almeida – 4 de septiembre de 2014.

Samuel se encontraba en el camino porque le habían asegurado que únicamente allí, en ese sendero que poseía tanta magia y tanta energía, era

el lugar en el que sería capaz de encontrar lo que estaba buscando desde hacia tiempo.

 

Era un hombre que se consideraba feliz porque lo tenía todo. Contaba con aquello que muchos añoran en algunos momentos de su vida, pero a él le hacía falta algo más, era consciente que se podía llegar a encontrar eso que en los últimos tiempos tanto echaba en falta, pero por más que lo intentaba, no sabía lo que era ni tampoco era capaz de poder explicar ese vacío que cada vez más, se estaba produciendo en su interior.

Trabajaba en lo que siempre más le había gustado. Desde que contaba con uso de razón, se había decantado por estudiar medicina para poder ser útil a sus semejantes y cuando terminó sus estudios, comenzó a aplicar sus conocimientos ayudando a aquellos que necesitaban de su sabiduría para aliviar el sufrimiento que tenían cuando acudían a él.

También había llegado a formar una familia que le hacía enormemente feliz. Ana, su mujer le había dado dos hijos que se habían convertido en el centro de su universo. Pero el tiempo fue pasando y sus hijos se fueron independizando y también sintió como su mujer iba perdiendo la pasión de los primeros años de su vida en común.

Económicamente, vivía por encima de sus necesidades. Samuel necesitaba muy poco para ser feliz, pero se había ido acostumbrando a una vida en la que en ocasiones se aparentaba más de lo que para él era deseable, pero no trató en ningún momento de cambiarlo ya que parecía que los que se encontraban con él, se sentían felices de esa manera.

En los últimos años, cada vez con mayor frecuencia, se estaba dando cuenta como la ilusión con la que solía afrontar cada día se estaba perdiendo, ya no tenía la frescura con la que antes recibía cada amanecer, le parecía uno más y no esperaba que le aportara nada nuevo que mereciera la pena.

En una ocasión, llegó hasta su consulta una joven que necesitaba su atención y sus conocimientos. En la planta de su pie derecho, se había producido unas grandes ampollas que cubrían la mayor parte de la planta del pie y la rodilla del pie izquierdo se apreciaba una fuerte tendinitis fruto de un mal apoyo de este pie para evitar el daño que le ocasionaba apoyar en el suelo el que estaba llagado con las ampollas.

Samuel restañó con mucha paciencia cada una de las heridas que tenía aquella joven y la proporcionó unos fármacos con los que en un par de días, aliviaría la inflamación del tendón. Cuando le extendió la receta, por primera vez se percató de los ojos de la peregrina, eran limpios como el cielo en los días de verano donde ninguna nube enturbia el firmamento y a través de ellos, pudo ver un alma que transmitía una sensación de paz y felicidad que consiguieron sorprenderle.

Intercambió algunas palabras con aquella joven y la dulzura con la que ella le hablaba, le hizo comprender que no solo en su mirada había algo diferente, también lo que le decía era distinto a lo que él estaba acostumbrado a escuchar.

Pudo conocer a través de las palabras y la mirada de aquella joven, algo que para él resultaba completamente desconocido. A pesar de lo lastimado que tenía su cuerpo, brotaban por sus labios unas palabras muy serenas que por un momento le hicieron pensar que lo que ella estaba transmitiendo, era eso que le faltaba, que notaba que se había escapado de su interior dejando un hueco que no sabia como rellenar.

Los días siguientes a la visita de la joven, se fue obsesionando con ella, con ese camino del que la joven le había hablado y con lo que trataba de explicarle del mismo. Para ella había sido una revelación y quería sentirlo también como lo había percibido en aquella joven.

Buscó información sobre este camino y comenzó a frecuentar algunas personas con las que antes no tenía una relación muy personal, pero sabía que eran peregrinos y cuando estuvo con ellas interesándose por ese camino, se dio cuenta enseguida que la mirada y las palabras que decían eran muy similares a las que había podido ver en aquella joven.

Dejó todo y se fue a recorrer el Camino. Se encontraba en uno de esos momentos de su vida en los que se ha llegado a un limite en el que no se puede aprender más, solo avanzando por el camino de la vida, sería capaz de poder encontrar lo que estaba buscando, algo en lo que antes no había pensado nunca, pero ahora le estaba obsesionando y se había llegado a convertir en una meta que tenía que superar, porque de lo contrario, se estaba convenciendo que no sería capaz de volver a sentir esa felicidad que antes no había echado tanto en falta como lo estaba haciendo ahora.

Se adentró en el Camino y fue conociendo a peregrinos que eran muy diferentes a él, pero en muchos, encontró cosas en común, sobre todo pudo darse cuenta que la mayoría de ellos, también estaban buscando algo que no sabían lo que era, como le estaba ocurriendo a él.

Pero los días iban pasando y no era capaz de encontrar esa magia que había visto en la mirada de aquella joven y de algunos con los que había coincidido. Todas las mañanas antes de comenzar a caminar, se miraba al espejo para intentar ver reflejada esa mirada también en su rostro, aunque resultó inútil, seguramente, él no estaba destinado para llegar a encontrar la respuesta a esa búsqueda, no estaba predestinada para él y en algunos momentos pensó en abandonar aquella búsqueda que en ocasiones llegó a considerar que era absurda.

La mayoría de los días, cuando terminaba de caminar buscaba un hostal o un hotel pequeño donde poder descansar como había planificado previamente. Algunos días lo hizo en los albergues de peregrinos y se sentía más acogido por quienes se encontraban en ellos, aunque, como en el camino, prefería la soledad, lo que tuviera que encontrar, lo mejor era hacerlo solo y en estos establecimientos hoteleros contaba con esa intimidad que pensaba que tanto necesitaba.

Un día, sus pasos le llevaron hasta un humilde albergue. Se encontraba en un pueblo muy pequeño y percibió algo en su interior, le decía que debía detenerse allí y a pesar que todavía quedaban casi tres horas para que llegará ese momento en el que daba por terminado su caminar, decidió que ese día no seguiría andando más, se quedaría en aquel sitio al que sus pies y esa corazonada interior le habían llevado de forma involuntaria, porque se encontraba a unas docenas de metros del camino y en condiciones normales hubiera pasado de largo.

La casa en la que se encontraba era muy sencilla, a la puerta de la misma había un hombre mayor con una cara muy arrugada y con unos cabellos y una barba plateados y un tanto descuidados que le dio la bienvenida y le mostró una amplia sonrisa que para él se había convertido en una obsesión. La mirada de aquel hombre era casi idéntica a la de la joven que un día estuvo en su consulta, también las palabras que decía le sonaban igual y pudo ver por segunda vez a través de aquella mirada un alma radiante y sobre todo llena de bondad y felicidad.

El viejo hospitalero le acompañó hasta uno de los cuartos y le fue explicando donde se encontraba cada una de las cosas que podía necesitar mientras permaneciera allí y se ofreció para conversar con él en el patio si así lo deseaba, aunque también podía descansar en una de las literas si se encontraba cansado.

El viejo, nada más ver llegar a los peregrinos, era consciente de lo que estos necesitaban, allí, sólo llegaban los que tenían que llegar y cada uno lo hacía por un motivo muy concreto y el tiempo le había permitido conocer nada más ver a los que llegaban, que era lo que cada uno necesitaba y estaba convencido que este peregrino lo que más necesitaba era ser escuchado.

Samuel dejó las pocas cosas que llevaba encima, en la sala y bajó hasta donde el viejo se encontraba. Estaba en esos momentos sentado en un banco que se hallaba en el patio a la sombra de un gran manzano y fue a sentarse a su lado.

Comenzaron a hablar de cosas intranscendentes, hasta que el viejo sin dar más rodeos le preguntó abiertamente:

-¿Estás encontrando en el camino lo que habías venido a buscar?

Samuel se sorprendió de aquella pregunta tan directa y sobre todo tan certera. El no le había dicho los motivos que le habían llevado al camino, pero el viejo, parecía conocerlos mejor que él, le recordó esos momentos en los que después de muchos años en la consulta a veces le ocurría que al ver llegar a un enfermo no era necesario interesarse por la dolencia que tenía porque lo sabía nada más verle.

Comenzó a contarle como se había obsesionado con lo que había visto en la mirada y en las palabras de aquella peregrina que un día llegó a su consulta y como entonces se había dado cuenta que le faltaba algo para ser feliz, pero por más que lo intentaba, no sabía lo que era y resultaba muy difícil poder encontrar algo si era incapaz de saber dónde debería buscar. Aquella obsesión, le estaba comenzando a preocupar porque se estaba convenciendo cada día que pasaba, que su propósito no iba a tener la recompensa que había soñado que podría encontrar.

El viejo, le dijo que si debía encontrar alguna repuesta, aunque no supiera cual podía ser, se encontraba en el lugar más indicado para poder hallarla. No era el único que llegaba hasta allí con aquellas preocupaciones. El camino, representaba una búsqueda constante, desde hacía muchos siglos había sido así y por experiencia sabía que los peregrinos que buscaban algo con mucho deseo, acababan por encontrarlo.

-¿Pero, qué es y sobre todo, dónde he de buscarlo? – exclamó Samuel.

-Eso nadie puede responderlo por ti, sólo tú puedes hacerlo, porque lo que estás buscando se encuentra en tu interior y únicamente tú, serás capaz de poder encontrar la respuesta.

-Pues creo que ya me he cansado, me encuentro a un paso de rendirme porque cada día que pasa, me siento más confuso y sobre todo, más desanimado.

-Lo primero que debes saber es a donde quieres llegar y cuando lo sepas, tus pasos te llevarán por ese Camino que te conducirá a donde se encuentran las respuestas que estás buscando.

-Todo es muy confuso para mi – dijo Samuel – tanto, que no sé ni tan siquiera lo que estoy buscando, por eso va a resultar imposible que sepa lo que tengo que encontrar. Seguramente cuando lo encuentre, como no sé lo que es, tampoco me daré cuenta que lo he hallado y lo dejaré pasar de largo.

-Si algo nos enseña el Camino – dijo el viejo – es que si tienes que encontrarlo, lo encontraras y si no es así, es porque quizá no te encuentres preparado para ello o no sea el momento en el que debes encontrar las respuestas que estás buscando.

El viejo fue hasta la cocina y sacó una botella de vino y dos vasos que puso sobre una mesa de madera que había al lado del banco y escanció parte del contenido de la botella en los vasos.

Samuel se fue animando con la conversación mientras el viejo escuchaba, fue narrándole su vida desde el momento en el que comenzó a independizarse de sus padres y hacía especial hincapié en que su vida era todo lo placentera que cualquiera podía desear ya que lo tenía casi todo. Cualquiera le envidiaría y sin embargo él se sentía cada vez más desdichado.

Cuando comenzó a describir como había sido cada uno de los días que había pasado en el Camino, el viejo se percató que no estaba recorriéndolo como un peregrino. El equipamiento que llevaba era diferente al que utilizaban la mayoría de los peregrinos y sobre todo, haber pasado la mayoría de los días en hostales en los que se perdía parte de la esencia de ese camino, no le estaban permitiendo captar la energía que otros habían dejado antes de que él pasara por aquellos lugares.

El viejo se quedó pensando en todo lo que le había dicho Samuel y después de estar un buen rato meditando, le comentó:

-Debes buscar a alguien que sea muy feliz, lo verás en su mirada, a través de ella sabrás de quién se trata y cuando lo encuentres, déjale tus zapatillas y calza sus sandalias. Te darás cuenta que caminando con ellas, encontrarás lo que estás buscando.

-¡No comprendo! – dijo Samuel.

-No es necesario que comprendas, solo debes hacerlo y cuando lo hagas comprenderás.

Comenzaron a llegar más peregrinos y el viejo fue a recibirlos y a atender las necesidades que cada uno de estos pudieran tener y dejó a Samuel pensativo en aquel banco del patio consumiendo el resto de la botella que el viejo había sacado.

Aquel día fue especial para Samuel, en los días que llevaba de Camino, ninguno había resultado tan placentero, no solo por el viejo, sino por todos los que fueron llegando hasta aquel lugar que parecían como él, seres predestinados a hacerlo.

A la mañana siguiente, cuando se despidió del viejo, éste le dio un efusivo y sobre todo un emotivo abrazo en el que le transmitió algo más que buenos deseos. Aquel abrazo estaba cargado de muchas cosas más que no pasaron desapercibidas para Samuel.

Ahora estaba mucho más pendiente de las personas con las que se iba encontrando en el camino. Trataba de encontrar esa mirada que el viejo le había dicho que encontraría en alguien. En alguna ocasión le pareció haberla encontrado y cuando esto ocurría, hablaba con quien se la había ofrecido, pero se daba cuenta enseguida que no se trataba de quien estaba buscando, porque nadie con el que habló, le aseguró ser feliz del todo, la mayoría como él estaba a falta de algo y se encontraban también como él, tratando de que el camino se lo mostrara y de esa forma ver cumplido su deseo.

Una mañana, a un centenar de metros del camino, observó algo que sobresalía entre los árboles. Inicialmente pensó que se trataba de una pequeña ermita y se dirigió hacia donde ésta se encontraba. Según se iba acercando, se dio cuenta que era un túmulo de piedras y de troncos puestos con sumo cuidado porque parecían mantener un equilibrio casi imposible.

Cuando estuvo a una docena de metros, de entre las piedras y los troncos salió un joven esbelto y muy desaliñado. Únicamente llevaba un pantalón corto que daba la sensación de que en cualquier momento se desprendería a trozos porque estaba completamente desgastado y viejo. El joven salió a su encuentro y le ofreció una sonrisa especial, tanto, que Samuel casi se convenció que era la persona que estaba buscando, pero, después de los desengaños anteriores, se había vuelto precavido y debía estar seguro que era la persona que el viejo le había dicho que se encontraría.

El joven le ofreció agua y le dijo que por allí no pasaba el camino que seguían los peregrinos, debía volver por donde había venido para encontrar de nuevo el camino. Aquella voz con la que le estaba hablando, no era desconocida para Samuel, era la misma que había escuchado anteriormente en la joven y también en el viejo, se estaba convenciendo por momentos que había encontrado lo que estaba buscando.

-¡Lo se! –Respondió Samuel – me he quedado sin agua y pensaba que aquí me la podrían dar.

-Pues has venido al sitio indicado, no tengo agua, corriente pero a un centenar de metros de aquí brota un manantial con un agua fresca y deliciosa.

Mientras se acercaban a la fuente, pudo ver un cambio en la vegetación asombroso, había árboles silvestres que mostraban una fruta que parecía muy sabrosa y de la fuente, como el joven había dicho, manaba un agua cristalina y con un frescor envidiable.

Cuando sació la sed y rellenó la botella que llevaba, regresaron al túmulo. Por el camino, el joven había recogido algunas bayas y frutas y cuando llegaron se sentaron sobre unas piedras y sobre unas hojas extendió los frutos que había cogido y se los ofreció a Samuel.

Mientras comían, Samuel se interesó por conocer quien era aquel joven que parecía haber aparecido de la nada en el lugar más inesperado.

El joven le dijo que llevaba varios años viviendo en aquel lugar, había dejado su forma de vida anterior y se había decidido a hacerlo como un ermitaño en aquel lugar apartado, había días en los que no tenia contacto con nadie, pero no le importaba.

-¡Pero! ¿No necesitas nada, no echas nada de menos? – le pregunto Samuel.

-Aquí tengo todo lo que necesito – respondió el joven – Cuando tengo sed, voy a la fuente y la sacio, cuando tengo hambre, ya has visto que hay suficientes bayas y frutas a nuestro alrededor, también dispondría de proteínas en el río donde hay abundantes peces, pero no deseo comer seres vivos, no los necesito, con las verduras, algunas legumbres y la fruta es suficiente para alimentarme.

-¡Entonces! ¿Eres una persona feliz? – preguntó Samuel.

-Muy feliz, respondió el joven, no me falta de nada y tampoco echo en falta nada.

-Pues creo que es a ti a quien estaba buscando, no sabía ni quien eras ni como eras, pero me habían dicho que te encontraría y a través de ti, encontraría las respuestas que estoy buscando.

-No comprendo – dijo el joven.

-Yo tampoco – aseguró Samuel – sólo se que tenía que encontrarte y cuando lo hiciera debía cambiar mis zapatillas por tus sandalias para seguir mi camino y entonces sería cuando conseguiría encontrar lo que estaba buscando.

-Pero yo no tengo sandalias – dijo el joven.

Samuel miró sus pies descalzos. Las plantas estaban ya callosas de haber caminado durante muchos años sin la protección que el cuero proporcionaba a las personas que se habían acostumbrado a calzarlos. Al ver aquellos pies desnudos, Samuel se dio cuenta que a partir de aquel momento debía caminar como lo hacía el joven y se descalzó dejando allí sus zapatillas y continuó su camino.

Los primeros pasos fueron inseguros, cuando notaba una piedra en la planta de su pie o una rama seca, trataba de evitarlos para que su piel suave no se dañara con su contacto, pero cuando transcurrieron unas horas ya se había acostumbrado a las irregularidades del camino y también sus pies fueron soportando el dolor que al principio sentían.

La jornada resultó más difícil que las anteriores, pero curiosamente, cuando llegó al albergue y se lavó sus pies, se dio cuenta que se habían vuelto insensibles a la maleza que se estaba encontrando y sobre todo se habían vuelto más duros y resistentes.

Tremendamente feliz, cayó sumido en un profundo sueño, en él fue encontrando la respuesta que tanto había buscado, se dio cuenta que para ser feliz como lo era aquel joven, no necesitaba muchas cosas, todo lo que había acaparado en su vida era superfluo y para lograr esa felicidad que tanto estaba buscando no necesitaba nada de lo que tenía, sólo era necesario querer ser feliz y estaba seguro que a partir de ese momento, cada uno de los días de su vida lo sería porque disfrutaría con cada una de las cosas que dispusiera en ese momento, aunque tuviera que caminar sin sandalias, nunca sería un impedimento para seguir avanzando.