almeide – 25 de junio de 2014.

Julia y Bob, además de compartir su vida, también compartían la gran pasión que hizo que un día se conocieran mientras escalaban una de las difíciles montañas de los Alpes.

Les gustaba esa sensación que tenían cuando llegaban a lo más alto, allí donde muy pocos habían conseguido llegar porque esos lugares se reservaban solo para unos pocos elegidos.

Habían estado escalando en todos los continentes, rara vez se pasaban más de dos meses seguidos en la casa que tenían en Nevada, cuando regresaban de una expedición, casi antes de recuperarse, ya estaban preparando la siguiente escalada. Tenían una larga lista de todos los sitos en los que deseaban dejar su huella y era siempre Julia la que en función de la climatología o la época del año iba pensando en la siguiente cumbre; se lo proponía a Bob y juntos hacían el plan definitivo para afrontar su siguiente cumbre.

En su época de mayor actividad, diez años antes, coronaron varias de las cumbres más altas de la cordillera del Himalaya, les encantaba, al menos una vez cada año, sentir el contacto con la cima del mundo, pero algún accidente y malas experiencias vividas les hicieron comprender que las facultades físicas no siempre son las mismas, ya que cuando se pone al cuerpo en varias ocasiones al limite, esa decisión que antes tenían para dar el último paso por un lugar por el que no había pasado nadie, se va transformando en prudencia y cuando hay una mezcla de las dos, es cuando se encuentran en condiciones óptimas, pero cuando una se impone a la otra, hay que darse cuenta de dónde se está y saber retirarse a tiempo.

Pero no podían cortar de repelente con lo que había sido toda su vida, decidieron a partir del momento en el que Julia estuvo con algunos síntomas de congelación en los dedos de uno de sus pies, afrontar montañas menos complicadas, seguirían escalando, pero acometerían únicamente aquellas cumbres que ya conocían o algunas nuevas, pero que no presentaran muchas dificultades.

Esas navidades las pasaron en su casa, no lo hacían desde tres o cuatro años. Cuando se intercambiaron los regalos que habían dejado en el árbol, Julia desenvolvió lo que parecía un libro que pensaba que era de alguna nueva montaña, a Bob le gustaba sorprenderla de esta forma, diciéndola lo que le gustaría que hicieran juntos en la siguiente escalada, pero en esta ocasión no se trataba de ninguna montaña, más bien parecía una ruta de senderismo.

—¿Y esto? —preguntó Julia.

—Me gustaría que lo incluyéramos en nuestros planes —dijo Bob.

—Pero es un camino, solo hay que caminar, no veo ninguna montaña que subir —dijo ella.

-Es un camino que atraviesa el norte de España, algunos que conozco lo han recorrido y me han hablado maravillas de él, me gustaría recorrerlo contigo en primavera —propuso Bob.

—Me parece que te estas haciendo mayor —bromeó Julia.

—Creo que nos estamos haciendo mayores —afirmó él —pero no se trata de eso, algo me dice que tenemos que hacer juntos ese Camino y por eso te he regalado el libro, quiero que lo incluyamos en los proyectos del próximo año.

—Pues ya está incluido, en primavera iremos a recorrer ese Camino —aseguró Julia.

Después de las navidades, una de las cumbres que se habían propuesto conquistar, estaba en su país, era una montaña de tamaño medio, pero querían abrir una vía nueva, ya la habían escalado antes por el lado que lo hacían la mayoría de los alpinistas y fue entonces cuando Bob tuvo la idea de afrontar la cima por una nueva vía que era algo más corta, aunque presentaba dos dificultades que él sabía que podían superar, así podría ponerle el nombre de su mujer a esta nueva ruta de acceso ya que una vez que él pusiera las cordadas, ella sería la primera en hacer cima.

Como habían decidido, Bob fue abriendo la marcha, fue fijando los clavos en algunas grietas que había en la ruta que estaba abriendo y luego fijaba la cordada sobre la que se suspendía, había un momento un tanto crítico cuando debían superar la parte más difícil. Resultó más fácil de lo que habían imaginado y una vez que se había pasado esta zona fue Julia la que siguió abriendo la cordada como Bob lo deseaba ya que de esa forma le pondría su nombre a esta vía que acababan de abrir.

Cuando hicieron cumbre, se abrazaron en lo más alto y Julia comentó a su marido:

—Una más

—Sí —afirmó él —pero esta va a ser muy especial para nosotros porque llevará para siempre tu nombre la vía que acabamos de abrir.

Después de permanecer media hora en lo más alto sacándose unas fotos para el álbum de recuerdos de todas las montañas que habían conseguido hacer juntos, iniciaron el descenso.

Julia iba por delante y Bob la seguía y se encargaba de ir recogiendo la cordada que habían puesto. De forma incomprensible, en una zona que apenas presentaba dificultades, no saben si fue un golpe de alguna piedra que se desprendió o un mareo que tuvo, Bob se despeño por una arista de unos doscientos metros.

El golpe fue mortal y el mazazo que sufrió Julia también, no solo se había despeñado la persona con la que se encontraba tan a gusto, pues desde que se conocieron sabían que eran almas gemelas y se complementaban a la perfección, también se había despeñado su futuro, a partir de esos momentos, sin Bob, su vida ya no sería lo mismo.

Pensó dejar sus cenizas en algunas de las montañas que eran especiales para ella, aunque estaba dudando si hacerlo en la que acabó con su vida. Un día que estaba dando vueltas a su cabeza para ver el lugar en el que dejaba sus restos, se fijó en el libro que le había regalado en navidades, lo ojeó nuevamente hasta que se preparó un café y sentada frente a la chimenea, comenzó a leerlo.

Le llamó la atención lo que algunos afirmaban de este Camino, alguien decía que era un camino inmortal ya que llevaba vivo más de mil doscientos años, también afirmaba que la energía que había ido acumulando durante este tiempo lo hacía diferente. Leyó con detenimiento como los peregrinos que llegaban al final de este Camino, en un gesto de purificación, en los acantilados que había junto al mar, quemaban sus pertenencias, aquellas que les habían acompañado durante su camino y de esa forma se preparaban para iniciar una nueva vida.

Eso era lo que ella necesitaba, comenzar de nuevo, darle un sentido a su vida y saber qué iba a ser de ella de ahora en adelante, pensó que ese era el mejor lugar en el que Bob podría descansar, como un día le prometió, lo recorrerían juntos y cuando llegara a la meta dejaría allí sus restos para siempre.

Julia comenzó a caminar en Donibane Garazi, cruzó los Pirineos donde ya en el otro lado comenzó a encontrarse con mucha gente, quizá demasiados para lo que ella estaba acostumbrada, por eso empezaba a caminar después que ya hubieran salido los demás y lo hacía sin prisa, muy lentamente, como si no deseara que se terminara este último camino que estaba haciendo con su marido.

Cuando veía algún grupo de peregrinos, ella hacía una parada y esperaba a que se diluyeran en el horizonte para no caminar a su lado.

Cuando pasó por Santuario le contó esta historia al Maestro y las palabras que él le dijo la reconfortaron como nadie había conseguido hacerlo hasta ese momento, por eso le comentó que cuando terminara el Camino, regresaría de nuevo allí para estar unos días con él y confirmarle, si como el Maestro le había dicho, cuando dejara atrás todos los recuerdos, conseguiría que su alma comenzara a encontrar esa paz que tanto necesitaba.

Cuando Julia llegó al punto en el que la mar la impedía seguir avanzando, esperó a que el sol se acercara al horizonte y en ese momento fue dejando las cenizas de su marido en aquel lugar al que le hubiera gustado que los dos llegaran juntos, pero pensándolo bien, ahora estaban juntos y sabía que siempre lo estarían, porque era tanto lo que habían pasado juntos, que solo con uno de esos recuerdos que viniera a su mente, volvería a revivirlo y la imaginación puede conseguir cosas que son impensables.

Como le había prometido al Maestro, antes de regresar a su país, apareció un día por Santuario. El Maestro al verla, se dio cuenta enseguida que se había producido una transformación en aquella mujer angustiada que casi un mes antes estuvo en Santuario, ahora la observaba con esa paz que algunos encuentran cuando terminan el Camino.

Se quedó unos días allí disfrutando de la compañía del Maestro y aprendiendo de su sabiduría, eran esas lecciones que una vez que se reciben no se vuelven a olvidar nunca más.

El Maestro me confesó que sabía que Julia volvería por allí algún día, ya que necesitaba al menos una vez cada año volver hasta esa última cima que los dos coronaron y hablar con Bob para sentir que no se había marchado y que siempre estaría con ella.