almeida – 26 de noviembre de 2014.

Entre grandes arbustos y una exuberante vegetación que casi oculta el camino, vas por un estrecho sendero sa­biendo que muy pronto la vas a encontrar. Lo que menos esperas es que, aislada, en medio de la nada, se halle este majestuoso templo que fue el punto de unión y cruce de caminos para los peregrinos francos que habían sorteado los Pirineos por dos lugares diferentes.

No sé por qué la imaginaba más grande. Quizá era porque las fotos que había contemplado supieron plasmar con gran realismo toda la belleza que encierra en el inte­rior de sus arcadas.

Este templo octogonal que fue hospital de los caballe­ros de San Juan también fue la última morada de quienes llegaron hasta allí y no pudieron continuar su camino. La explanada, que hay en uno de sus lados, fue el camposan­to elegido para que descansaran sus restos por toda la eternidad.

Tuve algunos instantes de duda. Me quedé parado con­templando cómo el artista puede crear tanta belleza con los materiales inertes que emplea en su construcción. La armonía de sus arcos, la sobriedad de los capiteles en los que se representan máscaras, seres humanos, animales y abundantes motivos vegetales. Según voy acercándome me siento empequeñecido ante la armonía de sus formas.

Decido detenerme para que nada se me escape y que mis sentidos puedan captar con la suficiente calma todos los detalles que a través de sus tres arcadas voy contemplando ensimismado en cada uno de los elementos que van llamando mi atención.

Dejo la mochila apoyada sobre sus centenarias piedras y recorro todo el perímetro del templo bordeando su exterior y luego, entre sus arcos, me siento mientras fumo un cigarrillo, tratando de no tener prisa para marchar y poder sentirme atrapado por la magia de su interior.

El sobrenombre de las cien puertas, con el que también es conocida, está representado por sus arcadas. Parece imposible que en tan poca superficie se haya construido tanto y en ningún momento de la sensación de sentirte agobiado.

A través de una portada románica con un arco de medio punto accedo a su interior. El contraste con la luminosidad que he dejado atrás me deja momentáneamente ciego hasta que mis ojos se van acostumbrando a la oscuridad. Pronto la luz que penetra por la puerta y por pequeñas arcadas que hay sobre la entrada hacen que vaya contemplando el interior. Su forma es octogonal, casi redonda, con unos bancos de madera formando dos hileras en el centro. Apenas tiene la decoración de los demás templos cristianos. Es muy sobrio y sencillo pero el recogimiento que se experimenta en su interior es muy especial.

Me siento en el centro en uno de los bancos y voy girando la cabeza para deleitarme con la sencillez de su interior. Alzo la vista hacia el techo donde una cúpula en la que destacan los nervios que, acercándose hasta juntarse en el centro de ella, me hacen imaginar cómo el maestro cantero logró tanto equilibrio para mantener el enorme peso que debe de soportar.

La sensación de paz que se siente en su interior te lle­ga a sobrecoger y hace de este lugar un sitio muy especial. El recogimiento me hace cerrar los ojos y mi imaginación vuela a través del tiempo observando como los peregrinos son tratados como seres muy especiales a los que la orden que custodiaba el templo tenía la sagrada misión de pro­teger. Algunos llegaban hasta aquí con el hilo de sus últi­mas fuerzas. En sus esclavinas portaban cosidas las viei­ras que traían desde tierras gallegas. Sabían que aquí tendrían los cuidados que su cuerpo necesitaba y donde su alma podría descansar toda la eternidad al pie del ca­mino. Me daba la impresión de que era observado por cientos de miradas, pero la sensación de paz que tenía mi espíritu no me permitía mover ni un músculo. Me encon­traba muy a gusto en tan grata compañía. Poco a poco fui oyendo voces que cada vez eran más numerosas. Se dirigían hacia mí. ¿Habría conseguido contactar con ellos? Un ruido seco y sordo me sobresaltó. Algunos peregrinos, que como yo se habían detenido en este lugar, hablaban del misterio que encierra este templo. Uno de ellos había dejado caer su bordón que resonó en toda la estancia.

Aquella inesperada visita había roto parte del encanto que estaba sintiendo, por lo que decidí reiniciar mi ca­mino llevando un recuerdo de este mágico lugar.

Según iba abandonando el templo, en la explanada donde descansan cientos de peregrinos, observé algo que sobresalía en la tierra. Con el bordón lo desenterré y me agaché a cogerlo. Se trataba de una vieira muy desgasta­da, quién sabe el tiempo que habría permanecido allí. Re­tiré la tierra acumulada en el interior de la concha pero no pude hacerlo completamente. Tenía adherida una capa de tierra que casi formaba ya parte de la vieira. Pensé que en el albergue con agua podría hacerlo mejor y la conserva­ría.

Mirando a mi alrededor y de nuevo contemplando el templo agradecí el regalo con el que me habían obsequiado, la llevaría de nuevo a aquellas tierras que abandonó hace tantos años.