almeida – 30 de mayo de 2014.

Cuando una persona afronta una peregrinación como es recorrer el Camino de Santiago, son muchas las adversidades que debe tener en cuenta para estar preparado y cuando se vayan produciendo saber como debe afrontarlas.

Normalmente, este conocimiento se va adquiriendo con la experiencia que proporciona al peregrino cada una de las jornadas que va dejando atrás y cuando surgen esos imprevistos que nose habían tenido en cuenta, de forma espontánea, la solución suele aparecer sola.

Me comentaba Romualdo que cuando recorrió por primera vez el Camino, él, un hombre organizado, había tenido en cuenta todos los imprevistos porque había leído bastantes cosas sobre el Camino y en las experiencias que otros narraban fue viendo los contratiempos más habituales.

Pero, eran las experiencias de otros y según iba teniendo las suyas propias, iba dándose cuenta que a veces el Camino no es un sendero con una alfombra de rosas y hay momentos especialmente duros que tienen que vivirse para poder comprenderlos.

Son esas adversidades en las que los sentimientos reemplazan a la condición física, cuando vas formando un grupo con el que te sientes muy a gusto y ves como uno de los integrantes de ese grupo tiene que abandonarlo por una lesión o porque sus días libres se han terminado y con pena y a veces con algo de congoja, le dejas atrás y te ves privado de su compañía durante el resto del Camino.

Eran tantas las sensaciones que estaba percibiendo que difícilmente podía esperar nada más. No sólo era lo que la naturaleza o los lugares por los que pasaba le estaban mostrando, era el compañerismo que veía en aquel grupo de personas que un mes antes no se conocían, pero ahora tenían un objetivo común y juntos lo iban a conseguir.

Pero cuando les faltaban cinco jornadas para llegar a Compostela, durante la cena que habían preparado en el albergue, alguien comentó lo cerca que se encontraban ya de la meta, de ese sueño que para algunos era imposible de alcanzar, pero lo tenían tan cerca que ya podían casi asegurar que lo habían conseguido.

Fue en ese instante, cuando Romualdo se dio cuenta de la dura realidad, se estaba acabando esta aventura que no deseaba que se terminara nunca. Le había aportado tanta riqueza cultural por la diversidad de peregrinos con los que había caminado y sobre todo, le habían aportado tantas vivencias de todo tipo, que ahora lamentaba estar tan cerca de su meta, no quería que se terminara nunca y desearía que la distancia se alargara un poco más para poder seguir disfrutando más días de esa magia que emanaba del Camino.

Llegó a plantearse volver de nuevo al inicio para comenzar a sentir las cosas que había vivido, porque estaba convencido que con la experiencia que había acumulado, las disfrutaría de una forma diferente.

Pero afortunadamente decidió seguir adelante y cuando llegó, se dio cuenta que ahora era cuando comenzaba en realidad su Camino y siempre tendría un nuevo Camino para seguir sintiendo cada una de las sensaciones que siempre van a ser únicas e irrepetibles.