almeida – 13 de junio de 2014.

Para Johanna, iba a resultar muy difícil poderse olvidar de aquel primer camino que había realizado. Todo lo que había percibido durante los treinta

días que estuvo caminando, fueron sensaciones únicas y maravillosas, aunque los últimos días, sintió unas molestias a las que no estaba acostumbrada lo que la preocupó de manera importante porque había días en los que terminaba la jornada con mucha dificultad.

 

Cuando regresó a su casa, pensaba que el descanso la permitiría recuperarse de esas repentinas molestias, pero fueron pasando los días y la sensación de cansancio y sobre todo el dolor muscular no remitía, más bien se incrementaba, por lo que decidió ir a su médico para saber a que podían deberse esos extraños síntomas que tenía.

Después de una exploracion en profundidad y unos exhaustivos análisis, le diagnosticaron que padecía esclerosis múltiple, una dolencia que no era periódica sino que se manifestaba de manera espontánea y luego parecía que remitía, aunque el daño que causaba en el cerebro y en la medula espinal era permanente, aunque no se manifestara de una manera ostensible.

Aquella noticia, fue un duro mazazo para Johanna. No había cumplido todavía los cuarenta años y se veía postrada en una silla de ruedas sin tener movilidad propia.

No había un tratamiento eficaz para la dolencia que la joven tenía, la degeneración que iría sufriendo en sus músculos, se iría manifestando con el paso del tiempo hasta que llegaría un momento en el que sería dependiente por completo.

Era algo aterrador en lo que apenas podía pensar, no comprendía como le había ocurrido a ella, ahora que había descubierto en el Camino un nuevo aliciente en su vida del que esperaba disfrutar muchos años, todo se trastocaba y presagiaba un futuro muy incierto.

En varias ocasiones pensaba en ese Camino que tanto le había aportado y que ya nunca más podría disfrutar y eso la hacía deprimirse todavía más de lo que ya se encontraba.

Como le habían diagnosticado, la enfermedad fue pasando por las fases en las que va afectando al cuerpo de una manera ostensible no solo para quien la padece, sino que se hacía visible ante los demás que sentían lástima por lo que el destino había deparado a Johanna.

Los músculos de su cuerpo comenzaron a dejar de recibir los impulsos que enviaba el cerebro y Johanna tuvo que ayudarse primero de unas muletas y después de un andador para poder desplazarse de forma autónoma, pero su determinación no era verse postrada en una silla de ruedas porque eso acabaría por destruirla completamente.

En los momentos que más desesperación tenía, dejaba que su imaginación vagara libremente por esos lugares del Camino que había conocido y cuando lo hacía, experimentaba una mejoría ostensible. Eso la hizo concebir un plan, no cejaría en su empeño de retomar una vez más el Camino, era consciente que se trataba de una empresa casi imposible, pero no quería vivir el resto de su vida lamentándose por no haberlo intentado.

Confió su proyecto a la persona más importante en su vida, pero su marido se había rendido ante la evidencia y trató desde el primer momento de hacerla desistir. Era una locura que en sus condiciones, pensara en una empresa que era imposible, creía que la causaría más daño verse imposibilitada a intentarlo y lo mejor era asumir lo que había ocurrido y dejar que todo evolucionara como estaba previsto.

Pero Johanna no era de las que abandonan a la primera y se fue preparando para esa locura que quería realizar. Primero fue preparándose físicamente, sabía que había intervalos de tiempo entre las crisis importantes que padecía y fue estableciendo un calendario del momento en el que se producían para que su camino coincidiera con uno de esos momentos en los que menos dolores sentía. Aunque era consciente que el mayor miedo que debía superar era el temor al fracaso y mentalmente fue preparándose para ello, si tenía que dejar en un momento determinado el camino, sabría como debía afrontarlo.

Había decidido hacer uno de los caminos más difíciles que había, saldría desde Sevilla y llegaría hasta donde sus fuerzas se lo permitieran y si solo estaba un día o una semana, sería suficiente, al menos para su ánimo de saber que no todo estaba perdido y que todavía tenía alguna esperanza.

Cuando lo consultó con los médicos que la estaban atendiendo, todos trataron de hacerla desistir de su proyecto, todos, menos uno que era peregrino y estaba convencido que si había en el mundo alguna terapia capaz de ayudar a Johanna, esta era el Camino de Santiago, porque él había presenciado cosas que no podía compartir con sus colegas porque se salían de toda lógica.

Este apoyo del médico fue el empuje necesario para que se pusiera en camino, además había buscado en él a ese cómplice necesario para ir compartiendo cada día las sensaciones que estaba teniendo y él se encontraba capacitado para orientarla en todos los aspectos que pudiera necesitar.

Cuando Johanna llegó a Sevilla, se encontró con un peregrino mayor que ella con quien enseguida congenio, aunque inicialmente no le puso al corriente de los motivos por los que se encontraba allí.

Según fueron pasando los días, fue compartiendo con el peregrino sus problemas, porque en un camino minoritario como era el que estaban realizando, el apoyo de otra persona era muy importante y también el peregrino caminaba con sus problemas y necesitaba compartirlos con alguien.

Además, Johanna se dio cuenta en las primeras jornadas que las horas de más calor causaban estragos en su organismo y necesitaba madrugar mucho, por eso debió decirle a su compañero que madrugaría todos los días y él, que no deseaba perderse su compañía, adecuo sus horarios a los de la joven.

En ese camino tuvo algunos días complicados, pero según pasaban las jornadas, cada vez se encontraba mejor por lo que su ánimo fue creciendo de una forma inesperada para ella y también para el médico que estaba siguiendo su evolución, que sabía que esa mejoría solo podía experimentarse en el Camino y los ánimos que la iba dando, la alentaban a seguir adelante.

La mejoría fue ostensible y a ese camino, siguieron dos más, siempre con el compañero que se había encontrado en Sevilla, quien estaba muy a gusto caminando en compañía de Johanna y ya era su compañera con la que planificaba el camino que debían hacer al año siguiente.

Cuando pasaron por Tabara, venían recorriendo el Camino Mozárabe. Habían salido de Granada y llevaban en sus piernas casi ochocientos kilómetros y todavía les quedaba una parte importante del Camino que afrontaban los dos con un ánimo exuberante.

Johanna, confesaba que se encontraba muy ilusionada y sobre todo esperanzada porque se había enfrentado a sus miedos y los había superado. Sabia que no hay nada imposible si uno tiene la determinación de conseguirlo. Solo había un inconveniente cuando caminaba y era que lo hacía con la vista, además de lo que percibía a través de ella, no sentía los pies y cada paso que daba debía asegurarse de donde ponía cada pie para evitar un resbalón.

Fue una de esas experiencias que algunos comparten en el albergue en la que nos damos cuenta que a veces la mejor terapia que podemos encontrar se encuentra en los lugares más inverosímiles y el deseo de conseguir alguna cosa es suficiente para poder lograrla.