almeida – 26 de agosto de 2015.

            La vieja casona en la que se encontraba el hospital de peregrinos era una construcción muy sólida y desde el exterior tenía un aspecto muy robusto y las tres alturas con las que contaba le daban una apariencia diferente a la mayoría de las construcciones que los peregrinos iban dejando atrás.

            El interior era sobrio y muy austero, mantenía las robustas vigas de roble y encina con el que un día fue encofrado que destacaban sobre las encaladas paredes de adobe que en algunos puntos contaban con un espesor de un metro.

            El hospitalero estaba muy orgulloso de su hospital de peregrinos porque como él, era muy humilde, no disponía ni tan siquiera de hileras y los peregrinos dormían sobre unas colchonetas que se extendían sobre las relucientes maderas que eran suaves por el desgaste de tantas pisadas que habían tenido que soportar lo largo de los años.

            Siempre era una de las advertencias que se hacía a determinados peregrinos antes que decidieran quedarse porque no todos estaban dispuestos a dormir sobre el suelo, pero quienes lo hacían a la mañana siguiente aseguraban que todos los dolores de espalda que tenían por los irregulares y a veces destartalados somieres y colchones que habían tenido en albergues más aptos, les habían dejado la espalda con unos dolores muy intensos.

            Se trataba de un albergue especial, para aquellos que ya lo conocían era el más especial del Camino, ése donde la magia se va respirando en cada uno de los rincones por los que se pasa y se percibe esa energía que los peregrinos van dejando en aquel lugar y, como aseguraba el viejo hospitalero, era uno de esos lugares a los que solo llegan los que quieren llegar o los que el camino les permite que lleguen.

            Pero hay ocasiones en las que se ve traspasar la puerta a algún que otro despistado y es en ese momento cuando el viejo, tratando de ser amable, intenta explicarle que aquel no es su sitio, que seguramente ha llegado confundido y debe continuar su camino porque allí no se va a sentir cómodo.

            Aquel día vio como por la calle que daba acceso al albergue llegaba una de esas peregrinas que trata de ir conjuntada con el lugar en el que se encuentra, aunque para muchos va desentonando.

            Las prendas que vestía de una forma muy llamativa hicieron que el viejo hospitalero al verla llegar comentara que aquella “coronel Tapioca”, seguramente se dirigía hasta el bar que se encontraba a pocos metros del albergue, pero en contra de lo que era frecuente en él, esta vez se había equivocado y cuando la peregrina enfiló hacia la puerta del albergue, el hospitalero fue detrás de ella y apartando con su mano la cortina flanqueó la entrada de la peregrina de diseño al interior del albergue y la invitó a que se sentara en un sofá que había dispuesto en el pequeño cuarto que hacía las veces de recibidor.

            Ella miraba con curiosidad y algo de asombro todo cuanto contemplaban sus ojos y el hospitalero solo observaba a aquel personaje que parecía sacado de uno de esos cuentos que en ocasiones circulan por los caminos y permanecía callado esperando que la peregrina se diera cuenta que se encontraba fuera de lugar, pero esta seguía observándolo todo sin decir nada.

            -Buenos días – dijo el hospitalero rompiendo el silencio – bienvenida a este humilde hospital de peregrinos.

            -Hola -respondió ella sin apartar la vista de algunos objetos heterogéneos que daban una armonía perfecta al recinto.

            -¿Quiere un vaso de agua? – preguntó el hospitalero.

            -Gracias me vendría bien -dijo ella – tienen agua caliente aquí.

            -Si -respondió el viejo –pero tengo que advertirla que el jacuzzi se nos ha estropeado.

            -¿Y cuantas habitaciones tienen?, parece un albergue grande -dijo ella.

            -Hay dos cuartos para los peregrinos, cuando se llena uno les vamos acomodando en el otro –respondió el hospitalero – pero la repito que el jacuzzi se nos ha estropeado hoy.

            -¿Y en las habitaciones, que tienen camas o literas?- dijo ella –casi sin prestar atención a lo que el viejo la estaba diciendo.

            -Aquí no hay camas y tampoco disponemos de literas, pero como le decía, que creo que no me ha entendido, hoy no disponemos de jacuzzi porque se nos ha estropeado.

            -¡Como que no hay camas ni literas, esto por lo que he visto es un albergue y me da la impresión que me está vacilando!

            -No es un albergue, como le he dicho cuando llegó y le di la bienvenida, se encuentra en un hospital de peregrinos.

            -Pues con el tono que me está diciendo las cosas, me parece que no me voy a quedar – dijo de una manera airada la peregrina Coronel Tapioca.

            -Desde el mismo momento que la vi aparecer, estaba seguro que no se iba a quedar y es lo que he estado tratando de decirle desde el mismo momento que llegó.

            El viejo hospitalero se levantó y con el mismo gesto que había hecho antes, estiró la mano para descorrer la cortina y franquear el paso a aquella peregrina que se había confundido de lugar y de camino y se fue alejando por donde había llegado mientras el viejo se sentía un tanto aliviado viendo cómo se alejaba a donde el camino deparara que se quedara ese día.