                -De verdad que no – aseguró ella – lamento que pueda pensar eso de mí, pero estos días que me he estado haciendo esa pregunta, no me atrevía a preguntárselo a nadie por si se reían de mí.

                -Me estás diciendo que una persona culta como tú, catedrática de la universidad según me has dicho y por tres veces peregrina según aseguras, ¿no sabes quien fue Santiago?

                -Pues no, qué quiere que le diga, puedo resolver una ecuación compleja o el más difícil de los cálculos matemáticos, pero qué quiere que le diga, no se quien fue ese Santiago al que todos nos referimos constantemente.

                -¿Ni tan siquiera te ha dado nunca por leer alguna cosa del camino?

                -La verdad es que no, disfruto recorriéndolo, pero mis aficiones en la vida diaria van por otro lado y no me he llegado a plantear hasta este año esa pregunta, pero si no quiere contestármela, no pasa nada, en la primera ocasión que tenga accederé a esa información para saciar mis dudas.

                -No hace falta mujer, yo te explico quien fue y las cosas que hizo, pero mejor pedimos otro café y lo vamos tomando mientras te lo cuento.

                El cura comenzó a hablarle de los primeros encuentros del Zebedeo con Jesús hasta que una vez muerto éste comenzó a pregonar su mensaje por occidente hasta que fue ejecutado a su regreso en Jerusalén y se perdió todo rastro de él hasta que ocho siglos después se descubrió una tumba con los retos que fueron atribuidos al santo y a sus dos discípulos y en ese momento comenzaron las peregrinaciones que continúan hasta la actualidad.

                La peregrina escuchaba interesada lo que el cura la estaba contando, aunque seguramente se dio cuenta de la sorpresa de ese siervo del señor ante la pregunta que le estaban haciendo, la cual nunca se la hubiera esperado por un peregrino y menos todavía con una formación como la persona que se la había formulado.