almeida – 4 de agosto de 2014.

Cada vez que finalizo mi estancia como hospitalero en alguno de los lugares de acogida del Camino, durante días suelo meditar sobre todo lo que he podido aportar de una forma desinteresada a los peregrinos a los que he dado acogida, pero sobre todo valoro de una forma muy especial todo lo que los peregrinos me han aportado a mí.

Desde que fui por primera vez a un albergue de peregrinos, tenía muy claro que debía ser un lugar en el que no se cobrara nada a quienes llegaran a él, solo se les pediría ese donativo voluntario que contribuyera al mantenimiento del albergue y a cubrir las necesidades que tienen los peregrinos.

He repetido muchas veces en diferentes lugares, pero siempre manteniendo la misma filosofía, y la única condición que he puesto para ir a algunos sitios, era que no se cobrara nada a los peregrinos.

Me interesaba conocer de boca del Maestro que significaba para él la hospitalidad, pero me daba apuro preguntárselo, ya que Santuario es el lugar más humilde y más hospitalario que se pueden encontrar los peregrinos que están recorriendo el Camino. De todas formas, un día se lo pregunté.

Para él la hospitalidad es algo que no tiene precio y como todas las cosas que no tienen precio, cada uno puede ponerles el valor que deseen, por eso es el donativo que dejan los peregrinos el que nos indica cuál es el valor que le dan, porque son ellos los que tienen que valorar los servicios que les has ofrecido.

Cuando a la hospitalidad se le pone un precio, ya estamos hablando de un servicio hostelero y eso es otra cosa diferente, que cada vez se está imponiendo más en el Camino, llegando a desvirtuar la esencia con el que este fue concebido.

Cuando fueron surgiendo los hospitales de peregrinos, se guiaban y se regían por la regla de San Bernardo, que ofrecía acogida cuando llegaba la noche a aquellas personas que se desplazaban o peregrinaban de un lugar a otro y no tenían ningún lugar donde cobijarse y tampoco disponían de medios para alojarse en una fonda o en una pensión.

Esta esencia de la acogida fue lo que hizo que el Camino adquiriera el desarrollo y la fuerza que un día llegó a tener, pero como ocurre con todas las cosas que una vez nacen puras y limpias, siempre habrá alguien que desea controlar aquello que se le escapa de las manos para que se ajuste a los deseos y las prioridades que ellos tienen.

Primero fue la nobleza y los poderes locales los que quisieron controlar la hospitalidad y estuvieron a punto de acabar de una forma definitiva con el Camino, pero las raíces que éste había conseguido echar, impidieron su desaparición, ya que siempre ha habido alguien que ha ido buscando respuestas y ha conseguido mantener viva esa llama, que aunque fuera muy tenue, jamás ha llegado a desaparecer.

Recientemente, cuando el Camino ha vuelto a resurgir, como habían desaparecido casi la totalidad de hospitales que en su día se crearon, se recurrió de nuevo a la Iglesia y a los poderes públicos locales representados por los ayuntamientos y ese fue un gran error que se cometió, porque el Camino debe resurgir de forma espontánea sin que nadie lo tutele y quiera ejercer un control sobre él.

Cuando algunos ayuntamientos vieron el potencial económico que podía pasar por sus pueblos, algunos alcaldes lo cuantificaron y el cálculo que hicieron era que cada peregrino que llegara hasta allí, debía dejar al menos cinco mil de las antiguas pesetas, para que fuera rentable el esfuerzo que ellos iban a realizar.

De nuevo se volvió a desvirtuar la esencia del Camino, no hemos sabido aprender de nuestros fracasos y con el tiempo volverá a ocurrir lo mismo que sucedió siglos atrás.

Pero siempre nos queda la esperanza de que esa tenue luz que jamás va a desaparecer siga manteniendo, aunque solo sea en un lugar del Camino, esa hospitalidad con la que siempre se ha desarrollado y se regenere de nuevo como el Ave Fénix que resurge de sus cenizas.