almeida – 24 de junio de 2014.

El Maestro en muchas ocasiones se emocionaba cuando algunos recuerdos se salían del archivo en el que los tenía guardados y comenzaban a revolotear por su mente, entonces me daba cuenta que necesitaba desahogarse y con cualquier disculpa provocaba que me fuera contando lo que sabía que estaba en el interior de su cabeza.

Fui sonsacándole lo que le pasaba y cuando ya vi que estaba dispuesto a contármelo, me senté frente a él para conocer una nueva historia que, como las que él me solía contar, era muy entrañable.

Comenzó a hablarme de Jacinto, era un hospitalero que un día llegó como peregrino a Santuario y luego volvió para ayudar como hospitalero. Era una buena persona y le había cogido mucho cariño, bueno, el cariño surgió entre los dos, ambos eran muy sensibles y mantenían largas conversaciones.

Repitió en más de una ocasión su colaboración como hospitalero ya que disfrutaba estando allí y conseguía olvidar a su mortal enemigo, ese que se había introducido en su cuerpo y estaba matándole lentamente.

Jacinto lo sabía, aunque no había compartido sus penas con nadie, ni siquiera con el Maestro, pero lo que no sabía Jacinto era que al Maestro no es necesario decirle las cosas porque él está al corriente de todo, tiene un don especial que le permite ver lo que a otros les esta vetado.

Cada vez que Jacinto terminaba su estancia en Santuario, se despedían como si esa fuera la última vez que se iban a ver, solo que en esa ocasión sabían que ya Jacinto no volvería más a Santuario.

Había varios lugares del Camino que le gustaban especialmente a Jacinto y como sabía que le quedaba muy poco tiempo, trató de aprovechar esos días que aún tenía de vida para ir visitándolos todos, en lugar de estar una quincena como era habitual, a él, le permitieron estar solo una semana, así le daría tiempo para visitar el mayor número de ellos.

Cuando ya había llegado a Santiago y pensaba que los días estaban siendo más cortos, decidió ir hasta un sitio más, llegaría hasta el fin del mundo, ese lugar tan entrañable donde los peregrinos ya no pueden seguir avanzando más, allí donde cambia su vida para siempre, donde se despojan de todo lo material para purificarse. Él también entregaría lo más valioso que tenía y así su purificación sería la mejor de todas, de esas que en muy contadas ocasiones se suelen producir.

Pasó algún día más de la semana habitual, pero se encontraba muy cansado y ya no deseaba seguir adelante, ya había luchado mucho en su vida y desde que conoció el Camino, también había recibido mucho, no solo cuando caminaba, si no también cuando acogía a los peregrinos que llegaban a los albergues en los que él se encontraba.

Un día, el Maestro recibió una llamada de Jacinto, le dijo que ya estaba dispuesto a iniciar ese camino superior al que solo unos pocos son llamados y también los elegidos solo pueden recorrerlo, se encontraba en ese lugar en el que el día se muere todas las tardes y esperaba como el sol llegar al horizonte; y quién sabe si a la mañana siguiente tendría un nuevo renacer en alguna de las cosas que siempre más le habían gustado.

El Maestro decidió llamar a las dos personas que, como él, querían a Jacinto ya que había enriquecido sus vidas con su sola presencia.

Los tres convinieron que Jacinto les había llamado para decirles adiós, pero no querían que se fuera solo, al menos sin haber recibido ese abrazo peregrino que sabe transmitir tantas cosas y sensaciones cuando se da y se recibe por alguien especial.

Acordaron salir y desplazarse en coche hasta donde Jacinto se encontraba, eran ocho horas de camino y confiaban no llegar demasiado tarde.

Mientras iban de viaje fueron contando las anécdotas que cada uno de ellos tenía del hospitalero y todos coincidieron en lo importante que había sido para los peregrinos, ya que trató en todo momento de transmitir lo que era su vida y lo que eran sus acciones y tenía la habilidad de saber convencer a quién estaba delante de él. Decía las cosas con tanta naturalidad y tanta sencillez que eran creíbles para todos los que lo escuchaban, pero sobre todo, los tres coincidieron que se trataba de una de las mejores personas que habían conocido en su vida.

Su bondad y su generosidad le hacían destacar sobre el resto de buenos peregrinos porque él era quien podía haber enseñado a todos y predicaba siempre con su ejemplo.

Cuando llegaron al albergue en el que Jacinto se encontraba, le vieron con muy buen ánimo y su aspecto no parecía tan lamentable como el que esperaban encontrarse. Estaba sentado en un sofá y a su lado humeaba una taza de té, apenas podía soportar los alimentos y las infusiones era lo único que entraba en su estomago cada uno de los últimos días.

Se alegró mucho al ver a sus mejores amigos juntos allí, y lamentó que hubieran recorrido un viaje tan largo por él, no deseaba haberles ocasionado aquella molestia, pero uno de los recién llegados le comentó que pasaban por allí y habían decidido acercarse a verlo.

Prepararon algo de comer y estuvieron disfrutando de esa comida como lo hacían años atrás, recordaron que en una ocasión habían coincidido los tres, fue en Santuario cuando el Maestro le estaba enseñando a Jacinto a ofrecer hospitalidad y los otros dos llegaron como peregrinos, aunque en aquella ocasión no se conocían como ahora. Desde aquel momento no habían vuelto a estar los cuatro juntos, a lo sumo, en alguna ocasión, llegaron a estar tres.

Cuando se estaba haciendo de noche decidieron regresar, Jacinto iba a acostarse y antes que se metiera en la cama querían salir de regreso, así por la mañana cada uno de ellos estaría donde eran necesarios cada día.

Se dieron el más emotivo abrazo que cada uno recordaba, sabían que ese era el último y antes de marchar acordaron recorrer un día juntos cualquier camino.

—Será uno muy especial —dijo Jacinto.

—Pues entonces recorreremos ese —dijo uno de ellos.

—Ya sabéis —comentó el Maestro —que el Camino acaba siempre reuniéndonos donde menos lo esperamos.

Dejaron instrucciones al hospitalero que se encontraba con Jacinto para que les tuviera al corriente de cualquier novedad que pudiera producirse.

Cuando llevaban algo más de tres horas de viaje recibieron una llamada del hospitalero, les comunicaba que hora y media después de marcharse ellos tuvieron que llevarle al hospital ya que se encontraba muy mal y al cabo de tres horas había muerto.

Se dieron la vuelta y en una misa en su memoria volvieron a recordarle y le despidieron de forma definitiva, luego cogieron la urna con sus cenizas y a la puesta del sol, en un día brillante donde las nubes parecía no querían dejar que se ocultara, en aquel lugar tan especial para él, depositaron sus cenizas para que su espíritu permaneciera allí para siempre, recibiendo a esos peregrinos que deseaban impregnarse de lo que él podía darles.